30/10/2018 | CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
Carlos Skliar: “El mundo te impone formas de escritura, mi rebelión consiste en dejarme llevar por lo impredecible”
El pedagogo del CONICET cuenta detalles del proceso de elaboración de su último libro, Escribir, tan solos, y reflexiona sobre la lectura y la escritura.

Elegir un libro de la biblioteca al azar, leer un fragmento, escribir metódicamente un reflejo, una respuesta al temblor producido por esa lectura. Durante dos años, Carlos Skliar repitió la operación todas las mañanas entre las cuatro paredes de su estudio abarrotado de libros del piso al techo, escribiendo sobre un escritorio también regado con pilas de libros, hasta que un día vislumbró que tenía un corpus sobre la soledad a partir de la lectura de una selección de escritores de la narrativa contemporánea. El texto, de un registro tan hipnótico como distante de la producción académica habitual de un científico del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), es su último libro se llamó Escribir, tan solos, y fue publicado por la española Mármara Ediciones.

En realidad, el origen del procedimiento de elegir libros al azar apareció unos hace unos atrás, cuando un editor español le pidió a Skliar que escribiera reseñas de libros. Al terminar la tercera entrega, se dio cuenta que de lo único que estaba reseñando, era de la soledad. “Elegía libros cuyo tema era explícitamente la soledad, con personajes profundamente solitarios. Lo vi como una coincidencia, me fui a ver mi biblioteca, a ver qué había marcado y vi que me estaba pasando desde hacía mucho tiempo. Descubrí un apego por libros y vida de escritores solitarios. Entonces, ¿qué pasaba? O me dedicaba al ensayo académico, que ya estaba hecho, o reinventaba esa mezcla entre mi biblioteca, los escritores, los personajes, juntándolos de manera muy personal y muy discutible, por figuras o rasgos de soledad. Eso hice: no fue algo que me propuse, fue algo a contramano, una reelaboración de una experiencia”.

En la escritura hay dos veces soledad. Una soledad deseada y una soledad hallada*.

¿Es la soledad agobio, desánimo, ausencia, exilio, dolencia, o acaso puede llegar a ser una virtud? Skliar intenta responderlo conversando con un ecléctico plantel de escritores de su biblioteca, autores como Rimabud, Herzog, Lispector, Montagne, Victor Hugo, Pessoa, Pavese. Abismado en la tríada escritura-lectura-soledad, evoca el gesto de esos escritores que admira, y desde su propio silencio, en un particular registro poético, deja testimonio sobre lo que le susurran aquellas otras soledades que lee.

“Yo solía tener dos lenguajes muy separados: la poesía iba por un lado y la producción académica iba por el otro, y eran intocables. Era como tener una doble vida, y eso nadie lo quiere, aun aceptándola. Lo mejor que hice, hace unos diez años, fue dejar de luchar contra esta batalla interna a propósito de los límites del lenguaje. No más ´esto es para CONICET`, `esto es para Facebook`, `esto es para los maestros`, `esto es para la literatura`. No se puede: si es que tengo un estilo propio, ese estilo consiste en no negarme a relacionar mis lecturas cotidianas con la forma de escribir. Si la pregunta es qué es esto –dice Skliar y señala su libro–, la respuesta es que es un ensayo poético que pretende ahondar sobre una línea de escritura vinculada con las bibliotecas y las lecturas personales”.

Si acaso nos fuese dada la posibilidad de pensar una experiencia común de lo humano, una experiencia de la cual nadie pudiera ausentarse o distraerse, esta no sería la de la comunidad sino quizá la de la soledad*.

 Para entender cuánto le costó tomar esa decisión de unir esos mundos que lo habitaban –el del poeta que hace ciencia y el del científico que escribía en un tono poético–, Skliar repasa sus orígenes. Cuenta que estudió Fonoaudiología. Que antes, en la escuela secundaria y sin título, cumplía con el rol de maestro recreador de clubes y campeonatos. En tercer año de la carrera universitaria, a principios de los ochenta, le ofrecieron que sea profesor de “Teorías del aprendizaje y comunicación”, y esa materia, alejada de la Fonoaudiología pero cercana a la Comunicación, se convirtió en el trampolín que lo llevó a trabajar con niños sordos y a convertirse en educador a tiempo completo. En ese rol, se mudó a Brasil en la década del noventa, a Porto Alegre, donde se afianzó como pedagogo poestructuralista. Iba por un tiempo pero se quedó diez años, dedicándose a la docencia posuniversitaria.

“Porto Alegre era la cuna de una nueva educación, allí mi vida fue intensa”. Skliar se consolidó cercano a la figura de educador social, lapso en el que gestó su libro más conocido sobre pedagogía, ¿Y si el otro no estuviera ahí? (Miño y Dávila, 2002). Hasta que un día decidió que era hora de volver a la Argentina. “Lo sentí como un gesto radical. Me gusta esa idea de empezar de nuevo con otras cosas. Renové mi biblioteca, hice posdoctorados en Barcelona, en Italia, fueron cortes, para seguir sometiéndome al asombro, obligarme a no repetir maquinalmente”.

