SERIE MI CAMINO A LA CIENCIA

“El ‘ser’ científico me acompaña a todos lados y moldea mi pensamiento”

El bioquímico del CONICET Nicolás Ciancio reflexiona sobre el rol de la ciencia en su vida: no es solo un laboratorio, sino una forma de ver y estar en el mundo.


De chico, muchas noches terminaban igual: yo pegado a la tele, mirando programas sobre descubrimientos científicos”, cuenta Nicolás Ciancio, becario del CONICET en el Instituto de Investigación en Biomedicina de Buenos Aires (IBioBA, CONICET-Max Planck). En aquel entonces, se quedaba hipnotizado con arqueólogos, con expediciones y con historias de grandes pensadores del siglo XX. Con el tiempo, esa fascinación fue cambiando de escenario y hoy, como bioquímico en el laboratorio, se dedica a entender el funcionamiento de un gen llamado RSUME, que tiene vital importancia en el corazón y el riñón. 

“Quería dedicarme a hacer preguntas que valieran la pena… 

…y a buscar respuestas de verdad”, expresa Ciancio, cuando rememora sus noches de infancia, y aclara: “No era solo entretenimiento: yo quería ser como aquellos grandes pensadores que cambiaron la forma de ver el mundo”. Con el transcurso de los años la aventura dejó de estar en ruinas antiguas o laboratorios lejanos y se empezó a volver algo más cercano: “El cuerpo humano, la enfermedad, la posibilidad de mejorar la vida de otros a través del conocimiento”. Ahí, reconoce, su interés se volcó con fuerza hacia las ciencias médicas y la biología, y fue lo que lo llevó a iniciar sus estudios universitarios en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires (UBA-FFyB).

“CONICET: el lugar donde la curiosidad se vuelve oficio”

Cuando entró a la facultad, pudo ponerle nombre y forma a muchas de las preguntas que lo acompañaban desde chico: ¿qué es el ADN?, ¿cómo se forman las proteínas?, ¿para qué sirve cada parte de una célula? Y, según él, la más grande de todas: ¿cómo funciona el cuerpo humano?

En ese recorrido, descubrió algo que cambió su perspectiva: el rol de los docentes auxiliares o ayudantes, que eran estudiantes como él, pero además de dar clases, tenían la oportunidad de integrarse a grupos de investigación. “De repente, la ciencia dejó de ser un mundo lejano: estaba ahí, al alcance, dentro de la misma facultad y de las personas que veía todos los días” comenta el becario.

Y ahí, recuerda, apareció una idea difícil de soltar: si podía aprender, enseñar y al mismo tiempo participar en investigación: “¿Qué más podía pedir?” , se pregunta, y agrega: “Ese fue el primer empujón real que me empezó a acercar, paso a paso, al lugar donde la curiosidad se vuelve oficio: el laboratorio y el CONICET”. 

“Lo que investigo ayuda a iluminar procesos que están en la base de muchas enfermedades”

Ciancio estudia las funciones fisiológicas de un gen llamado RSUME en dos sistemas que son vitales para sostener la vida: el corazón y el riñón. “Me interesa entender qué hace RSUME en condiciones normales y, sobre todo, qué pasa cuando el organismo enfrenta un desafío real”, plantea. “Persigo una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿cómo se adapta el cuerpo cuando lo ponemos a prueba?” 

Para investigar, toma un caso particular, lo que él denomina “desafío real”: el ayuno de 12 horas, un tipo de estrés agudo que obliga al cuerpo a reorganizar prioridades, energía y señales. Y, en paralelo, estudia cómo se comporta este sistema frente a la hipoxia, cuando hay baja disponibilidad de oxígeno. “Para responder combino modelos animales —ratones modificados genéticamente en los que RSUME está ausente— con modelos celulares, y comparo qué cambia cuando ese ‘engranaje’ falta”, sostiene el especialista.

¿Y por qué es importante estudiar el gen RSUME? Porque el corazón y el riñón son órganos que trabajan sin pausa y dependen de una adaptación fina para funcionar bien. En palabras del becario: “Entender los mecanismos que permiten o impiden esa adaptación ayuda a iluminar procesos que están en la base de muchas enfermedades. Y aunque mi trabajo transcurre en el laboratorio, el objetivo final es que ese conocimiento se traduzca, a largo plazo, en mejores herramientas para prevenir, diagnosticar o tratar problemas de salud”.

La ciencia: la posibilidad de conjugar la curiosidad de un niño con el camino de aprendizaje universitario

“Lo que más me gusta de la ciencia es poder conjugar la curiosidad de un niño con todo el camino de aprendizaje que fui construyendo desde que empecé la carrera universitaria, y que hoy se profundiza cada día en el doctorado”, sintetiza el especialista. Y, de algún modo, retoma el lugar importante que, para él, ocupaban las “preguntas que valieran la pena”, cuando comenta: “Es hermoso sentir que esas preguntas, las grandes y las pequeña, no quedan flotando: se pueden condensar en experimentos capaces de ponerlas a prueba”. Llegado a este punto, entiende que hay “algo muy especial en ese cambio de chip: pasar de “¿por qué pasa esto?” a “¿cómo puedo comprobarlo?”. Y profundiza: “Diseñar la manera de responder una pregunta, medir, equivocarse, ajustar y volver a intentar. Y después, cuando aparecen los resultados, poder relacionarlos para entender un poco más a fondo el problema inicial: construir una explicación más completa, más sólida, más real”. Por último, concluye: “Esa combinación de creatividad, método y descubrimiento es lo que más disfruto de mi trabajo”.

“Aprendí a confiar en el camino”

A nivel personal, Ciancio confiesa: “Con el tiempo entendí que la ciencia no es solo un lugar —un laboratorio, un guardapolvo, una pantalla llena de gráficos— sino una forma de ver y estar en el mundo”. En el camino a la ciencia aprendió que investigar no es juntar datos, como piezas sueltas, sino intentar armar una historia que tenga sentido: “hacer una buena pregunta, buscar la manera de probarla, fallar, ajustar, volver. Y cuando aparecen los resultados, descubrir que a veces responden… pero casi siempre abren una puerta nueva”.

En otras palabras, el becario plantea que aprendió a “no apurarse con las respuestas, a tolerar la duda, a cambiar de idea cuando la evidencia te corre el piso. Y, sobre todo -enfatiza- aprendí a confiar en el camino: en el método, en la paciencia, en el trabajo con otros”. Finalmente, concluye: “El ‘ser’ científico no termina cuando salgo del laboratorio, me acompaña a todos lados y moldea mi pensamiento cotidiano: cómo miro, cómo escucho, cómo discuto, cómo decido. Ser científico es una forma de vivir”. 

Por Florencia Verrastro

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