10/04/2016 | 10 de abril - Día del Investigador Científico
La vocación de ser científico: esa chispa que no se apaga nunca
Radiografía de Roberto Williams: 40 años de carrera de investigación en el CONICET, fundador del INTEMA e Investigador de la Nación 2011.
Roberto Williams en su oficina en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Foto: CCT Mar del Plata.
Roberto Williams en su oficina en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Foto: CCT Mar del Plata.

Cuando a los 16 años empezó la carrera de Química en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Roberto Williams no imaginó que la vida y su perseverancia lo llevarían a los caminos que transitó: es ideador y fundador de uno de los Institutos de ciencia de los materiales más importantes del país y el mundo, el Instituto de Investigaciones en Ciencia y Tecnología de Materiales (INTEMA, CONICET-UNMDP), ganador de diversas distinciones como el Premio Investigador de la Nación 2011, el Premio Konex de Platino y el Premio Bunge y Born y es flamante abuelo de su octavo nieto.

“Fue un paso a paso, diría Mostaza Merlo. Mi carrera se fue haciendo a medida que me apasionaba”, reflexiona. Roberto es platense, tiene 69 años y llegó a Mar del Plata a fines de 1975. Ingresó al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en noviembre de 1977 y desde 1995 es investigador superior, la máxima categoría que se puede lograr en el organismo. Hoy está esperando los papeles de la jubilación pero piensa continuar siendo parte del mundo de la ciencia.

“Soy alguien que vino a Mar del Plata, con la intención de hacer algo en ciencia y se divirtió haciéndolo en estos 40 años. En fin, pude hacer lo que quise, en un lugar donde había poquito y me dejaron el campo abierto para hacer”, cuenta. Y uno podría decir que hizo mucho.

Fue el primer secretario de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP), miembro del directorio del CONICET y de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Publicó más de 200 artículos en revistas especializadas y capítulos de libros y enciclopedias.

 

¿Cuándo nacen las ganas de dedicarse a la ciencia?

A meses de recibirme, tenía una oferta para trabajar en la industria de petroquímicos por un sueldo entre 10 y 15 veces mayor que una beca de CONICET. Y yo opté por la beca porque quería ver qué era eso de la investigación y qué se podía hacer desde ahí. Ya había hecho algo como alumno y me había cautivado. Nunca pensé en ganar plata en la industria.

 

Sin embargo, hoy y hace años se dedica a promover la transferencia de la ciencia a la industria.

Si, totalmente. Desde el vamos. Porque cuando dimos forma al INTEMA, una de las primeras columnas fue que tenga transferencia a empresas. Ahora es fácil decirlo pero en ese momento, hace más de 30 años, era mal visto en la universidad. Te preguntaban por qué el dinero público tenía que invertirse para favorecer a las empresas. Nosotros abrimos camino para que se pueda hacer transferencia. Hoy consideramos que la gran deuda a futuro es la creación de empresas de base tecnológica.

 

A Roberto le gusta el deporte: mirar fútbol, principalmente a Estudiantes de La Plata, y jugar a paleta pelota. Es un ferviente lector de todo tipo de literatura. Hoy en su mesita de luz esta ‘El chino’ de Henning Mankell, y le fascina compartir tiempo con sus nietos. Lo inspiran personas como Margarita Barrientos, “gente común que da lo que no tiene por el otro”, afirma.

 

¿Qué significa cuando venís a la Facultad, cuando vas al nuevo edificio del INTEMA y recordás que fueron cinco personas al empezar y hoy son más de 200?

Es impresionante lo que ha crecido. Es algo que ni soñábamos en su momento pero, por suerte, pusimos algunos ejes cuando empezamos: calidad en todo lo que hacíamos, formación y ahí creamos, primero un magister y después el doctorado; y por último, la transferencia a empresas. Y los tres ejes se mantuvieron siempre fuertes.

 

¿Cual sería uno de los momentos más emocionantes de tu carrera?

Lo que recuerdo con mucho cariño son los primeros trabajos que hicimos acá, sin nada y sacamos cosas importantes. No teníamos instrumentos para medir y tuvimos que armar con alambre, un tubito de vidrio y una termocupla lo que hoy se conoce como un Calorímetro Diferencial Dinámico. De todo ese trabajo salió una publicación importante en una revista internacional. Y nos divertíamos haciéndolo.

 

Su aporte al mundo de la ciencia se relaciona con los polímeros entrecruzados o termorrígidos: “Por ejemplo: las resinas fenólicas, epoxis. Son las cosas que hemos desarrollado desde hace 40 años, trabajando en materiales novedosos, en cómo aumentar sus propiedades y hacerlos más útiles, inteligentes y productivos para la vida actual”, explica.

El máximo reconocimiento que obtuvo a nivel profesional fue la Distinción como Investigador de la Nación 2011. Pero él rememora con mucho afecto el primer premio que recibió en su carrera a principios de los años 80, otorgado por la Asociación Química Argentina. “El único medio que sacó la noticia en un pequeño recuadro fue el Diario El Atlántico y el titulo fue ‘Químico de Mardel recibe un premio’. Para mí fue increíble”, recuerda.

Para Williams, hay una sola forma de saber si alguien tiene vocación de ser investigador: “Si entrás a trabajar a las 9 y salís a las 17 y después de esa hora te vas sin problemas y retomás tu trabajo al otro día cuando ingresás, no sos investigador”. Y sonríe: “Cuando tenés el bicho de la investigación te tortura todo el tiempo, no tiene principio ni fin. Te despertás a la noche, estás en el cumpleaños de tu tío y se te ocurre otra forma de hacer la ecuación, te estas afeitando y se te aclara una idea. Y esa es la esencia, por ahí pasa la diversión. Eso es ser investigador para mí”, agrega.

Hay un fuego, una chispa que se ve en los ojos de las personas que aman lo que hacen. Y, como diría Eduardo Galeano, Roberto Williams es un fuego loco, de esos que llenan el aire de chispa y que basta acercarse para encenderse.

Por Sabrina Aguilera. CCT Mar del Plata.