Ciencias Sociales y Humanidades

Reciclando sueños: valorización de residuos e innovación tecnológica desde la base

Un equipo de investigadores del CONICET trabaja junto a una cooperativa de cartoneros en el co-diseño de innovaciones tecnológicas para el procesamiento de materiales recuperados de los residuos.


Molinos para procesar plástico producido por la Cooperativa. Foto: gentileza investigador.
Molinos para procesar plástico producido por la Cooperativa. Foto: gentileza investigador.
Molinos para procesar plástico producido por la Cooperativa. Foto: gentileza investigador.
Molinos para procesar plástico producido por la Cooperativa. Foto: gentileza investigador.

Carros que recorren los principales centros urbanos y colman los trenes por la noche. Mujeres y hombres que la crisis económica y social de los ‘90 marginó y sin saberlo o quererlo fueron y son una pieza clave en el tratamiento, gestión y disposición de los residuos sólidos urbanos: los cartoneros. Se estima que para el año 2002, 40 mil personas ‘cartoneaban’ en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Algunas solas, otras en familias y algunas pocas organizadas en asociaciones o cooperativas. Hoy, más de una década después, el panorama es otro: las iniciativas para formalizar su actividad coexisten con propuestas para valorizar residuos desarrolladas por los propios cartoneros.

Sebastián Carenzo, investigador adjunto del CONICET en el Instituto de Estudios Sociales de la Ciencia y Tecnología (IESCT) del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), comenzó a trabajar a fines de 2004 con la Cooperativa Reciclando Sueños. En aquel entonces, el trabajo de investigación y transferencia se volcaba hacia el fortalecimiento del asociativismo y el reconocimiento social de su labor como “trabajo”. Actualmente, en conjunto con los integrantes de la cooperativa, se orienta al desarrollo de procesos de innovación tecnológica para el tratamiento de residuos que carecen de un mercado donde ser comercializados. El investigador cuenta en esta entrevista cambios, desafíos, esfuerzos y metas cumplidas.

 

¿Cómo se acercaron a la cooperativa?

Llegamos como parte de un equipo más de becarios e investigadores del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL-CONICET). Compartimos esa experiencia inicial junto a María Inés Fernández Álvarez y Cecilia Cross, investigadoras del CONICET con quienes seguimos trabajando en forma articulada pese a que estamos en distintos espacios institucionales. El equipo tenía proyectos con organizaciones de la cooperación suiza y dentro de ese marco se organizó un proyecto de investigación–acción. La idea era construir redes entre experiencias que estuvieran gestionando emprendimientos productivos de tipo asociativo. Así es como llegué a Reciclando Sueños en Isidro Casanova, partido de La Matanza. El proyecto tuvo un año de duración, propusimos talleres de reflexión colectiva a partir de las prácticas de trabajo que desarrollaban dentro de la organización, en lugar de proponer acciones de capacitación tipo curricular, que era lo que en ese momento era más frecuente en la vinculación entre centros de investigación y cooperativas de ese tipo.

 

¿Qué tipo de trabajos realizan los miembros de Reciclando Sueños?

Además de la recolección y la clasificación de materiales, para lo cual desarrollaron una tecnología específica en términos de cómo aprender a hacerlo, procesan algunos tipos de plástico. Para ello obtuvieron un amplio expertise en la fabricación de máquinas y herramientas, primero con elementos que encontraban en las recorridas diarias como una soldadora con transformadores descartados. Luego se animaron a producir artefactos más complejos como prensas o molinos para procesar plásticos y hasta sistemas de lavado-secado. Actualmente, la línea de investigación que estamos trabajando en conjunto con la cooperativa aborda el diseño de sistemas para el procesamiento de materiales que potencialmente podrían reciclarse. Por ejemplo plásticos que pese a ser recuperados por los cartoneros, terminan enterrados en el relleno sanitario por que aún no tienen un mercado consolidado donde ser comercializados.

 

¿Cuáles son estos materiales?

