PREMIO L'ORÉAL – UNESCO “POR LAS MUJERES EN LA CIENCIA” 2019

“Necesitamos que haya más líderes mujeres y se rompa el techo de cristal en la ciencia”

Vanesa Gottifredi obtuvo el máximo galardón por su investigación alrededor de cómo se genera el cáncer y la búsqueda de nuevas curas.


A Vanesa Gottifredi, doctora en biología humana de 49 años e investigadora del CONICET, la desvela que la ciencia sea valorada, por eso se esmera en explicar de la manera más sencilla posible el complejo campo al que se dedica. Para hablar sobre su tema de investigación, echa mano a metáforas y alegorías de lo más inesperadas -como comparar a las polimerasas con una Ferrari, a los drivers del cáncer con un talón de Aquiles o a las células tumorales con Darth Vader-, y más ahora, que acaba de ser premiada con el Premio L`Orèal “Por las mujeres en la ciencia”, lo que le brindará una inyección de 650 mil pesos para continuar con la investigación que lleva adelante como Jefa del Laboratorio de Ciclo Celular y Estabilidad Genómica del Instituto Leloir.

“Identificación de nuevos fármacos utilizables en el diseño de tratamientos de precisión para el cáncer de mama y ovario: validación funcional y revelación del mecanismo de acción”, se titula el proyecto con el que fue premiada. En pocas palabras, Gottifredi estudia por qué una célula se vuelve cancerosa y cómo funciona la quimioterapia, con la esperanza de lograr que esta terapia sea más precisa, y eventualmente, pueda ser reemplazada por una mejor opción.

A Gottifredi le preocupa que desde hace años la tasa de cáncer vaya en aumento y que no se sepa por qué: “Estamos completamente doblegados por esta enfermedad, todos tenemos miedo de tener cáncer y todos conocemos a alguien que tiene cáncer”, advierte esta científica, que se crió en Salta y desde muy chica supo que quería dedicarse a la ciencia -es hija de un investigador en química del CONICET-. Estudió química en la universidad salteña y pronto se dio cuenta que lo que más le interesaba era la biología celular humana, “en la cual vos tenés esta caja negra con dos millones de variables, que es la célula, y vos lo que hacés es tratar de modificar un gen, sacarle su función o aumentarla, tratando de mantener todas las otras variables constantes y entender la función de ese gen”.

Al graduarse, realizó estadías en el exterior durante once años –primero en Roma y luego en Nueva York- hasta que volvió al país para hacer ciencia. Comenzó trabajando en duplicación de virus hasta que llegó a la función de las células y se especializó en la proteína P53, supresora de tumores, que cuando muta en cáncer pasa de ser un guardián del genoma a ser el que propaga el tumor, o en palabras de Gottifredi, “un Darth Vader”.

“Siempre me gustó la idea de llevar una vida no rutinaria en la que todos los días me pudiera replantear si mi pregunta es acertada, si ayuda en algo, si puede trascender de alguna manera”, asegura la científica, que aunque no merma en su pasión, no es de esas científicas enfrascadas en su laboratorio: hace ejercicio, le gusta bailar e incursionó en el tango –conoció a su marido en una milonga- y también disfruta de pasar tiempo con su hija pequeña.

Cuando habla de logros en la ciencia, insiste en que siempre se trata de un trabajo en equipo. Dice que “el conocimiento, en la medida de lo posible, no debería tener propiedad”, y que “los científicos somos la mente que puede resolver problemas de un país”. Esto último lo recuerda en especial por una anécdota que su padre siempre le cuenta: “Dicen que Churchill no sabía qué hacer con los alemanes que le estaban destruyendo todos los aviones y pidió hablar con `algunas personas inteligentes, por ejemplo científicos`. Terminó sentado en su mesa un físico, que escuchaba y no entendía nada de estrategia militar, pero les dijo: `si quieren que los radares no detecten los aviones, tienen que hacer que los aviones tiren palitos de aluminio. Eso va a confundir los radares`. Eso hicieron, y así aguantaron por años durante la guerra”, recuerda Gottifredi que le contaba su padre. “Por eso es importante que cualquier país no desaproveche a sus doctores”, asegura.

Además de valorar la actividad científica, Gottifredi apunta a la necesidad a que en la ciencia “se desarme el techo de cristal. Lo tenés que vivir y sentir, es un techo que existe, no es culpa de nadie. No hay una causa genética para que la mujer sea menos líder que el hombre, es social o psicológica la causa, está dentro de la imaginación colectiva, una conciencia social que por suerte desde hace algunos años hombres y mujeres estamos combatiendo: hay que cambiar el imaginario colectivo respecto a los cupos, a los premios, a divulgar la necesidad de que las mujeres sean líderes en el mundo”.

