IDACOR   23984
INSTITUTO DE ANTROPOLOGIA DE CORDOBA
Unidad Ejecutora - UE
congresos y reuniones científicas
Título:
Rodolfo Aráoz Alfaro: una memoria criolla en el norte cordobés
Autor/es:
AGÜERO, ANA CLARISA
Lugar:
Buenos Aires
Reunión:
Jornada; VIII Jornadas de Historia de las Izquierdas del CeDInCI. Marxismos latinoamericanos. Tradiciones, debates y nuevas perspectivas desde la historia cultural e intelectual; 2015
Institución organizadora:
CeDInCI /UNSAM
Resumen:
Lo que quisiera considerar en esta presentación es una arista muy precisa de la figura de Rodolfo Aráoz Alfaro (1901-1968); arista que podría parecer irrelevante si no condicionara muchas de las formas de pensar y enfrentar el mundo de este "comunista aristocrático", según la extendida apreciación contemporánea que recoge Horacio Tarcus en su Diccionario. Se trata menos del origen de Aráoz Alfaro, de su participación en un antiguo linaje tucumano, que del modo en que ese origen gravita agudamente en ciertas prácticas, ciertas disposiciones e ideas, y aun en su regular invocación de un molde y un medio criollos, desde luego de elite: el reclamo instintivo de una dignidad estamental que sobrevive a toda tragedia y todo desplazamiento clasista (y que, sin duda, puede periódicamente reforzarse por el añadido de otras formas de distinción, entre ellas las intermitentemente provistas por la pertenencia al PC, del orden de "no somos presos comunes, somos presos políticos" o "duerme en casa Pablo Neruda"). En lo fundamental, la exploración se centra en El recuerdo y las cárceles, sus "Memorias amables" publicadas en 1967. Allí, en esa reconstrucción final desde "el Kremlin" de Totoral, la vida entre Tucumán y Buenos Aires -legado cosmopolita de su padre Gregorio-, las vacaciones en Tafí del Valle, la casa de la Villa o las excursiones por Ongamira son, más allá de su encanto anecdotario, piezas significativas de la composición y recomposición de un mundo social y personal marcado por el factor criollo. Así, si "El recuerdo" se inicia invocando a Proust (que acaso anuncia los varios pasajes de sello francés en torno a una juventud desahogada y algo snob), las memorias en su conjunto obligan a atender más seriamente el cierre, en que un Aráoz Alfaro inconmovible en su amor propio pero también consciente de algunos de sus pecados anota: "pienso que quizás lo único que me salve del juicio de mis amigos y adversarios sea poder decir, como mi pariente gaucho Aráoz de La Madrid, cuando al día siguiente del Combate del Tala, dado por muerto, cubierto de heridas [...] se levantó, ciego, y dijo: "Carajo, no me rindo!". Es probable que en este último llamado a una Argentina criolla que era en parte memoria de familia, Aráoz no advirtiera que -junto a la resistencia proverbial de su antepasado unitario- se subrayaba el núcleo duro de su propio exclusivismo y sus privilegios ciertos, señalados sin reparos en episodios carcelarios y no. No es, sin embargo, sobre ese límite bastante evidente que quisiera detenerme, sino sobre el modo en que lo alimentaron los mismos pueblos y parajes en que en parte reconoce -mientras tienta con abierta sorpresa un proceso a su deriva izquierdista- haber descubierto y experimentado la crueldad, la injusticia y el amor.
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