Un ejemplo es el Telgopor, que es el nombre comercial del poliestireno expandido. Es un material que por más que llegue por sistemas de separación domiciliaria a las cooperativas, como prácticamente no tiene valor comercial, se pierde. Dentro de un proyecto del Programa Consejo de la Demanda de Actores Sociales (PROCODAS) del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, y en sociedad con el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), trabajamos desde una perspectiva socio-técnica en el desarrollo de un artefacto para transformar el poliestireno expandido en poliestireno. Es como ‘volverlo para atrás’ e incorporarlo en el procesamiento que elabora la cooperativa con otro tipo de plásticos a través de su molido, lavado y secado. Es un proceso de ensayo-error hasta llegar al prototipo que se va a elaborar y después se va a replicar para el uso en otras cooperativas.

 

¿Qué hacen con el material que procesan en la cooperativa?

El plástico recuperado y acondicionado por el procesamiento se comercializa a microempresas y PyMEs de la zona en la que está ubicada la cooperativa que es un distrito fuertemente industrial. Esta dimensión de desarrollo local es clave desde la perspectiva del diseño de Sistemas Tecnológicos Sociales que trabajamos desde el IESCT. Por ejemplo, uno de los compradores es un pequeño taller que fabrica trofeos deportivos, con ese material se hacen y después se pintan de plateado o dorado. A diferencia de las cooperativas que recolectan materiales en barrios con alta densidad demográfica y que producen residuos de mayor calidad, Reciclando Sueños lo hace en zonas donde hay una menor concentración de población y donde el tipo de residuos que se producen no es equivalente por el tipo y calidad de los materiales. Pueden ser iguales en peso pero, por ejemplo, en el barrio donde se ubica la cooperativa hay más consumo de botellas PET de gaseosas de segunda marca y la cantidad de plástico de ese envase es menor a la de primera marca.

 

¿El grupo ya estaba organizado como una cooperativa?

En la práctica funcionaba como una cooperativa, aunque en realidad no estaban aún formalizados, esta era una decisión tomada a conciencia. Querían construir un colectivo fuerte para después asumir los retos que implica formalizarse. Por eso trabajamos en espacios de reflexión para ver qué problemas iban definiendo y qué tipo de estrategias tomar para abordarlos. Querían formalizarse pero no simplemente en función de recibir fondos porque evaluaban que el proceso tenía que ser más complejo, y nosotros en los talleres trabajábamos a través de la construcción de acuerdos de trabajo y visibilizando tensiones que existen en cualquier espacio colectivo pero que generalmente quedan relegadas porque hay que atender otro tipo de urgencias vinculadas al trabajo cotidiano. Al mismo tiempo y a través de los talleres comenzamos a pensar junto a ellos temas que nosotros tratábamos en proyectos de investigación como las relaciones con organismos del Estado y ONGs en términos de gubernamentalidad, o la contigüidad de las relaciones mercantiles y donativas que se ponían en juego durante la recolección diferenciada con vecinos y comerciantes.

 

¿Cómo sigue el trabajo con la cooperativa después de más de 10 años?

En este momento trabajamos través de metodologías colaborativas en el diseño de los procesos para transformar materiales recuperados porque la cantidad de gente es menor –pasaron de 30 a 10- y ya se establecieron acuerdos y reglamentos de trabajo. El foco está puesto en el desarrollo de tecnologías desde la base, a partir de una práctica experimental que desarrollan como cartoneros. Como sucede con el diseño artefactos y procesos para tratar el poliestireno expandido, se inició en la cooperativa y luego se integraron los ingenieros del INTI como parte de la Coordinación para la Asistencia Territorial en Residuos Sólidos Urbanos. Son experiencias que tienen que ver con la capacidad creativa y de experimentación y nuestra idea es potenciar eso.

 

¿Por qué considera que es importante potenciarlas?

Esa creatividad no está reconocida monetariamente ni socialmente, y por lo tanto si sos cartonero es muy difícil implementar acciones de innovación tecnológica porque carecés de los capitales sociales que te permiten acreditar esos saberes. Lo importante es el reconocimiento del trabajo que vienen haciendo y su reestructuración en los últimos años de una forma más profesional. Además, en todos estos años hemos desarrollado conocimiento en lo que hace a la contextualización e historización del trabajo cartonero en el marco más amplio del sistema de gestión de residuos que funciona en el área metropolitana. Esto se ha traducido en potenciar las capacidades de formación desarrollada por la gente de la cooperativa y nosotros, no solo en relación a otras cooperativas de cartoneros sino también en escuelas, gobiernos locales e incluso empresas.

 

¿Tienen vínculos con esos actores actualmente?

