29/06/2018 | DIVULGACIÓN CIENTÍFICA
Pasiones encontradas: cruces entre fútbol y política en el Mundial 78
Dos historiadores del CONICET analizan cómo se vivió aquel espectáculo futbolístico desde las tribunas y desde Europa.
Foto: Marcha en Francia por el boicot. Gentileza archivo COBA.

Había mucha expectativa: era la cuarta vez que Argentina se postulaba para ser sede de una copa del mundo. Ya había sido rechazada la propuesta en 1938, 1962 y 1970. En julio de 1966, llegó la noticia tan ansiada. El país que había heredado aquel deporte de Inglaterra y se lo había apropiado para transformarlo en una verdadera pasión popular, finalmente, sería sede en 1978, pero enmarcada ahora en un contexto que propiciaba el horror como política de Estado. Cuando la pelota comenzó a rodar y el Mundial se inició, los ojos del público miraron expectantes las pantallas y todo pareció detenerse, incluso en alguna ocasión, la justicia.

La pasión futbolística, las rondas de las Madres de Plaza de Mayo que se habían iniciado un año antes y la campaña de boicot al mundial con epicentro en Francia, fueron realidades bien disímiles que supieron convivir durante aquel Mundial de Fútbol. ¿Cómo se vivió este Mundial en Argentina y como se percibió desde el exterior?  Son dos caras de una misma moneda que especialistas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) analizan. Uno desde la experiencia que otorga haber presenciado el evento desde las tribunas y otra por haber analizado un fenómeno político de gran repercusión en Europa en torno al Mundial.

 

La cara argentina

A sus trece años, Julio Vezub hizo fila en la sucursal del Banco Nación junto a su padre, y retiró sus entradas populares para ver los partidos que disputaría la selección argentina en el Estadio Monumental ante una multitud entusiasta. Vezub, que asegura organizar sus recuerdos en períodos de cuatro años, como la distancia entre un mundial y el otro, es investigador independiente en el Instituto Patagónico de Ciencias y Sociales y Humanas (IPCSH-CONICET) y reflexiona acerca de la dificultad de disociar la pasión por el fútbol, la historia política y sus vivencias de adolescencia.

“Es borrosa la frontera que divide mi experiencia personal de niño en la época más traumática de la Argentina de mi lugar como historiador hoy, en el que muchas veces las zonas de la memoria o la indagación en términos de registro histórico se confunden. Pero en esa confusión hay mucha riqueza porque al hablar de historia reciente hablo también de mi propia experiencia. Incluso en hogares como el mío, con asesinados y desaparecidos muy cercanos a la familia, funcionó una disociación entre el terror y alentar a la selección argentina, sagazmente manipulada por la propaganda de la dictadura. Esto atravesó a la mayor parte de la izquierda y los ámbitos culturales que no estaban en el exilio”, reflexiona.

Tanto en la memoria individual como en la colectiva, el aliento y el festejo de los goles del delantero argentino Mario Kempes y de Daniel Bertoni en la final, se difuminan en el horror que propició la dictadura. Según afirma el historiador, durante ese Mundial se evidencian claramente las complejas dimensiones del vínculo entre fútbol y política.

“El nacionalismo, la identificación entre lo nacional y lo popular o entre la bandera y la camiseta, se volvieron fronteras difusas. En 1979, por ejemplo, se estrena La fiesta de todos, una película dirigida por el cineasta Sergio Renán celebratoria del Mundial que alentaba la idea de que los argentinos éramos un país dispuesto a bregar por un objetivo en común, y que buscaba asociar la victoria deportiva con el éxito como país que superaba las antinomias. Si bien el Mundial es primeramente un evento deportivo, fue sabiamente manipulado por la dictadura para conseguir consenso interno y legitimar su imagen en el exterior, pero también en este contexto de represión, fue visto por sectores populares y sus expresiones políticas como una oportunidad para volver a salir y rencontrarse en las calles”, asegura.

Vezub recuerda una imagen: “Vi la final desde la grada más alta de la tribuna, cerca del tablero electrónico. Al momento de entregar la copa, el entonces designado presidente de facto Jorge Videla, ordenó con gesto desencajado a la Guardia de Infantería que se interponía entre los futbolistas y los periodistas que salieran de la escena, mientras la gente a mi alrededor reprochaba que eso no le hacía bien a la imagen del país. Así era como las mayorías procesaban el trauma que provocó la dictadura. La memoria y la historia reciente deben alentar la compresión honesta y sin simplificaciones por parte de quienes la sobrevivimos, fuéramos niños o adultos en 1978”.

 

La cara francesa

Marina Franco es especialista en historia argentina reciente  e investigadora independiente del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín (UNSAM-CONICET). Ella asegura que “en Argentina, el mundial contó con un altísimo entusiasmo y participación y despertó un enorme fervor nacionalista, pero no sucedió lo mismo en otros países. Hay un fenómeno muy particular en torno a la dictadura que es que la información en torno a la situación del país, debido a la censura y a la violencia institucional, circulaba y estaba a disposición en el extranjero y no en Argentina. Por ese mismo tema la relación con el Mundial no fue la misma hacia adentro que hacia afuera”.

La principal acción de denuncia que se generó en torno al mundial, señala, fue un intento de boicot internacional con foco en Francia para que el mundial no se realizara en la Argentina. Fue un movimiento que se difundió por toda Europa y que se encuentra asociado a una historia de movilizaciones en contra de ciertos eventos deportivos que se hacían en contextos autoritarios. “Este rechazo al Mundial 78, estaba asociado a una memoria social y cultural que remitía a las olimpiadas de Alemania en 1933 bajo el régimen nazi y una opinión extendida de que ese evento debería haber sido boicoteado”, explica Franco.

Si bien aquel boicot no logró detener el Mundial, sí fue una gran acción de denuncia que llegó a tener un nivel de apoyo muy importante en muchos países europeos y desde ahí fue una vidriera para visibilizar internacionalmente los crímenes de la dictadura en Argentina. Sin embargo, para la científica, a muchos argentinos en el exterior les costó participar del boicot por el peso del fútbol en la cultura argentina, por su asociación con lo popular y lo nacional y porque no era una herramienta que les resultara familiar. “Fue empujado por los europeos. Los exiliados argentinos eligieron otros métodos para participar intensamente de todas las acciones de denuncia”, asegura Franco.

Y continúa: “La propuesta de boicotear llegó a convertirse en una discusión política de tal trascendencia en Europa que terminó interpelando y obligando a los partidos políticos europeos a posicionarse a favor o en contra. Hubo jugadores puntuales de algunas selecciones que se negaron a venir, jugadores que en el momento del acto de apertura del Mundial no concurrieron y fueron saludar a Las Madres de Plaza de Mayo, algunas delegaciones nacionales vinieron con el compromiso de no asistir a ningún acto oficial que implicara encuentros con el poder militar. Logró generar pequeños actos que en el plano simbólico tenían que ver con plantear una diferencia con la convocatoria festiva que proponía la dictadura”, .

En torno a la reflexión y la lectura que permite realizar este episodio que dejo profundas huellas en la sociedad, Franco señala que “la última dictadura militar supo aprovechar el Mundial de Fútbol como un instrumento de publicidad y mecanismo de construcción de apoyo y de búsqueda de consenso social. A 40 años, la copa del mundo de 1978 nos permite repensarnos críticamente en nuestra relación con la dictadura, en el uso político de las causas deportivas y en como el nacionalismo y cierto fervor patriótico forman parte de nuestra cultura pero son también un instrumento político que debemos observar con mucho cuidado”.

Por Alejandro Cannizzaro