CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES

Una nueva alerta temprana

Tras el colapso de las barreras antárticas Larsen A y B, una nueva grieta en la Larsen C preanuncia la desestabilización de hielos en la Antártida Occidental.


Foto: NASA Earth Observatory, Jesse Allen / Kathryn Hansen.

Por Sergio A. Marenssi*

Las barreras de hielo son grandes masas de hielo que flotan en el mar y se construyen a lo largo de decenas o cientos de miles de años a partir del aporte de los glaciares que bajan desde la Antártida. La Barrera de Hielos Larsen flanquea la costa Noreste de la Península Antártica y viene sufriendo reiterados eventos de desprendimientos masivos que llevaron al colapso de las porciones norte de la misma (Larsen A en 1995 y Larsen B en 2002). A través de estos sucesos hemos aprendido lo rápido que la naturaleza puede hacer desaparecer lo que ha tardado milenios en construir y gracias a su espectacularidad hemos tomado conciencia de los efectos del calentamiento global.

Como un nuevo reflejo de los cambios atmosféricos (aumento de temperatura del aire, cambio en la intensidad y dirección de los vientos) y oceanográficos (aumento de la temperatura superficial de las aguas y cambios de las corrientes marinas) que se están registrando en la Antártida relacionados con el calentamiento global, la Barrera de Hielos Larsen C de unos 49.000 km2 de superficie está a punto de perder unos 5.000 km2 de hielo de su frente debido al avance de una grieta de más de 100 km de largo, casi 100 metros de ancho y aproximadamente 500 metros de profundidad. Esta grieta aceleró recientemente su movimiento y está a sólo 20 km de producir la ruptura del frente de la barrera de hielos, lo que probablemente generará un témpano gigantesco e infinidad de bloques menores que lentamente se dispersarán en el Giro del mar de Weddell noroccidental.

La buena noticia es que debido a que esta masa de hielo ya flota en el mar, su desprendimiento no tendrá ningún efecto en el nivel de los océanos (que sin embargo ya está ascendiendo desde hace cientos de años a un ritmo creciente y que actualmente se estima en cerca de 3 mm por año). Asimismo este evento no debería producir en lo inmediato el aceleramiento de los glaciares que bajan desde la Península Antártica porque, a diferencia de lo ocurrido con el colapso de Larsen B en 2002, todavía quedaría una gran proporción (90 por ciento) de la barrera de hielos Larsen C actuando como “dique de contención” entre los glaciares alimentadores y el mar de Weddell.

Por ahora, los efectos inmediatos serían un cambio geográfico en el frente de la barrera de hielos, la aparición de grandes témpanos en el mar de Weddell -alguno de los cuales eventualmente podría llegar a derivar más allá de la Antártida- y la oportunidad para numerosos organismos de colonizar un nuevo espacio en el fondo marino antártico.

Sin embargo, más allá de la espectacularidad de este fenómeno por las dimensiones del bloque de hielo que se desprendería y la cobertura mediática que está recibiendo, este evento junto con la grieta detectada el año pasado en la barrera de hielos Brunt ubicada más al sur en el mar de Weddell sudoriental (que obligó a la evacuación y reubicación de la base Halley VI del Reino Unido), son señales inequívocas de que los efectos del calentamiento global sobre los hielos antárticos siguen progresando y que los mismos se manifiestan cada vez más profundamente en el continente blanco.

Así como el desprendimiento de una parte del frente de la Barrera de Hielo Larsen C no presentaría ningún peligro inminente, este hecho refuerza la hipótesis (sostenida por la mayoría de los científicos antárticos) sobre una rápida desestabilización de la Sabana de Hielo de la Antártida Occidental (WAIS por sus siglas en inglés) que tendría efectos de alcance global.

Efectivamente, la Sabana de Hielo de la Antártida Occidental, de la cual las barreras de hielo son sólo “pequeños” apéndices, es un gigantesco manto de hielo con un volumen estimado de 2.2 millones de km3 que cubre el extremo sur de la Península Antártica hasta las montañas Transantárticas y si bien no hay consenso -debido a la falta de modelos exactos- se estima que su desintegración podría hacer subir el nivel del mar entre 1 y 3 metros, inundando inmensas áreas costeras.

Es importante entonces que a partir de estos fenómenos se tome conciencia no sólo de la necesidad sostener y promover la investigación científica en la Antártida sino también sobre la urgencia en tomar acciones basadas en el conocimiento científico para mitigar los efectos del cambio climático.

* Sergio A. Marenssi es Doctor en Ciencias Geológicas por la Universidad de Buenos Aires e investigador principal del CONICET en el Instituto de Geociencias Básicas, Aplicadas y Ambientales de Buenos Aires (IGEBA, CONICET-UBA). Se desempeñó como Director de Instituto Antártico Argentino entre 2003 y 2013 y como Vice-Presidente del Comité Científico de Investigaciones Antárticas -SCAR (2006-2014). Actualmente es además, profesor asociado en la Universidad de Buenos Aires.