05/10/2012 | CICLO DE ENTREVISTAS CONICET
“El cuarteto y la música electrónica son dos mundos que no se tocan mucho”
¿Cómo se estudia la cultura de la noche? ¿Qué determina pertenecer a un mundo u otro? Un investigador analiza las identidades juveniles que se construyen al son del cuarteto y la música electrónica

Gustavo Blázquez, antropólogo e investigador adjunto del CONICET en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, estudia los consumos culturales de los adolescentes de esa provincia. Durante la última década analizó las relaciones entre juventud, música y baile en dos mundos antagónicos: el del cuarteto y el de la música electrónica.

¿Cómo llegó a este tema de investigación?

La antropología tiene esa capacidad de volver exótico lo familiar. Yo empecé a trabajar con la movida cuartetera para ver cómo ese baile implica una serie de aprendizajes y configuraciones acerca de lo que es ser varones y mujeres heterosexuales. Terminado ese capítulo, me interesó ver el otro lado en términos de clases sociales, que en Córdoba sería la música electrónica. Digamos que en tanto el cuarteto sería de los ‘negros’, lo otro es de los ‘chetos’.

Usted estudia dos culturas que coexisten en Córdoba, ¿cómo interactúan?

El cuarteto y la música electrónica son dos mundos que no se tocan mucho. Conviven espacialmente en la ciudad, pero no se relacionan socialmente. La proximidad física no hace que el otro sea un conocido sino que aparece más bien como alguien demonizado. Para los cuarteteros todo lo que no hay que hacer es ser ‘cheto’, porque puede significar ser homosexual. Y para los electrónicos no hay que ser ‘negro’.

¿Qué busca conocer acerca de esos mundos?

No tengo de antemano mi pregunta, sino que se construye en y durante la investigación, porque lo que estudio es aquello que es significativo para las personas de ese mundo. Por ejemplo, para los cuarteteros lo más importante eran las preguntas relacionadas con el erotismo en el baile, porque la práctica está organizada para eso.

¿Y en el caso de la música electrónica?

Es distinto porque los sujetos no van de levante al boliche. En ese entorno ser cool significa tener muchos amigos, estar en muchos lugares y hacerse ver. Entonces me importaba ver cómo construyen los lazos y qué significa eso para ellos en el contexto de la noche y las fiestas electrónicas. Estudiar este tema no era lo que tenía pensado inicialmente pero encontré que eso era lo más significativo para ellos.

¿Cómo logró acercarse a los lugares bailables de uno y otro grupo?

En el caso de la música electrónica, pasó que yo más o menos formaba parte de ese entorno porque iba a las fiestas y conocía a los DJs. Con los cuarteteros fue distinto porque nunca había ido a un baile ni era un consumidor de la música. Para mí ese mundo era un otro desconocido a pesar de que estaba a cuadras de mi casa.

¿Cuál fue la mecánica de trabajo para estudiar el ámbito dance?

Hacer una etnografía siempre implica un trabajo de campo, y eso a su vez presupone la observación participante. En este caso el método fue ir al baile, compartir la noche con los sujetos. Fui elaborando distintas estrategias, incluso llegué a organizar algunos festivales y a hacer relaciones públicas en un boliche. Obviamente durante la noche no podía hacer una entrevista, pero allí obtenía los contactos para después tener encuentros puntuales en la semana.

¿Fue difícil mantener la distancia etnográfica?

No creo que la proximidad sea un problema, debemos permitirnos experimentar en el campo. Claro que sí genera cuestiones éticas distintas a las que se dan cuando uno no pertenece a ese mundo que estudia. Esta investigación fue un poco más allá de una observación participante y se transformó en una participación observada. Estuve ahí no como el antropólogo que observa sino como el antropólogo que está participando.

¿Qué cuestiones lo han sorprendido en mayor medida desde que comenzó a investigar en esta temática?

Por un lado la capacidad de trabajo y de autogestión de esos jóvenes, realmente ponen el cuerpo en la producción de los eventos. A diferencia del cuarteto, la electrónica no está hecha por mayores para jóvenes, los empresarios son chicos de 22 o 25 años. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la distancia abismal entre la opinión que tienen los adultos o la prensa acerca de los adolescentes, de lo que hacen y piensan. Tienen una serie de preconceptos que finalmente sirven para la construcción de estereotipos.

¿Como cuáles?

Uno sería el que dice que a los clubes de música electrónica sólo van ‘chetos’. Yo entrevisté a personas que provenían de pequeños pueblos rurales del interior de Córdoba, que no calificarían como ‘chetos’. También es fuerte la idea de que cada uno está en su mundo aislado o que todos se mueven de cualquier manera. Eso no es así, todo movimiento tiene un tipo de orden, hay estilos, pasos de moda, coreografías.

¿Qué aportes considera que puede hacer su trabajo?

Por un lado, poner el foco sobre cuestiones que aparecen como naturales cuando no lo son, como la heterosexualidad, el consumo alcohólico, los modos de danzar o de hacerse amigos. Y a partir de eso entender y conocer qué sentido tienen esas prácticas para los jóvenes. Por el otro, creo que el trabajo con la electrónica muestra que no son sólo consumidores sino que también son productores y trabajadores. Creo que esto podría servir diseñar políticas públicas realmente interesadas en los sujetos.

  • Por Lucila Espósito
  • Sobre investigación
  • Gustavo Blázquez. Investigador adjunto. Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC.