21/07/2016 | ENTRE PARÉNTESIS
Soledad Quereilhac: “La literatura siempre es un reflejo de los problemas de una época”
En Cuando la ciencia despertaba fantasías, la Dra. en Letras del Consejo analiza el concepto de ciencia ligado a la ficción, característico del pasaje del siglo XIX al siglo XX.
La Dra. Quereilhac presentando su libro. Foto: gentileza investigadora.

¿En qué se parecen la espiritualidad y la ciencia, lo técnico y lo mágico, la parapsicología y los rayos X? Soledad Quereilhac, doctora en Letras y autora de Cuando la ciencia despertaba fantasías, nos retrotrae hacia fines del siglo XIX, cuando en Argentina las ciencias –ahora disciplinas autónomas, complejas y cada vez más alejadas de la comprensión de la gente “común”- se consideraban parte del universo cotidiano de las personas.

La investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (CONICET-UBA) se sumergió en las profundidades de la literatura fantástica, los espiritualismos y la prensa de divulgación de la época, y reconstruyó en su libro, publicado recientemente por Siglo XXI Editores, cómo lo científico convivía codo a codo con lo inexplicable, proyectando utopías de cambio y erigiéndose como potencial mundo para la imaginación.

“Me propuse enfatizar en la amplia gama de grises que abarcaba el adjetivo ´científico´ (…) que adquiría su significado según quién lo enunciara: un científico miembro de una academia, un ocultista, un periodista, un escritor de fantasías científicas; e incluso dentro de cada uno de estos grupos tampoco había plenos consensos”, afirma la autora en las primeras páginas del libro. Quereilhac siempre sintió fascinación por las explicaciones que circulan masivamente de los fenómenos científicos. “Tengo una obsesión –dice- por cómo se presentan discursivamente los descubrimientos”. Y fue en su afán de repasar cómo se nombran determinados fenómenos de la vida que descubrió que la literatura, en el pasaje de siglos del XIX al XX, “construyó fantasías literarias muy originales, atractivas y bizarras, en conexión con lo que estaba pasando en su momento con la ciencia”. Ese fue el punto de partida para el tema de investigación de su doctorado, que luego de cinco años se convirtió en libro.

Y si vamos un poco más atrás en la génesis del libro, el principio del ovillo puede encontrarse en su propia biografía. En su familia había médicos, odontólogos, profesionales vinculados con el mundo científico, y su padre, Héctor Quereilhac, era ingeniero químico. “Él siempre alimentó mi curiosidad por el relato científico. Supongo que mi oído para el relato de la ciencia viene de ahí. Hizo el secundario en la década del ´50, y la gente de esa generación tiene una formación ´enciclopédica´. A mi padre le gustaba el siglo XIX y era de esas personas que a pesar de tener una especialidad leía de todo y le gustaba estar informado”.

Quereilhac estudió Letras porque, ante todo, le gusta mucho leer, “y decidí hacer de ello mi profesión. Necesito estos desvíos por la ficción, me apasionan la historia, la política y el conocimiento en general pero necesito llegar a todos esos lugares por el rodeo de la literatura. Prefiero el mundo de las representaciones –asegura-, pero no porque desconecte: un buen lector pueda estar fuera de la realidad. No creo en eso, pero sí necesito altas dosis de ficción para comprender mejor el mundo”.

Particularmente, se interesó por la literatura fantástica argentina, la “temprana ciencia ficción”, o esos híbridos de la literatura nacional llamados “fantasías científicas”. Pero como buena egresada de la carrera de Letras, además de los temas, a Quereilhac le interesan los nombres: cómo se nombran, particularmente, los experimentos científicos. La nomenclatura de “La máquina de Dios”, por caso, es una muestra de la curiosidad con que se popularizan los experimentos: “Me fascina –asegura la autora- porque el nombre indica la voluntad de ligar cierto experimento que nos aclararía un poco más de qué se trata la materia, con la divinidad”. De la combinación de todos esos factores, nació este libro.

 

Ciencia y religión, parientes cercanos

Bajo la premisa de que “la literatura jamás es ajena a la historia, la ideología habla a través de las formas literarias”, en su publicación, Quereilhac analizó el periodo de entresiglos, para lo cual relevó una cantidad de fuentes abrumadora que comprendía las tres décadas que tomó como marco temporal. Allí encontró que los periodistas cubrían desde el evolucionismo hasta los médiums: un panorama de “lo científico” muy amplio y heterogéneo. “Se trataba, sin embargo, de una ciencia más entendible para `un profano`, como sostiene el historiador Eric Hobsbawm. Todavía los avances científicos de Occidente se correspondían con la percepción que se tenía de la vida cotidiana, con la experiencia inmediata de los sentidos. Con lo cual no era tan difícil entender a Pasteur, a Darwin, mientras que hoy necesitamos científicos que puedan traducir a un lenguaje más llano la complejidad de las investigaciones y los descubrimientos.”.

Quereilhac condensó de un modo equilibrado y sin abrir juicios de valor la información sobre las sociedades espiritistas y su visión del mundo. Sobre cómo trabajó en esa línea de análisis no tendencioso, indica: “Siento mucho respeto por todas las creencias, si bien yo no adhiero a ninguna religión. Me fascinan estos espiritualismos laicos, me parecen utópicos, y me parecen construcciones fascinantes porque las sociedades de la época que estudié no las sostenían solo como creencias sino que después quisieron verificarlas, entonces convocaron científicos a sus filas. El período de entresiglos fue el momento en el que religión y ciencia más se juntaron”.

