18/11/2015 | DETRÁS DE ESCENA DE LA CIENCIA
Laura Simón y el arte de ilustrar papers científicos
Es una artista inmiscuida en las ciencias duras. Se desempeña como técnica en el IBONE en Corrientes desde 1991.

En Corrientes hay un río, una costanera y un predio universitario ubicado al lado de la costanera que mira al río con cinco edificios que conforman el Instituto de Botánica del Nordeste (IBONE-CONICET). Allí conviven biólogos e ingenieros agrónomos: el instituto abarca un amplio abanico de cuestiones referidas a forrajes, botánica, bioetanol de semillas, maní, yerba mate. En el lugar trabajan 150 personas: sesenta investigadores, sesenta becarios, treinta CPA y administrativos. Hay, también, un herbario -el tercero del mundo por la cantidad y calidad de ejemplares que colecciona-, una biblioteca enorme –la tercera más importante del país en materia de botánica, con libros que datan desde el 1600-1700-, y detrás de esa biblioteca enorme, en un rincón refugiado del ruido y el ajetreo cotidiano, la vemos a Laura Simón. Licenciada en Artes Visuales, se desempeña como Ilustradora Científica como parte de la Carrera del Personal de Apoyo (CPA) del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) desde 1991, conviviendo con científicos para dibujar con precisión, pasión y técnica lo que ellos investigan.

-El dibujo a mí me salvo la vida – dice Laura, una artista inmiscuida entre las ciencias duras, desde el cubículo que la acoge en el IBONE.

Laura dibuja desde que tenía cinco años. Siempre lo tomó como una vía de escape, una manera de canalizar sus inquietudes. Cuando tenía 18 años quería estudiar Bellas Artes, pero su padre –letrista- le sugirió ir por la vía de la Arquitectura. Recién cuando estaba por la mitad de la carrera pudo reafirmar su vocación: abandonó su primera carrera y emprendió el profesorado en Artes Plásticas. Por aquel entonces tuvo su primer acercamiento con la ilustración científica. “Conocí una docente que me enseñó a mirar por debajo de la lupa y fui templando el pulso para esta profesión, además de la personalidad… porque es necesario ser muy tranquilo para dedicarse a esto”.

Laura dice que no eligió ser ilustradora científica: que lo aprendió haciéndolo. El primer día que se presentó al IBONE tenía 22 años. Se sentó en el microscopio y miró una planta: “Ese día descubrí un mundo nuevo, un mundo que no se le revela al común de la gente. A partir de ahí formé parte de ese mundo, de estructuras nuevas, formas y colores”. Hoy trabaja ocho horas diarias dibujando en láminas los ejemplares del herbario que está adentro del IBONE.

 

Plantas con historia

El herbario es así: decenas de armarios de chapa gris unidos a través de rieles –como las vías de un tren- cerrados con llave. Adentro de los armarios, infinidad de carpetitas rosa que adentro tienen “ejemplares”: plantas secas y pegadas a hojas de papel en blanco. Guillermo Seijo, el director del IBONE e investigador especializado en maní, explica que las especies están ordenados alfabéticamente y por familia genética. En el lugar hay olor a plantas secas. La temperatura en Corrientes es calurosa, pero adentro del herbario es otra cosa: hacen solo 21 grados y una humedad de 44 por ciento. “El ambiente está estrictamente climatizado”, explica Seijó, y los tres becarios que trabajan adentro del lugar, subiendo la información que allí contienen al “Sistema Digital de Datos Biológicos” –es decir, digitalizando el herbario- agradecen: es el único lugar de las inmediaciones que se salva del calor agobiante.

“Este herbario no tiene solo especies argentinas, sino de Latinoamérica y el mundo, con ejemplares documentados desde 1880 –dice Seijó-. Tiene muchas utilidades: sirve para ver cómo va desapareciendo la biota (la frontera agrícola ganadera que se expande hacia el Norte), permite ver qué áreas están disponibles para hacer parques nacionales, por ejemplo, y te permite conocer la biodiversidad y la diversidad genética, para responder a futuros cambios”.

