20/07/2015 | CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
Consumo de alcohol en la adolescencia: mirada a través de un caleidoscopio
Estereotipos vs. evidencia empírica en un abordaje sobre una temática por demás compleja.
Vanina Schmidt, investigadora adjunta del CONICET. Foto: CONICET Fotografía.

Por Vanina Schmidt*

¿Por qué el consumo de alcohol en la adolescencia nos devuelve una imagen caleidoscópica? Cuando miramos a través de un caleidoscopio, rápidamente advertimos que co-existen diversas imágenes, composiciones fantásticas y dinámicas, que ante el menor giro se desvanecen para dar lugar a una nueva creación, a un nuevo paisaje.

Las imágenes que podemos construir a partir del juego del caleidoscopio y las que nos propone el juego de la investigación científica (por cierto, muy serio como toda actividad lúdica) al abordar la temática del consumo de alcohol adolescente se parecen. Son escenas, paisajes, relatos, rostros, personajes, reacciones y acciones que en cada época y lugar se integran, se diferencian, aumentan su importancia, y tienen un real sentido… pero luego se vuelven efímeras o desaparecen para dar lugar a un nuevo paisaje.

La investigación sobre consumo de alcohol adolescente necesita, por un lado, que quien observa tenga presente que se trata de una temática socio-cultural compleja que forma parte de la producción y reproducción de discursos y prácticas que cobran sentido en determinado momento y escenario histórico-político.

Al focalizarla en población joven se corre el riesgo de construir una imagen exagerada del consumo de alcohol, en sintonía con los estereotipos que circulan sobre el ser adolescente: “no tienen futuro”, “son impulsivos”, “buscan riesgos por diversión”, “toman grandes cantidades de alcohol para divertirse”, etc. Características que están muy lejos de reflejar lo que en realidad venimos encontrando desde hace tiempo ya: la mayoría de los adolescentes tienen proyectos, pueden organizarse y planificar, poseen metas vitales relevantes, evitan riesgos innecesarios y encuentran diversión a través de una variedad de experiencias mayormente constructivas, además de crecer en contextos familiares y escolares que consideran mayormente positivos.

Pero también podemos ubicar esta temática como lo que es: un problema de salud pública prioritario. Ya no por lo que se sostiene desde los estereotipos adultos sino porque, si bien no todos los adolescentes escolarizados (entre 12 y 18 años, aproximadamente) consumen y la mayoría no lo hace en grandes cantidades, existe una proporción de jóvenes (cerca de 3 de cada 10) que está comprometiendo seriamente su presente y su futuro. Y esto sí es tema de preocupación -y de abordajes cada vez más efectivos por parte de las políticas públicas- ya que se consume de manera cada vez más precoz y esto aumenta el riesgo de problemas sociales, familiares, escolares y legales, y predice el desarrollo de patrones de consumo problemáticos en posteriores etapas de la vida. Y todo ocurre en un contexto en el que la venta de bebidas alcohólicas está prohibida a menores de 18 años.

Quien se asoma a la problemática recibe una imagen caleidoscópica porque el consumo de alcohol es resultado de un interjuego complejo de elementos combinados de manera particular: valores culturales, representaciones sociales sobre lo que es esperable e ideal, estilos de vida, procesos de socialización, actitudes hacia el consumo en general y hacia el consumo de alcohol en particular, determinadas características de personalidad (inestabilidad emocional, extroversión, búsqueda de sensaciones no socializada e impulsividad se asocian a un patrón de consumo más riesgoso) y familiares (por ejemplo, la comunicación abierta con los padres funciona como factor protector del consumo riesgoso, al menos, para ciertos adolescentes), la necesidad de pertenecer (el miedo al rechazo funciona como un fuerte motivo para el consumo excesivo para ciertos grupos de adolescentes) y la forma de procesar y explorar el mundo (sostener una búsqueda de experiencias novedosas, intensas y variadas de manera impulsiva puede ser un factor de riesgo para un consumo problemático).

Para finalizar, tan complejo es el tema, que hace poco le echamos una mirada al caleidoscopio y comenzamos a pensar que sostener una búsqueda de experiencias novedosas, variadas e intensas en esta etapa del ciclo vital, tal vez no sea del todo negativo, tal vez sea el riesgo que se deba correr para crecer. Hemos hallado que la búsqueda de novedad y riesgo en la adolescencia facilita un estado subjetivo extraordinario denominado flow (fluir), estado de profundo disfrute y compromiso absorbente a partir de actividades que desafían las habilidades de las personas. Los adolescentes prefieren involucrarse y comprometerse en una variedad de actividades deportivas y artísticas que promueven este estado subjetivo que, por otra parte, permite alcanzar niveles de complejidad personales y colectivos crecientes.

En nuestro próximo proyecto intentaremos ir por más… daremos un pequeño giro al caleidoscopio tratando de ver si estos momentos de profundo disfrute pueden erigirse como vías efectivas para el abordaje del consumo riesgoso de alcohol.

La mirada caleidoscópica es activa, crítica y está atenta a todas las partes y sus dinámicas, pero consciente de que la única certeza es que probablemente nunca lleguemos a tener una imagen completa y clara de las escenas, los personajes y el guión, por su naturaleza compleja y cambiante. Igual que en el caleidoscopio, el mínimo movimiento convierte aquello que era “real” en una imagen difusa y subjetiva, un recuerdo de lo que fue. A pesar de lo cual, acentuar la mirada en ciertos componentes tiene mucho sentido, al menos en determinado contexto socio-cultural, para poder reflexionar y actuar sobre los factores que predisponen o facilitan el consumo riesgoso de alcohol.

*Vanina Schmidt es Doctora en Psicología en la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigadora adjunta del CONICET en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la UBA, donde además se desempeña como profesora adjunta.