Tenemos un proyecto viabilizado por un servicio tecnológico de alto nivel (STAN) con una empresa que elabora productos de limpieza para el hogar localizada en La Matanza. La cooperativa presta el servicio de recolección diferenciada de sus residuos reciclables a partir de una logística acordada y la empresa paga por ello. El proyecto tiene cuatro líneas de acción, la primera es el proceso de construcción de la cooperativa como proveedor de la empresa: las normativas fiscales y legales para darse de alta como tal. Esto implica articular con el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS) de la provincia de Buenos Aires que regula la cuestión medioambiental operatoria de fábricas y empresas. El OPDS dictó resoluciones que tratan de promover la articulación entre los grandes generadores como supermercados o industrias con cooperativas de recuperadores urbanos para la gestión responsable de sus residuos. El segundo componente es la capacitación que brindamos desde equipos mixtos de investigadores e integrantes de la cooperativa a operarios y empleados administrativos de la empresa para hacer una gestión de residuos basada en reciclaje inclusivo. El tercer punto propone ampliar la propuesta a la comunidad donde se inserta la fábrica: integramos escuelas de la zona para la realización de separación en origen y aprovechamos la logística que construimos para hacer la recolección diferenciada. Además capacitamos a los docentes sobre reciclaje inclusivo para que luego lo desarrollen en su currícula. El último componente es la experimentación con tecnologías para el procesamiento de materiales que hoy en día la fábrica produce como scrap (chatarra) y que no se integraron en circuitos de reciclaje aún.

 

¿Existen prejuicios en la sociedad con respecto a los cartoneros?

Creo que al inicio de su irrupción en la agenda pública post 2001 se los consideró en el peor de los casos desde el prejuicio al ‘otro’ como un pobre o marginalizado del conurbano que ‘invadía’ la Capital. Otras versiones más progresistas lo pensaban como un mero efecto de la crisis, individuos atomizados que encarnaban los efectos de la política de ajuste estructural. En ambos casos era una definición por la negativa y en tal sentido, muy teñida por supuestos y prejuicios. Afortunadamente después empezamos a elaborar otras lecturas que tenían que ver con resituar el lugar que tenían los cartoneros dentro de las tramas sociales y los territorios en los que trabajan. Un aporte sustantivo que hicieron y que no ha sido reconocido es que rompieron con nuestro sentido común acerca de la relación que la mayoría de los habitantes de está enorme metrópolis tenemos con los residuos que es una relación que ha sido modelada por una representación fetichizada en la que naturalizamos el hecho de la degradación de las cosas descartadas como ‘basura’. Tiramos la bolsa en el contenedor o la sacamos a la puerta y al cabo de unas horas ‘desaparece’.

 

¿De qué manera la figura de los cartoneros cambio nuestra relación con la basura?

Su aparición hizo que socialmente tomemos conciencia de la importancia de pensar en qué pasa con los residuos que generamos y quiénes son los que trabajan para que los casi 14 millones de kilos diarios de residuos que generamos en el área metropolitana transiten y sean gestionados responsable o irresponsablemente. Esto no existía como problemática, parecía que la basura tuviera por si misma la propiedad de desaparecer. La gestión de residuos que tenemos actualmente fue elaborada en la dictadura militar con alta participación de empresas privadas, es un sistema que empezó a funcionar por la noche y se hizo cada vez menos visible. Sacabas la basura a la puerta de tu casa y a la mañana ya no estaba. Te acostumbrabas a que era así y pasaron los años y fue sedimentando en un sentido común que hizo que nos olvidáramos de que pasaba con los residuos, por eso el sistema está hoy colapsado. Los cartoneros evidenciaron la enorme cantidad de trabajo humano necesario para que las cosas se descarten y degraden o mejor aún puedan reutilizarse o reciclarse. Es un problema muy serio y los que hicieron que ese tema socialmente entrara en agenda fueron los cartoneros como un efecto de su práctica. Es una contribución sustantiva que aún no ha sido debidamente reconocida.

 

 

Sebastián Carenzo es Doctor en Antropología por la Universidad de Buenos Aires, y actualmente se desempeña como profesor en la Universidad Nacional de Quilmes.
Parte de su producción en la temática puede consultarse en: https://unq.academia.edu/SebastianCarenzo

Por Cecilia Leone.