06/05/2013 | CULTURA Y DEPORTE
Y en el origen estaba el fútbol
Dos investigadores del CONICET analizan cómo algunos imaginarios culturales vinculados al deporte más popular de la Argentina participan en la formación de identidades locales.

(Para leer la nota en inglés, haga click aquí)

Los de abajo la mueven, la pisan, tiran caños y tacos. Los de arriba en cambio son más rústicos, juegan un fútbol duro, fuerte y trabado. Las concepciones responden a construcciones sociales de antaño, pero que en el departamento jujeño de Valle Grande cobran fuerza durante los 90 minutos que dura el partido.

Para Federico Fernández, becario posdoctoral del CONICET en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy, el campeonato que año a año se juega en la localidad funciona como un espacio ritualizado de tres días. Allí, diferentes grupos de la población se autodefinen desde un relato histórico con características socioculturales, e inclusive físicas, particulares pero diferentes en relación al otro, según habiten en la zona alta o en la zona baja del departamento.

Valle Grande se encuentra ubicado en la porción oriental de la provincia de Jujuy. Es una localidad de unas dos mil personas, aislada por los cerros y de difícil acceso. Abarca hacia al norte sectores de alta montaña o Puna y de selvas o Yungas hacia el sur. A finales del siglo XIX y principios del XX se fueron concentrando en la región los ingenios azucareros y las poblaciones nativas fueron su mano de obra.

“En los relatos de los capataces y peones de los ingenios aparece esta idea que los pobladores del norte, de la zona alta, tienen mayor resistencia y fortaleza física para el trabajo, son más callados y sumisos y se les paga menos. Esa narrativa sobre los cuerpos es trasladada también al fútbol. Su juego es rudo y el trato con la pelota es rústico: los pases son largos y poco precisos”, comenta Fernández.

En contraposición, los jugadores de la zona selvática son descriptos como chaguancos, término despectivo asociado a lo salvaje, pero también a características físicas vinculadas a la habilidad y a la destreza. Se jactan de tener un fútbol más vistoso, de pases cortos y efectivos.

El investigador grabó cada uno de los partidos disputados durante el campeonato y contó la cantidad de pases de pelota de los equipos teniendo en cuenta su procedencia, los de arriba y los de abajo. Los resultados fueron inversos a lo esperado: los habitantes de la región selvática daban menos pases entre ellos y fallaban su destino en más oportunidades que los equipos del alto.

En el día a día, durante la actividad cotidiana, los dos sectores están conectados por la actividad ganadera y en muchos casos por lazos familiares. Pero durante el campeonato existe esa separación. “El relato es más fuerte que el juego mismo. Los de la montaña cargan el estilo de juego de la montaña y eso, sea cierto o no, es inamovible porque forma parte del proceso de construcción de su identidad”, explica.

Para Fernández esta forma de concebir el deporte es la antítesis del fútbol espectáculo. No cobran entrada, no hay alambrados, no hay transmisiones. “El juego aquí es una excusa para un encuentro y un desencuentro. Es una especie de carnaval donde una vez al año llegan los parientes que están afuera del Departamento y el juego funciona como catalizador. Hay tensiones, conflictos entre familias, historias de amor pendientes y relatos identitarios que vuelven al pueblo en esos tres días de campeonato”, analiza.

 

Mar del Plata: Ser o no ser

Gastón Gil, investigador adjunto del CONICET en la Universidad Nacional de Mar del Plata, estudia en una sociedad diferente el mismo fenómeno: cómo se configura la identidad de un pueblo en torno al fútbol.

En 1967, con la creación de los campeonatos nacionales, los conjuntos del interior tuvieron la oportunidad de enfrentarse y competir contra los llamados “equipos grandes”. En Mar del Plata fueron cinco los que en diferentes años clasificaron para jugar en el nacional: Aldosivi, Alvarado, Kimberley, San Lorenzo y Círculo Deportivo. De todos, solo dos “atravesaron una etapa de gran fortalecimiento identitario, que les permitió polarizar de manera excluyente la pasión futbolera de la ciudad”, explica Gil.

Aldosivi y Alvarado fueron construyendo su identidad y luego la rivalidad entre ellos en vinculación a los diferentes momentos histórico-sociales que a lo largo del tiempo atravesó Mar del Plata. A principios de la década del ‘90 acapararon de tal forma el escenario futbolístico marplatense que la rivalidad fue entendida como natural y universal por los simpatizantes de ambas escuadras.

“Durante el inicio de esta década lograron expresar unos imaginarios urbanos en los que un club se definió como marginal desde lo geográfico – Aldosivi – y el otro como marginal desde lo social – Alvarado – frente al resto de la ciudad. Si Aldosivi se transformó en la metáfora de un sector históricamente apartado de las nominaciones legítimas de ’lo marplatense‘, Alvarado consolidó su posición de marginalidad de clase”, explica el investigador.

El club Aldosivi está ubicado en las cercanías del puerto, al sur de la ciudad. “Mar del Plata es una ciudad construida en torno a un imaginario turístico. El proceso industrial y pesquero es el que fracasa y queda relegado por el proyecto de una ciudad balnearia. Los trabajadores del puerto, asociados con los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX, fueron progresivamente expulsados del centro. Así, el primer rival de Aldosivi fue la propia ciudad”, comenta el investigador.

Por otra parte, para el hincha de Alvarado la pertenencia no está dada por la ubicación geográfica sino por una construcción desde lo social y económico. “Las rivalidades futbolísticas interbarriales e intraciudad suelen presentar un componente de clase muy marcado. Es decir, en el imaginario, los clubes se asocian a clases sociales determinadas que presentan los enfrentamientos sobre la base de la oposición ricos vs. pobres”, concluye.

 

  • Por Alejandro Cannizzaro
  • Sobre investigación
  • Federico Fernández. Becario posdoctoral. UNJU.
  • Gastón Gil. Investigador adjunto. UNMDP.