22/03/2016 | 22 de marzo: Día Mundial del Agua
La merluza y el color del mar
Investigadores del CONICET buscan relacionar datos satelitales sobre la concentración de clorofila en el océano con el éxito reproductivo de este pez.
Marina Marrari. Foto: gentileza investigadora
Marina Marrari. Foto: gentileza investigadora

La merluza argentina (Merluccius hubbsi) es uno de los recursos pesqueros más importantes del país en términos comerciales. De acuerdo a cifras del Ministerio de Agroindustria, en 2014 se capturaron en el Mar Argentino 259.202 toneladas, lo cual representa más del 50 por ciento del total del pescado capturado en la región.

No obstante, datos del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) muestran que desde mediados de la década de 1990 existe una gran variabilidad interanual en la cantidad de individuos de la especie que anualmente superan el umbral del año de vida, durante el que se produce la mayor mortalidad. Este número se conoce habitualmente cómo Reclutamiento y su conocimiento tiene una importancia estratégica, tanto ecológica como comercial.

“El hecho de que no se conozca completamente cuáles son los factores que controlan la variabilidad interanual en el reclutamiento de la merluza llevó a que buscáramos relacionar este proceso, entre otras variables, con datos ambientales -obtenidos a través de sensores satelitales- sobre la concentración de clorofila en la zona de mayor actividad reproductiva del pez”, relata Marina Marrari, investigadora asistente del CONICET en el Servicio de Hidrografía Naval (SHN) de la Armada Argentina y autora principal del artículo que da cuenta de este desarrollo, publicado recientemente en Remote Sensing of Environment.

La posibilidad de establecer una relación entre la concentración de clorofila y el éxito reproductivo de la merluza en el Mar Argentino, así como de detectar tendencias en la variabilidad de la densidad del pigmento y de poder hacer predicciones al respecto, puede ser importante en términos prácticos. Estos datos podrían eventualmente ser usados en modelos para aumentar nuestra capacidad predictiva del éxito reproductivo de la especie en un determinado año y considerarlo al planificar la pesca.

Las larvas de merluza se alimentan de zooplancton, que son organismos que viven en mar abierto, que a su vez se nutren mayormente de fitoplancton, que son los organismos que tienen capacidad fotosintética. De esta forma, una mayor concentración de clorofila se traduciría en una mayor disponibilidad de alimento para las larvas de merluza y un incremento de la posibilidad de que lleguen a la adultez.

Amén de la hipótesis que relacionaría la mayor cantidad de clorofila con un incremento en el reclutamiento de merluza, todavía está en curso el trabajo de vincular estas variables. “En este primer trabajo desarrollamos la metodología para obtener series de tiempo largas respecto del color del océano y ahora estamos trabajando con investigadores del INIDEP para relacionar estos datos con la información que ellos tienen sobre la reproducción y reclutamiento de la merluza”, aclara la investigadora.

El color del océano visto desde el espacio resultaría indicativo de la cantidad de clorofila presente. “El principio básico es que cuanto más luz en la región del verde refleja la superficia del mar, más clorofila hay. El problema es que los datos satelitales que teníamos al respecto componían series de tiempo relativamente cortas que no permitían detectar tendencias a largo plazo. Para superar este inconveniente, desarrollamos una metodología que nos permitió armar una única serie larga a partir de dos mas cortas”, cuenta Marrari.

Los datos con los que contaban correspondían a dos sensores satelitales diferentes: uno llamado SeaWIFS, que operó en la región con datos de alta resolución desde el ‘97 hasta el 2006, y otro –el MODIS Aqua- que se puso en órbita el 2002 y aún continúa colectando información. La idea de combinar ambas series chocó con el problema de que durante los cinco años de superposición (2002-2006) existían diferencias en las estimaciones de ambos sensores y, por ejemplo, MODIS mostraba una mayor concentración de clorofila en los momentos pico.

“Entonces lo que hicimos fue desarrollar una corrección de los datos de MODIS utilizando el período de tiempo en el que ambos sensores se superponían. Básicamente los adaptamos para que se parecieran más a los de SeaWIFS. Luego proyectamos las modificaciones para toda la serie de tiempo de MODIS y así generamos una única serie de más de 17 años para la región”, explica la investigadora.

Las medidas fueron tomadas en una región de la Mar Argentino conocida como la zona de Isla Escondida, ubicada entre la Península de Valdez y el Golfo San Jorge, a la altura de la provincia del Chubut, donde se sabe que ocurre el mayor desove de merluza, o sea donde los adultos ponen los huevos y se encuentra la mayor concentración de larvas.

“Lo interesante fue que cuando empezamos a mirar si había tendencias en la concentración de clorofila, encontramos que sí, que en gran parte del área de estudio había aumentos significativos en la concentración de clorofila. Y esto no había sido detectado antes con las series más cortas”, afirma Marrari.

La posibilidad de contar con datos satelitales sobre el color del océano y de generar series largas que permitan detectar tendencias que estén más allá de la variabilidad interanual, abre la posibilidad de investigar una serie de tópicos fundamentales no sólo relativos a la pesca de merluza sino también a la productividad primaria oceánica y al cambio climático, entre otros.

Por Miguel Faigón

Sobre investigación:
Marina Marrari. Investigadora asistente. SHN e IFAECI.
Alberto R. Piola. Investigador principal. SHN, IFAECI y FCEN-UBA.
Daniel Valla. Becario doctoral. SHN, IFAECI y FCEN-UBA.
John G. Wilding. NASA. Goddard Space Flight Center.