26/04/2016 | ENTRE PARÉNTESIS
El biólogo que asesora en materia científica a autores consagrados de la literatura
Desde hace años que Luis Cappozzo, investigador del CONICET y fanático de los libros, ayuda a sus amigos escritores a darle criterio científico a la ficción que construyen.

En la biblioteca de la casa del Dr. en Biología Luis Cappozzo casi todos los libros están dedicados por sus autores. No con un “para Luis, afectuosamente”: la mayoría agradece especialmente su contribución. Los firman autores consagrados de la literatura argentina como Pablo de Santis, Guillermo Martinez, Samanta Schweblin, Paula Bombara e Inés Garland. ¿Qué aportes puede hacer a un libro de ficción un investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) que proviene de las ciencias duras? Cappozzo, jefe del Laboratorio de Ecología, Comportamiento y Mamíferos Marinos del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, asesora en materia científica a decenas de autores que requieren de sus conocimientos para hacer fidedignos los datos de sus historias.

Actuó como coprotagonista y además escribió, en colaboración, el guión de Área 23, la ficción de TECtv que también fue emitida por la TV Pública con uno de los mayores picos de rating del canal en 2013. Publicó libros de divulgación científica en las colecciones “Ciencia que ladra”, dirigida por Diego Golombek en Editorial Siglo XXI, y “¿Querés saber?”, dirigida por Paula Bombara de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), La Sal de la Vida de Editorial Norma (2007); Biografías de la Serie “Conociendo a nuestros centíficos” Editada por la Universidad de La Punta , San Luis; ambas colecciones dirigidas también por Paula Bombara y como coautor “Darwin 2.0” de Marea Editorial (2009), y tiene en proceso ediciones de sus libros en el exterior y varios en la cocina de su computadora, pero hasta ahora Cappozzo mantenía oculta su veta como asesor científico de libros. “Empecé casi como un juego. Tengo amigos talentosos que muchas veces requieren para su tranquilidad algún tipo de asesoramiento científico que sea funcional a la ficción que están escribiendo, y me consultan para asegurarse que lo que están creando sea creíble”.

La primera en plantearle un asesoramiento científico fue la escritora y científica Paola Kaufmann, ganadora del Premio Casa de las Américas en 2003 y Mención de honor del Fondo Nacional de las Artes en 1998. Como eran amigos, un día lo visitó al Museo y le hizo un pedido ingenuo: si podía escribir unas líneas que explicaran, con teorías científicas, la posible existencia de Nahuelito, el monstruo del lago Nahuel Huapi. “No te estoy pidiendo que imagines que existe Nahuelito, te digo que lo vi. Necesito que me expliques, utilizando herramientas de la ciencia, cómo es posible que eso suceda”, le planteó la escritora. Cappozzo cruzó teorías que en la práctica jamás habría relacionado (“pero la licencia de la ficción me permitió”) y le entregó, a los pocos días, treinta páginas, de las cuales un tercio fueron incluidas tal y como las escribió, pero en la voz de uno de los personajes de “El Lago”. La novela recibió el Premio Planeta 2005. Ese fue el espaldarazo inicial para que el biólogo se animara a inmiscuirse cada vez más en la ficción, no ya como lector sino como agente activo.

Después vendrían pedidos de Victoria Bayona, escritora del género fantasy –historias de vampiros, brujas, fantasmas, fenómenos paranormales, terror, ciencia ficción, con un toque de romanticismo y humor-, de Liza Porcelli Piussi, escritoria de literatura infantil y no tanto; de Paula Bombara, escritora de literatura infantil y juvenil, de Ines Garland, escritora o de Samanta Shweblin, una de las escritoras de cuentos más talentosas del momento de habla hispana. Schweblin le pidió asesoramiento para su libro “Distancia de rescate”, que de manera subyacente a la trama de ficción introduce el conflicto por las consecuencias del uso del glifosato para fumigar campos. El libro fue un éxito a nivel mundial.

De cómo se gesta una pasión

¿Cómo comenzó la afición de Cappozzo por la literatura? Extrañamente, en su casa familiar había libros pero nadie era demasiado lector. Guiado por alguna intuición secreta, ya desde que era pequeño Luis se acercaba a la biblioteca y tomaba libros al azar. Era un lector compulsivo: así sembró su amor por J.R.R. Tolkien, Isaac Asimov, Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, H. P. Lovecraft, Edgar Allan Poe y las increíbles historias de aventuras de piratas escritas por el italiano Emilio Salgari. Devoraba libros de ciencia ficción, terror, relato fantástico. También leyó los clásicos, y después los releyó de grande. Le gustaban también las historietas: disfrutaba con Asterix, Obelix, , El Corto Maltés, Nippur de Lagash, Gilgamesh el Inmortal y Tintín, entre otros. Aunque este último lo hizo sufrir ya desde pequeño: “En algunas viñetas –recuerda- Tintín era un periodista que cazaba animales africanos que yo ya adoraba en ese entonces. Eso me dolía en el alma y solo pude comprenderlo de adulto en un contexto histórico”. A medida que creció comenzó a interesarse cada vez más por la literatura argentina y a leer autores como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato. Hoy en día tiene preferencias por la literatura argentina contemporánea.

