DIVULGACIÓN CIENTÍFICA

Secretos de la hechicería urbana en las sociedades coloniales de América

Jaqueline Vassallo, investigadora del CONICET, describe cómo se hacían pócimas, se invocaban deidades o realizaban maleficios en la época colonial.


Plantas de uso medicinal. Fotografía: gentileza Guadalupe Alemán/ Diseño: Verónica Tello

Curanderas, brujas y celestinas y magos formaban parte del entramado que conformaban las sociedades del antiguo régimen. “Eran tiempos en los que las personas creían en los milagros de los santos para curar enfermedades o para frenar las pestes. Iban a la iglesia a orar o hacían procesiones con el objetivo de cambiar el curso de ciertas situaciones.  Se hacían misas en los Cabildos para que las plagas de langostas dejaran de azotar los sembradíos. También se creía en el castigo divino por los supuestos “pecados” que se cometían, a nivel individual o social. El diablo, el purgatorio, la muerte y el infierno estaban presentes en la vida ordinaria de las personas de entonces”, describe la investigadora independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, Jaqueline Vassallo, cuyo tema de investigación son las mujeres y la inquisición en Córdoba (1614-1813).

Estas actividades si bien resultaban habituales, no eran necesariamente toleradas por las autoridades. La escolástica medieval había proporcionado a los españoles una clasificación de tres formas de desvíos de la religión verdadera: la apostasía que es la renuncia o la negación de la fe, la idolatría que se refiere a la adoración de ídolos no cristianos y la superstición que atribuye explicaciones mágicas a la generación de determinados sucesos.

La investigadora cuenta, luego de relevar información, que entre los episodios que dieron origen a las denuncias más frecuentes ante la comisaría de la Inquisición de Córdoba durante el siglo XVIII, aparecían la magia amorosa- el maleficio del marido, del  amante o de quien se pretendía amores-; como  también la cura de dolencias y el procurar encontrar objetos perdidos.

“En la vida real todas estas actividades se permitían hasta que se producía un escándalo o una muerte sospechosa. Una sociedad tan estructurada, como la colonial, tuvo sus brechas y resquicios. Generalmente, tiende a pesarse que quienes no pertenecían al grupo de los españoles e incluso, que no eran varones-, no tenían alternativas posibles de ascenso social, sin embargo una mujer esclava que pertenecía a los jesuitas y que actuaba como partera en la Córdoba del siglo XVIII, era funcional a las necesidades de ese tiempo. Encontramos actos de resistencias cotidianas. Por ejemplo, un esclavo que robaba en la casa de su amo, podía tener una red de complicidad con otras personas de diferente condición,  para vender los objetos, entre los que podía haber algún pulpero de origen español. No todo era control y castigo”, retrata.

Varias de estas prácticas además permitieron la supervivencia económica de las mujeres que eran fuertemente estigmatizadas por las creencias religiosas de la época.

“La vinculación de las prácticas mágicas con las mujeres está relacionada con la concepción que tenía el discurso de la iglesia sobre ellas, pero que también compartían otros discursos sociales como el derecho, e incluso la literatura. No debemos olvidar que las representaciones de género que recogían los diferentes discursos sociales de entonces, se fundaban y sostenían entre sí, basados en argumentos de autoridad”, aclara la científica.

Según explica, los  primeros en vincularlas de manera directa a la brujería fueron los inquisidores Sprenger y Kramer  en el MalleusMaleficarum , un tratado sobre brujería escrito por hombres de la iglesia europeos que data del siglo XV y que incidió en la delimitación de las figuras delictivas de la Inquisición. “No es casual, entonces, que hallemos más expedientes o denuncias tramitadas contra mujeres que contra  varones en las Inquisiciones de Lima, México y Cartagena de Indias”, ejemplifica.

De todos modos, la hechicería urbana constituyó una opción para las mujeres pertenecientes a los grupos populares urbanas que no tenían tutela masculina, es decir, se trataba de mujeres solas que eran sostén de hogar. Además fue en parte oficio de prostitutas y parteras y vendedoras ambulantes, que fueron tratadas con relativa tolerancia por los inquisidores. “Recordemos  que por entonces los médicos  eran escasos, ni había hospitales en todas las ciudades  y en caso de que hubiera médicos particulares, no toda la población accedía a sus servicios, por el costo de las consultas. En Córdoba una gran parte de la población sobre todo españoles, acudían a hechiceros y hechiceras para que curasen a  familiares e incluso a sus esclavos”, concluye Vassallo.

 

Por Alejandro Cannizzaro