CIENCIAS BIOLÓGICAS Y DE LA SALUD

El dolor: una visión psicológica y cultural

Un investigador explica el rol que juegan estos aspectos a la hora de hablar de algo tan subjetivo como lo es aquello que duele.


Marcelo Villar, investigador principal del CONICET. Foto: gentileza investigador.

Marcelo Villar es investigador principal del Consejo en la Universidad Austral de Buenos Aires y cuenta que cuando era estudiante de doctorado y daba sus primeros pasos en la investigación solía conversar con un colega, un viejo psiquiatra llamado Guillermo Vidal, quien en una de sus charlas le comentó que cuando se recibió iba por el hospital Braulio Moyano – hospicio neuropsiquiátrico de mujeres – recetando haloperidol (droga antipsicótica) a diestra y siniestra a las pacientes, y ellas mejoraban.

Un día se le ocurrió administrar la misma droga pero con un plus: saludaba a las mujeres y hasta les profería una palmadita afectuosa en la espalda. Con esta técnica notó que las pacientes mejoraban aún más rápido, a la vez que las dosis de antidepresivos podían ser reducidas. Esta experiencia llevó a Vidal a escribir un trabajo –que se desconoce si fue publicado- cuyo título hacía honor a esta experiencia. Se llamó La farmacología de la palabra.

Siguiendo esta línea, Villar asegura que hay componentes personales que hacen que cada individuo viva el dolor físico a su manera, y que esa característica subjetiva está condicionada por la historia de la persona, por sus valores y muchas veces por sus creencias. Por ello la emocionalidad, la cognición y la afectividad son factores que deben estudiarse para entender de modo acabado el proceso de una experiencia dolorosa. La cuestión cultural también es muy importante: por ejemplo basta pensar en las frecuentes quejas actuales sobre el dolor de espalda, en comparación con la resistencia al dolor que se mostraba en la antigüedad en las guerras cuerpo a cuerpo. “Hay magníficos fragmentos de la Illiada, donde con precisión anatómica se describen las lesiones y no se expresa ningún vestigio de sufrimiento o agonía”, dice el investigador.

Esto quiere decir que no a todos les duele lo mismo, ni de la misma manera. Hay personas que sienten dolores que se desprenden de lesiones específicas y otras que lo sienten aunque no tengan un problema físico evidente o detectable. “Algunos estudios demuestran que el 65 por ciento de los soldados lesionados seriamente en campo de batalla y el 20 por ciento de la población que pasó por una cirugía manifiestan que sintieron poco o ningún dolor luego de la intervención. En contraste, el 70 por ciento de las personas que manifiestan dolor lumbar carecen de una lesión evidente. ¿Qué dicen estas estadísticas sobre las manifestaciones dolorosas? : “Grafican que la relación entre el dolor y el daño físico es muy variable y compleja”, asegura Villar.

La pregunta que se desprende casi obligatoriamente de este planteo es: ¿Qué factores participan del fenómeno doloroso para hacerlo tan inasible? La respuesta aún encierra cierto misterio.

 

La experiencia en busca de una definición y un contexto histórico

La palabra “dolor” deriva del vocablo latín dolores y está relacionado con el vocablo “poena” que significa pena o castigo. Pero el camino hacia una definición aceptable lo inició Sir Charles Sherrington, uno de los grandes fisiólogos del siglo XX, quién entendía el dolor como un mecanismo de protección del individuo y sugería que era una función neural en la que la toma de conciencia de su existencia debía separarse del procesamiento neural de la propia información sobre el dolor. En otro esfuerzo conceptual, la Asociación Internacional para el Estudio de Dolor lo definió como “una experiencia sensorial y emocional displacentera asociada a un daño tisular real o potencial”. Lo cierto es que el dolor cumple una función adaptativa importante y es esencial para sobrevivir.

Villar explica que hay numerosos estudios antropológicos y psicológicos que demuestran que el dolor no es sólo la relación que existe entre la persona y una lesión concreta, sino más bien el resultado de experiencias previas, así como de la capacidad para comprender las consecuencias de una lesión más allá del dolor mismo. De hecho, existen culturas que incluyen ceremonias en las que se clavan ganchos de metal en la espalda a un miembro de la comunidad como parte de una celebración. Lo curioso – dice Villar– es que las personas que participan del rito no muestran señales de dolor, sino por el contrario, se encuentran en cierto estado de éxtasis. Hay muchos reportes que relatan experiencias similares en las que se realizan operaciones sin anestesia, por ejemplo.

En la antigüedad los médicos estaban abocados a salvar a las personas de la muerte, pero nada se decía de menguar las dolencias. En 1847 fue la primera vez que un cirujano usó el éter como anestésico pero generó serias controversias cuando sustancias similares quisieron ser usadas en un parto: los calvinistas, por ejemplo, sostenían que “cuando Dios echó a Adán y Eva del paraíso dispuso que la mujer debía parir con dolor”, razón con la que se oponían a su uso. Más tarde, en Viena, Carl Koller descubrió los analgésicos de acción local y llegó a usar incluso cocaína con los mismos fines.

“Hay estudios que demuestran que aquellos pacientes que creen poder controlar su dolor la llevan mejor que los que no lo creen. Es decir, cuando la actitud mental de un paciente es positiva se da la situación de mayor tolerancia”, destaca.

Por Jimena Naser.