Pero además de leer, Cappozzo siempre escribió. De chico creaba sus propias historietas, tramas que incluían invasiones de ovnis y luchas entre guerreros épicos. Ya de adolescente escribía cuentos relacionados con ciencia. Hubo un tiempo en el que, de hecho, coqueteó con la poesía. “Para poder escribir uno tiene que escribir todos los días, tenés que ser escritor de profesión o el resto, como yo, somos aficionados con un poco de pasta para escribir que necesitamos recorrer un camino: adquirir herramientas, conocer el contexto, saber cómo narrar”, explica el biólogo. Por eso mismo, hace ocho años, asistió al primer taller literario de su vida, con la escritora argentina Inés Garland. “Allí, por primera vez, comencé a separar al científico explicativo del escritor”. Luego siguió en otros espacios de formación con Guillermo Martínez, matemático además de escritor. “Con él sentí una conexión especial porque venimos del mismo ámbito, el científico”. En esos talleres literarios, Cappozzo descubrió que el cuento es el género literario que mejor le sienta.

“En este tiempo estoy intentando escribir una novela corta, y sigo con mi producción de cuentos. En algún momento me gustaría publicarlos. Por mi trabajo como científico, lamentablemente, no estoy pudiendo asistir ahora a talleres de escritura”, admite. Cuando se le pregunta por el motor de su escritura, Cappozzo dice que hay dos respuestas a por qué escribe: una larga y una corta. La larga es que le permite desprenderse del contexto científico que lo envuelve, y no tiene que justificar, probar y validar cada palabra. Simplemente, le permite jugar. La corta es que la escritura, para él, es una catarsis. “Cuando uno escribe ficción es otro: se pone en la piel de sus personajes. Me permite volcar miedos o experiencias que muchas veces resultan ricas pero no puedo transmitir a través de un artículo científico”.

Como cualquier escritor, Cappozzo tiene sus propios rituales para escribir. En principio, las ideas le llegan después de muchos días de pensarlas, y allí también, en su cabeza, es donde les va dando cuerpo a los relatos. Hasta que en algún momento esa idea desborda y entonces, se sienta a escribir y delinea el esqueleto básico de su cuento. “Lo escribo con errores, fallas importantes, pero ya sé que me quedo en ese contexto. A partir de ahí, lo corrijo hasta tenerlo terminado”. Cappozzo tiene lectores especializados que luego leen sus borradores y le hacen críticas constructivas a sus textos, como Samanta Shweblin, Guillermo Martinez, Daniel Escolar e Irene Klein.

Los cuentos que está escribiendo actualmente tienen un hilo conductor: son oscuros. “No es terror pero sí tienen que ver con los miedos más profundos del Hombre. La muerte y los conflictos entre las personas. Todos –dice- tienen un complemento fantástico que en general aparece a partir de acciones simples o cotidianas como dormir, viajar, o trabajar en el sitio de todos los días. Una simple siesta en la selva puede transformarse en una experiencia terrible”.

En los momentos en los que surge el bloqueo creativo, o si durante la semana se encuentra estresado, Cappozzo tiene un antídoto sobre la mesa de luz que siempre le funciona. “Una novela cortita del siglo XIX, `Los cazadores de focas en la Bahía de Baffin`. Es una novela de aventuras de Emilio Salgari donde se produce un rescate de un navío en el Polo Norte. No sé qué tiene –se encoge de hombros Cappozzo- pero es mágico. Cuando lo leo, se me pasa todo”.

ENTRE PARÉNTESIS

Todos los científicos, en algún momento de su carrera, deben volcar parte de sus investigaciones al papel. Para algunos es un desafío grande, otros manejan el lenguaje como peces en el agua. Hay quienes se entusiasman tanto que hasta pegan el salto hacia otros géneros literarios –como la ficción–, y otros que prefieren asesorar a escritores desde sus competencias científicas. Entre Paréntesis se propone como una sección cultural del CONICET desde donde dialogar con aquellos científicos que también forman parte de los anaqueles de las librerías.

Por Cintia Kemelmajer