Escribir en el tedio sustancial del aislamiento, escribir como soledad ensimismada*

Llegó al país en 2004 y comenzó su derrotero como investigador y pedagogo del CONICET.  “Después de años de hablar el portugués, reconquisté mi lengua: el impacto de volver a mi lengua también impactó sobre mi escritura”. Por esos años comenzó una relación aún más íntima con la lectura. “Soy un lector muy tardío. La verdad es que he sido muy perezoso toda mi vida, no tenía este destino. Fui muy apegado al fútbol hasta la adolescencia, después entré en un limbo juvenil, al trabajo más de maestro recreador pero nunca se me cruzó la figura llamada intelectual, nunca me imaginé este ambiente ni el apego por la colección de libros. Incluso en momentos avanzados en mi trabajo como educador, no tenía este vínculo bibliográfico amplio –dice ahora en su estudio–. Tal vez fueron esas amistades que se me cruzaron, determinados profesores, colegas: ver otras formas de estar y hacer en el mundo y un encantamiento de la sabiduría ajena, no de la erudición, pero sí esa sabiduría que me conmovió y me llevó hacia la lectura. Soy tardío de verdad, podría decir que hasta hace diez o doce años no era este que soy. No pasa nada, porque los relatos no son lineales, la vida tiene muchas encrucijadas, pero hoy estoy de cuerpo entero en esto, para responder no de una manera erudita como responderían todos sino de manera más vital, habiendo pasado por otras vidas, por otros mundos”. 

En esos mismos años en los que se convirtió en lector, también sucedió la metamorfosis de su escritura. “Cambié del texto terriblemente académico, científico, estadístico, pasé por el ensayo, el aforismo, la poesía, la poética, los blogs. Porque si el mundo te impone formas de escritura, mi poca rebelión consiste en desmontar esta operación en lo impredecible: cuando comienzo no sé cómo escribiré, porque cada cuestión te plantea una rumiación distinta, y todo busca una escritura propia. Y ahí la forma tiene enorme sentido para mí: si voy a hablar de la soledad, la forma que asumo en la escritura de la soledad no puede ser rutilante, enfática, directa. Tiene que ser suave, íntima, claroscura. No como artificio, sino como modo de contagio”.

La soledad como escritura: un tiempo en el que la máquina del mundo se detiene por algo tan improductivo como lo es la escritura, un tiempo de separación y de silencio, minutos inviolables donde escribir es lo único y donde lo único que se descubre es el deseo de escribir.*

Ahora, la escritura y la lectura, para Skliar, es una práctica de todos los días. “Soy un lector que escribe, no soy un escritor en el sentido actual, que está en la industria editorial de la escritura, sino que en la medida que me apasiono en la lectura eso me va produciendo formas de escribir –dice–. Para mí no es accesorio, porque tengo un alto concepto del placer, del tiempo libre, del disfrute. Es problema de época no tener tiempo libre porque el tiempo libre está mal visto, o porque te llenan la cabeza de que hay que aprovecharlo, y yo creo que el tiempo libre es formativo”.

Los días en los que no lee –que suceden no porque no quiera sino porque no tiene tiempo–, lee igual: porque leer para él no es solo el acto físico, sino también las conversaciones que se disparan a partir de una lectura. “Leer no es solo el gesto solitario de reclusión o refugio, sino toda la práctica conversacional a propósito de la lectura. Eso es lo que yo llamo lo público de la lectura, el momento en que la lectura personal es puesta en común. Siempre me pareció que un buen lector no es aquel que subraya o conceptualiza hábilmente, sino aquel que lleva una conversación sobre la lectura. En mí están los dos rasgos: el solitario y el multitudinario, el que se recluye pero después sale a todos los lados, a escuelas, a teatros, a donde sea que me llamen, a contar reelaborando por mí eso que leí. Yo ahora no las puedo desprender, creo que leo para conversar sobre la lectura.”. 

 Escribir guarda para sí una soledad peculiar: la de no estar solos aunque parezca una contradicción.*

 Su próximo libro, en el que ya está trabajando, lleva implícito un nuevo tema de reflexión: el de la lectura. “En una época en la que todo es para qué, estoy tratando de mostrar que la lectura no sirve para nada, aunque sirve pero no sirve en el sentido de utilidad. Creo que la mayoría de las didácticas de la literatura se han equivocado en la forma de invitar a la gente a leer. Creo que se equivocan en transmitir una supuesta utilidad que solo cada uno podrá decidir a lo largo de su vida, si es que lo decide y lo encuentra. Hay mucha gente que ha leído y lo ha dejado porque los tiempos actuales reemplazan la lectura con otros medios y otros formatos. En el texto que estoy escribiendo, estoy ensayando de nuevo otra escritura diferente, fragmentaria, con pequeñas experiencias como lector, aludiendo a determinados libros, a qué me pasó con ciertas lecturas, qué he sabido a partir de leer, qué no he sabido, qué no sabré nunca, cómo invitar a la lectura a alguien que no lee, cómo dejarlo en paz”.

Porque escribir es como no hablar, es callarse y aullar*

Skliar no puede dejar de escribir como escribe. “Defiendo muchísimo la mezcla de lenguajes como potencia. Soy más ensayista que capaz de entrar en los dispositivos formales de producción científica –dice–. La descompensación está muy clara, y es un reflejo de mi propia vida: escribí cinco libros en dos años y muy pocos artículos”. Esa mezcla de géneros también se traslada hoy hasta los límites de su propia biblioteca: le cuesta reconocer distinciones entre los libros de antropología, de sociología, de educación, de literatura. “¿Cuál es el límite?”, se pregunta, “¿cómo organizo yo una biblioteca pura, inmaculada en ese sentido?”. Por eso, si se le plantea cuáles son sus libros favoritos, no recuerda ninguno. Se define más bien como un cazador de fragmentos. “Ya no sé qué es lo literario, qué no, insisto mucho en la necesidad de ficción ante la realidad pesada: más bien pongo a la ficción en el mismo plano que la realidad”.

La literatura mejora la soledad, o la soledad mejora la literatura, pero ni la una ni la otra son ciencias exactas*

 

 

 

*Todos los fragmentos citados fueron extraídos del libro Escribir tan solos, de Carlos Skliar.

 

Por Cintia Kemelmajer