El lugar se llama Antonio Krapovickas, en honor a quien creó el instituto. “Fue de los taxónomos más importantes, conocido internacionalmente por su sapiencia y su aporte a la ciencia”, expresa Laura.

 

La senda de un dibujo

La mesa de trabajo de Laura está ubicada al lado de la ventana del lugar. En el centro, hay un tablero de madera inclinado. Y una lámpara focalizada en el tablero. Al costado el mate. Del otro lado, varios lápices dentro de un frasco, tinta china, plumines que descansan sobre un papel de rollo de cocina, y una regla. La radio prendida.

A ese lugar llegan los botánicos del instituto, que en primera instancia le indican qué es lo que quiere resaltar del ejemplar que necesita ilustrado –pueden ser desde grandes flores hasta plantas con detalles diminutos-. Entonces, Laura calca la planta con un estilógrafo, prestando especial atención a los detalles. Después disecciona la planta, diferenciando la flor del fruto y la semilla. Luego, apoyándose en la lupa binocular con cámara clara –su herramienta de trabajo más importante, dice ella, además de su propia mano-, logra ampliar la pieza hasta cuarenta veces. Una vez hecho, pule con lápiz el dibujo que haya creado, y el último paso es pasarlo a tinta: lo trabajará con un plumón y tinta china, “un método tradicional ancestral –explica-, que desde el siglo XVIII se usa para trabajar una línea modulada y punteada en un dibujo”. Así es el proceso de confección de una ilustración científica.

Esta disciplina, derivada del dibujo, surgió de un modo incierto: Laura dice que probablemente exista desde el siglo I, cuando las plantas medicinales comenzaron a ser ilustradas en tratados. “Es una disciplina todavía poco difundida, sólo comprendida por aquellos estudiosos de las ciencias biológicas”. Laura se anima a decir que no debe haber más de treinta personas que lo hagan en todo el país. ¿Si la fotografía podría reemplazarlos? No hasta el momento: la ilustración científica trabaja a una profundidad a la que no llega el soporte fotográfico.

Por eso mismo, la mayoría de los ilustradores científicos como ella sufren problemas en la visión: es un trabajo tan fino, delicado y manual. La vista es el sentido que primero se les deteriora. “El mayor grado de dificultad –asegura Laura- está en las plantas pequeñas: las que tienen detalles mínimos para dibujar”.

Su rutina diaria incluye interactuar con pasantes, becarios e investigadores, que le piden dibujos para sus tesis y trabajos. Laura pertenece, específicamente, al área de taxonomía vegetal, que tiene cinco líneas de trabajo: citogenética, anatomía, biología, genética y fisiología vegetal.

En el mundo de la botánica hay un lema: “Una buena ilustración vale más que una buena descripción”. ¿Cuáles son las cualidades que debe tener un ilustrador científico? Dice Laura: “una línea casi perfecta, poder transmitir caracteres que se resalten, un sombreado que haga despegar las formas, poder darle volumen a los elementos, y por último darle a la lámina una impronta particular, el estilo propio”.

Ella sabe mucho de eso: sin ir más lejos, en 2005 esta artista tuvo una sorpresa: una ilustración suya saltó, de su oficina en el IBONE, a la tapa de “Systematic Botany” -revista científica estadounidense especializada en botánica-. Era un dibujo de unas especies de Brasil, Bolivia y Perú que los revisores de la revista caracterizaron como “soberbia”.

Claro que cuando llega a su casa, Laura se permite conectarse con un trazo más suelto, aún más artístico. Le gusta pintar cuadros de arte figurativo, rostros y figuras humanas: nada que ver con las plantas que dibuja en su trabajo. Además, forma parte de un colectivo artístico correntino, llamado Ñande Kuarajhy –que significa “nuestro sol” en guaraní-, con el que realiza instalaciones artísticas con materiales de la región. Lo que se dice, una artista completa.

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Por Cintia Kemelmajer