Cuando recibió el llamado del presidente del CONICET avisándole que había ganado el Premio L`Orèal, sintió que por fin lo había logrado. Es que Gottifredi ya se había postulado en seis ediciones al premio y había sido distinguida con la mención L`Orèal en 2013. “Esperé muchos años ese llamado, aunque en las ediciones anteriores, todas las científicas premiadas me sorprendieron: pude conocer mujeres que hacen aportes valiosísimos a la ciencia”, confiesa. Cuando cortó el teléfono, fue a escuchar un seminario de trabajo: “Me pasé todo el tiempo medio escuchando a la disertante y medio contenta, y a la noche sí salí a comer para festejar con mi familia y le conté a algunos amigos”.

 

El trabajo ganador

¿De qué se trata el trabajo de Gottifredi? Del cáncer: se sabe que los distintos tipos de cáncer surgen por una anormalidad en el proceso de duplicación de ADN. ¿Qué significa eso? Las células se están multiplicando todo el tiempo en nuestro cuerpo y en el de todos los organismos vivos -millones de veces al día-. Y en esa multiplicación, a veces, ocurren “fallas” –el ADN no se replica tal cual el original-, que son inocuas, y a veces beneficiosas. Gracias a ellas, de hecho, se produce la evolución: algunos seres desarrollan alas (en el caso de los pájaros) o patas (en el caso de otros animales). Pero en ciertas ocasiones, esas “fallas” se convierten en errores insalvables: es en los casos en los que las células se convierten en células malignas, y no solo no respetan el proceso de duplicación sino que pierden su función social y ya no les preocupa a qué tejido pertenecen. “Es el mismo principio que siguen los virus. De un grupo de células que trabajan ordenadamente y que quieren responder a un organismo y tienen un control social, aparecen células que dicen `no, yo no voy a responder a nada, mi único objetivo es dividirme`”, recrea la científica.

La quimioterapia como terapia, entonces, actúa como una barrera de copiado para aquellas células que se dividen mucho. “Imaginemos que en una calle hermosa pasa una Ferrari, que sería la polimerasa. Si lleno de baches la calle, la Ferrari va a tener problemas. Entonces pongo una 4×4, un helicóptero, otros vehículos que puedan transitar a pesar de esa barrera de los baches. El cuerpo hace eso: ante la quimioterapia, que serían los baches, se sobrepone con otros `vehículos`”, explica la científica. Y agrega: “Lo que buscamos es identificar los vehículos más eficientes para bloquearlos en células tumorales logrando que el ADN no se duplique, es decir evitando que se propague el cáncer. Esa es la pregunta de nuestro laboratorio: cómo empujar a la quimioterapia para que sea más selectiva y funcione mejor, y a la larga se use menos droga”.

La otra línea de trabajo del laboratorio que dirige Gottifredi se centra en el estudio de por qué se mutageniza cierta célula y se convierte en tumor: puede ser por razones aleatorias o por predisposición genética. Para ello, se focalizaron en los drivers tumorales. “A estos drivers los podemos llamar `talones de Aquiles` -señala Gottifredi-, porque para poder ser tumor tenés que pagar un precio, perder una función a la que  llamo `talón de Aquiles`”.  En el cáncer de mama y ovario hay una pérdida de una función de reparación de ADN muy frecuente: en cáncer de mama es del 22 por ciento y en cáncer de ovario, del 60 por ciento. Es muy importante entonces buscar drogas que ataquen células que hayan perdido esa función, que tengan ese talón de Aquiles. De esa manera el tratamiento matará células tumorales con talón de Aquiles, pero no afectará células sanas, con talones intactos. Esta función se llama recombinación homóloga, y hay drogas ya en el mercado que usan este principio pero parecería que uno de los grandes problemas es que generan resistencia”.

Desde hace cinco años, su laboratorio, con financiamiento y colaboración de la empresa GlaxoSmithKline (GSK), se encarga de buscar drogas que se encarguen de matar aquellas células tumorales que no tienen recombinación homóloga. “En realidad, tenemos una teoría, sobre ese talón de Aquiles. Creemos que dicho talón queda expuesto una fase tardía de replicación de ADN, pero necesitamos corroborarlo. De hacerlo, sabremos hacia dónde intentar apuntar la flecha”, se ilusiona Gottifredi.

Por Cintia Kemelmajer