Para confeccionar su tesis, Quereilhac se sumergió en los archivos de revistas y diarios del periodo seleccionado, y en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Entusiasmada por su tema de investigación, se alegró cada vez que pudo comprobar su hipótesis de que las notas periodísticas sobre la ciencia estaban vinculados a relatos de la literatura, con cada verificación de su intuición. “Cada vez que encontraba una noticia que coincidía con un relato fantástico, o una noticia donde se expresaba esta superposición entre la ciencia y los espiritualismos, fui feliz”.

La conversión de tesis a libro, posteriormente, le llevó tres meses que implicaron un nuevo desafío: condensar su investigación, o como ella lo llama, “jibarizarla”. Es que Quereilhac redujo su trabajo, de un millón de caracteres, justo a la mitad. Decidió hacerlo capítulo por capítulo pero no quitar ninguna parte: “No quería perder ninguno de los estadíos de mi argumentación, porque me parecía que si no trabajaba la prensa del periodo, después los espiritualismos y después la literatura, dejaba trunco mi razonamiento”. Lógicamente, sí dejó afuera todas las notas al pie, que en una tesis son fundamentales para sostener cada afirmación. En el libro, en cambio, se apoyó en la voz de autoridad de un autor: “La propuesta, como en todo libro –dice- es el famoso pacto con el lector: créanme”.

 

La sociedad a través del espejo de los libros

En Cuando la ciencia despertaba fantasías, Quereilhac apuntó a la llamada “temprana ciencia ficción argentina”: ese segmento de la literatura en el cual los escritores se permitieron tomar elementos de la ciencia de su tiempo -incluso los nombres que les llamaban la atención, de sustancias químicas por ejemplo- y traspolarlas a nuevas estancias, experimentos, nuevas realidades posibles. Es el caso de “El almohadón de plumas”, el cuento de Horacio Quiroga con llamativas coincidencias con un relato periodístico sobre un hallazgo de las mismas características que su texto.

En este sentido, la investigadora subraya el maridaje entre la literatura y la ciencia, “porque la literatura le puede hacer trampa a la ciencia en el sentido de que no tiene que verificar los fenómenos, con imaginarlos ya basta. La novela incorpora todos los discursos sociales, entonces desde la literatura uno se puede acercar a un montón de campos de la cultura o la sociedad del presente o el pasado”. Siguiendo los trabajos del teórico ruso Mijail Bajtín, para la autora, en una novela está presente el discurso científico pero también el de la política, la ideología, la técnica. “La literatura –dice- es una ventana al mundo; a través de los discursos que incluyen los escritores, más que representar al mundo, representan cómo se nombra el mundo en otras áreas y reinventan esos imaginarios”.

Para graficar ese punto en la actualidad, Quereilhac cita Distancia de rescate, el libro de Samanta Shweblin -que contó con el asesoramiento del biólogo investigador del CONICET Dr. Luis Cappozzo-: en él, ingresan nociones científicas en torno a los agroquímicos, se representan dilemas de época como la maternidad, la crianza o los nuevos miedos contemporáneos, el imaginario literario sobre el campo aparece trastocado con herramientas de la literatura de terror, entre otros temas. “Allí se ve cómo la literatura –insiste- es muy iluminadora respecto una época: ilustra y representa los problemas de la actualidad de manera oblicua y no alegórica, pero realmente ilumina la sensibilidad, las pesadillas y los miedos colectivos de época”.

Otra novela lúcida vinculada a esta cuestión, señala Quereilhac, es Kryptonita de Leo Oyola: “Además de una historia entretenida y muy bien escrita, es un ejercicio excelente de ficción sobre cómo recibimos en Latinoamérica la tradición de los comics y los superhéroes. Y también en un punto puede emparentarse con la ciencia ficción, porque es un ejercicio de conjeturalidad: qué hubiera pasado si (what if), es la pregunta de la novela, si los superhéroes nacieran en el Conurbano bonaerense en condiciones de extrema marginalidad.  Entonces se erigirían como esa banda delictiva super poderosa que se pelea con la policía… es una fantasía pero también es una mirada de la época: eso me fascina. Y es un trabajo con el lenguaje popular exquisito”.

A futuro, la investigadora pretende seguir trabajando en la relación entre la ciencia, la literatura y las ciencias ocultas. “Ahora estoy interesada en los archivos personales de los escritores; en el Museo Casa Ricardo Rojas estoy leyendo cartas –cuenta-, y planeo ir a la biblioteca del Maestro, donde está la biblioteca de Lugones, a investigar el material”.

ENTRE PARÉNTESIS
Todos los científicos, en algún momento de su carrera, deben volcar parte de sus investigaciones al papel. Para algunos es un desafío grande, otros manejan el lenguaje como peces en el agua. Hay quienes se entusiasman tanto que hasta pegan el salto hacia otros géneros literarios –como la ficción–, y otros que prefieren asesorar a escritores desde sus competencias científicas. Entre Paréntesis se propone como una sección cultural del CONICET desde donde dialogar con aquellos científicos que también forman parte de los anaqueles de las librerías.

Cintia Kemelmajer