10/07/2014 | CICLO DE ENTREVISTAS CONICET
“Muchos artículos buscaban desarticular cierto ‘sentido común’ que imperaba en la relación ciencia y tecnología”
La revista argentina Ciencia Nueva se publicó entre 1970 y 1974 y por sus páginas pasaron más de 300 autores latinoamericanos.
Adriana Feld. Foto: gentileza investigadora.

“De cada tres hombres, dos viven en condiciones inaceptables de nutrición, vivienda y desarrollo intelectual, el tercero vive compulsado a consumir indiscriminadamente para evitar que la economía de su país se desmorone. Sólo una ínfima minoría de la humanidad tiene verdadero acceso a la decisión sobre los objetivos de la investigación científica, la guerra, la cultura y la economía”.
Ciencia Nueva¸ Nro. 1, 1970.

 

El matemático Manuel Sadosky, el químico Oscar Varsavsky, el epistemólogo Gregorio Klimovsky, el físico Jorge Sábato y Rolando García, decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UBA entre 1957 y 1966, fueron algunos de los protagonistas que impulsaron debates sobre el rol de la ciencia en la Argentina de comienzos de los ’70. Su foro fue la revista Ciencia Nueva.

El 30 de mayo Adriana Feld, investigadora asistente del CONICET en la Universidad de Quilmes (UNQUI, CONICET), fue invitada por la revista La Ménsula, del Programa de Historia de la Facultad de Ciencias Exactas, a reflexionar y comentar la impronta y las discusiones que propició Ciencia Nueva durante sus 4 años de publicación, del ’70 al ’74.

 

¿En qué contexto político y social nació Ciencia Nueva?

Hay que considerar algunos elementos importantes. El primero tiene que ver con el contexto internacional. A fines de la década de 1960 se produjeron revueltas estudiantiles en diversos países, paralelamente a un fuerte cuestionamiento del papel de la ciencia por parte de diversas agrupaciones de científicos. En segundo lugar, en América Latina, tanto la Revolución Cubana como la impronta de la Teoría de la Dependencia abrieron una puerta hacia la búsqueda de nuevas alternativas al orden social y económico vigente en los países periféricos. Las novedosas reflexiones sobre la ciencia y la tecnología, que articularon lo que luego se denominó Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo fueron (en sus expresiones moderadas o radicales) parte de esa búsqueda.

 

¿Y el contexto nacional?

En el ámbito local, luego del golpe de Onganía se inició una fase de efervescencia política y protesta social (con el Cordobazo como hecho emblemático), que también se expresó en un proceso de radicalización del movimiento estudiantil y en la conformación de diversas agrupaciones de profesores universitarios e investigadores. En este último caso, el episodio conocido como La Noche de los Bastones Largos fue sin dudas un catalizador. En esos contextos, algunos actores locales vinculados al campo científico o a la producción de tecnología, comenzaron a proponer nuevas perspectivas para pensar analítica y normativamente el rol de la ciencia y la tecnología en los contextos periféricos y en la futura configuración de un nuevo orden social.

 

¿Qué aportes a la época realizó la revista?

Ciencia Nueva fue, a la vez, un disparador de discusiones y un canal de expresión de un conjunto de debates y reflexiones, que tenían lugar no sólo en universidades y agrupaciones político-profesionales, sino también (de un modo más sistemático o académico) en instituciones como el Centro de Investigaciones Económicas del Instituto Torcuato Di Tella o el Programa de Transferencia de la Fundación Bariloche. La revista se constituyó, al mismo tiempo, en un espacio de crítica al gobierno militar (y a su política científica) y en una ventana al escenario internacional, donde también habían surgido cuestionamientos a la ciencia.

 

¿Ciencia Nueva perseguía algún objetivo particular?

Participaban científicos e intelectuales de diversas posiciones -algunas contrapuestas-. Muchos de los artículos de la revista buscaban desarticular cierto “sentido común” que imperaba en la relación ciencia y tecnología: la idea de que el desarrollo científico traería aparejado, de un modo casi automático, una mejora de las condiciones económicas y sociales. Las reflexiones de esta época empezaron a poner de relieve que la ciencia, la tecnología y la innovación eran fenómenos más complejos y no siempre convergentes, condicionados (entre otros factores) por la posición (periférica) del país en el sistema mundial. Y que esa relación causal distaba de ser automática.

 

¿Cuál era el debate central que proponía?

A mi me parece que uno de los debates más trascendentes fue el referido a la relación entre ciencia e ideología. Planteó una serie de cuestionamientos que, si bien habían comenzado a discutirse para las ciencias sociales, no eran evidentes para las exactas y naturales: ¿Hay un solo tipo de ciencia? ¿Es posible cuestionar las bases mismas de la ciencia moderna y su supuesta objetividad y neutralidad? ¿Cuál debe ser el rol del científico en un proceso de cambio social radical? Era un debate interesante que se organizaba en torno a ejes sociales, epistemológicos y políticos, con referencias a cuestiones que –años más tarde- se abordarán de un modo más riguroso en los estudios sociales de la ciencia: las normas de funcionamiento de la comunidad científica, el impacto de la ideología o de las relaciones centro-periferia en el tipo de conocimiento que se produce y, también, el rol del científico en la sociedad.

 

Dictadura de por medio, ¿qué sobrevivió de los debates y reflexiones impulsados por Ciencia Nueva?

Los diversos redactores de Ciencia Nueva plantearon innovaciones conceptuales, temas nuevos en las agendas y nuevos desafíos, tanto para las políticas como para el estudio académico de estas cuestiones e, incluso, para la reflexión de los propios investigadores. No es un dato menor que, con el retorno de la democracia, Manuel Sadosky (uno de los impulsores de la revista) y Jorge Sabato (quien también participó en esa experiencia editorial y en otros ámbitos) hayan sido convocados para trabajar en el armado de la política científico-tecnológica. Poco después comenzaría a constituirse un campo de estudios sociales de la ciencia y la tecnología, que no fue (y no es) indiferente a los aportes de los años 60 y 70.

Formación

Adriana Feld es Profesora de Historia (UBA), Magíster en Ciencia Tecnología y Sociedad (UNQUI) y Doctora en Ciencias Sociales (UBA). Actualmente es investigadora asistente del CONICET en la Universidad de Quilmes (UNQUI) e investigadora adscripta del Centro de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CCTS) de la Universidad Maimónides.

Por Alejandro Cannizzaro.