CONICET - Instituto de Oncología ‘Ángel H. Roffo’

Terapia genética para tratar el melanoma en perros

Un innovador tratamiento combinado permite aumentar la sobrevida entre cinco y seis veces. En un 84 por ciento de los casos los pacientes permanecen libres de metástasis.


Los investigadores Gerardo Glikin y Liliana Finocchiaro. Foto: CONICET Fotografía.

Desde 1996 investigadores del CONICET en la Unidad de Transferencia Genética (UTG) del Instituto de Oncología ‘Ángel H. Roffo’ de la Universidad de Buenos Aires trabajan en el desarrollo de una terapia combinada para combatir un tipo especial de cáncer en perros.

“El melanoma canino mucoso es el más agresivo de todos los melanomas. El tratamiento actual es solo quirúrgico, y aún así la mitad de los pacientes muere a los tres meses”, explica Gerardo Glikin, investigador independiente y codirector de la Unidad.

En general, al momento del diagnóstico la enfermedad ya se presenta con metástasis en otras partes del cuerpo y las probabilidades de supervivencia son bajas, ya que este tumor es muy infiltrante – es decir que penetra en los tejidos circundantes – y progresa rápidamente, aún cuando se haya removido la mayoría tras la cirugía.

El tratamiento diseñado por el equipo de la UTG incluye tres pasos: primero, un proceso quirúrgico para reducir el tamaño del tumor; luego, una inyección local con un gen ‘suicida’; y finalmente, una vacuna con extractos tumorales, diseñada para estimular una respuesta inmune contra este cáncer a largo plazo.

“La cirugía permite, en primera instancia, reducir la cantidad de células malignas, porque este tipo de cáncer tiene tendencia a recrecer”, dice Liliana Finocchiaro, investigadora independiente del CONICET y codirectora de la Unidad. “Luego de este procedimiento, un 50 por ciento de los pacientes que, sin tratamiento tendrían una sobrevida de 90 días, pasarían a tener muy buenas posibilidades de sobrepasar los 500”, agrega.

El tratamiento local consiste en una inyección que contiene un gen ‘suicida’ que se incorpora al núcleo de las células tumorales. Ese gen permite que una droga antiviral, como el ganciclovir o el aciclovir, se introduzca en el material genético de estas células y actúe como terminador de cadena.

“Cuando la enzima ADN polimerasa – que es la encargada de duplicar el ADN – se encuentra con una molécula del antiviral, no puede seguir copiando el material genético. Se gatilla entonces el proceso de muerte celular con liberación de radicales libres y de factores de muerte celular al entorno, que se transmite a las células tumorales circundantes”, grafica Finocchiaro.

La investigadora explica que, a grandes rasgos, la célula reconoce al complejo como si fuera un virus que la está invadiendo y eso despierta su respuesta inmune. Por otra parte la acción se transmite a las células que se encuentran cerca y este efecto cascada permite, a partir de pocas células tratadas con el gen suicida, propagar el efecto.

“Con modificar genéticamente hasta apenas un 1 por ciento de las células – dependiendo del caso – se puede prácticamente eliminar hasta un 90 por ciento del tumor”, agrega Glikin.

El tercer paso está relacionado con ‘despertar’ la inmunidad a mediano y largo plazo hacia el tumor. Para eso generan una vacuna que contiene extractos del tumor, que se aplica en una zona distante al lugar donde se encontraba el cáncer.

“Esta vacuna contiene además dos proteínas que median la respuesta inflamatoria, la Interleucina–2 y el Factor Estimulante de Colonias de Granulocitos y Macrófagos. Esto permite estimular la respuesta inmune en lugares distantes donde no hay tolerancia al tumor, y luego los linfocitos – que aprendieron con esta vacuna a reconocer a las células tumorales – viajan a la zona afectada y permanecen allí, previniendo la proliferación de estas células”, comenta Finocchiaro.

Como parte del tratamiento el paciente debe de por vida seguir recibiendo esta vacuna aproximadamente cada seis meses. Los resultados sorprenden: la sobrevida aumenta entre cinco y seis veces, de tres meses a más de un año y medio, y hasta ocho años si se considera la muerte por melanoma. Sin embargo, los efectos a largo plazo perduran y más del 50 por ciento de los perros de edad avanzada mueren por enfermedades no relacionadas al tumor.

“La tasa de pacientes tratados libres de metástasis al momento de la muerte es del 84 por ciento, mientras esto sucede sólo en 51 por ciento de los no tratados. Este tratamiento combinado nos permite cronificar la enfermedad, de tal manera que los pacientes terminan muriendo por otros factores, en general asociados a la edad”, finaliza Glikin.

  • Por Ana Belluscio.
  • Sobre investigación.
  • Gerardo Claudio Glikin. Investigador independiente. Instituto de Oncología ‘Ángel H. Roffo’.
  • Liliana María Elena Finocchiaro. Investigadora independiente. Instituto de Oncología ‘Ángel H. Roffo’.