02/12/2016 | CONFESIONES DE UN CIENTÍFICO INSPIRADO
Goldin: “Encontré la solución de Mate Marote bajo la ducha”
A los investigadores los guía la razón, pero hay momentos creativos que escapan a esa lógica. Goldin, del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Di Tella, ideó una plataforma educativa para entrenamiento cognitivo y recrea su instante más iluminador.

Era sábado. En mi departamento de Caballito, un hogar chiquito donde vivía con mi pareja, me estaba bañando –más precisamente lavándome el pelo, actividad que suele llevarme mucho tiempo porque siempre tuve el pelo largo-. Teníamos el plan de ir a un cumpleaños. Pero no pudimos: en ese instante, bajo la ducha, mi lado científico me ganó.

Las notas. Tenemos que mirar las notas escolares de los niños, pensé. Venía buscándole la vuelta a “Mate Marote”, una plataforma educativa de juegos para el entrenamiento de competencias cognitivas. Lo que hicimos fue desarrollar un software que entrena algunas capacidades –como la atención y la memoria- de los pequeños. Es un software libre que ahora está bajo licencia del CONICET. Desde 2008, éramos un equipo de neurocientíficos los que trabajábamos en ese proyecto, pero el instante de la ducha fue a fines de 2010.

De lo que me di cuenta en la ducha, fue que para medir cuán útil era el software que estábamos ideando teníamos que analizar cómo era la progresión de las notas de los alumnos antes de jugar el juego, y unos meses, dos, o quizás tres meses después.

Fue inesperado: de pronto, cayó la idea. “¿Cómo se miran las notas?”, fue el pensamiento siguiente que tuve en la ducha. Salí, y con el toallón todavía puesto fui a googlear cómo hacer para mirar las notas de los alumnos. Además, quería ver cómo diseñar estadísticas para analizarlas. Porque las notas en la escuela primaria son medidas muy subjetivas: en general, por ejemplo, son en letras –había que pensar un pasaje a números.

La cuestión fue que empecé a buscar en internet y no había nada: entré al google scholar –un buscador de google académico que sirve para buscar papers científicos- y googleé las palabras clave que se me ocurrían que podían estar relacionadas con la búsqueda. “Notas escolares”, “rendimiento”, “niños, “funciones cognitivas”. No encontré nada. Empecé a restar palabras, a quitar papers que hablaban de patologías. Acoté mi búsqueda: puse palabras sueltas. Salían miles de cosas, pero en detalle no aparecía que nadie hubiese analizado los resultados escolares hasta ese entonces.

No podía creerlo: nadie lo había hecho. Pensé que había buscado mal, pero efectivamente, nadie lo había mirado antes. Entonces, decidí abortar la salida de sábado: tenía una super emoción que no me dejaba dispersarme. Se lo conté a mi pareja. Al ratito estaba chateando con mi director de tesis, Mariano Sigman, para contarle la novedad.

Una vez que me vino la inspiración me pareció obvio. Estuvo clarísimo, lo recuerdo muy bien. Desde siempre habíamos evaluado a los chicos en formato lúdico antes y después, pero ahora también se me ocurrió ver los efectos de nuestros juegos en una medida más “de la vida real”. Por eso fuimos a por las notas escolares. También, en ese afán de medición, relevamos resultados de chicos que jugaban a nuestros juegos con otro grupo de alumnos que jugaba a juegos “Control”, que son los juegos regulares. Lo que encontramos es que los chicos que juegan a nuestros juegos se desempeñan mejor en otros campos de su vida.

Es que nuestro cerebro está aprendiendo cosas todo el tiempo en un contexto, y usando esas competencias adelante en el tiempo, en otros contextos. En la escuela falla: lo que aprendés, lo olvidás. Te acordás de cosas puntuales, o situaciones puntuales, no así de conceptos. Por eso me volqué al estudio de la transferencia: para buscar soluciones a ese problema. “Mate Marote” son una serie de juegos que entrenan capacidades mentales necesarias para hacer cualquier cosa -por ejemplo para aprender lengua y matemática en la escuela-, que buscan entrenar las capacidades de forma tal que repercutan en otros ámbitos de uso cotidiano.

Lo que evaluamos son las “funciones ejecutivas”, que son funciones cognitivas que se relacionan con la “memoria de trabajo”, una memoria breve. El típico ejemplo es cuando alguien te pide el DNI con tu propio “cantito”, o un número de teléfono, y el otro te lo responde con otro cantito distinto al tuyo y dificulta entenderlo. A esa memoria la estamos usando todo el tiempo durante nuestra vida, es una “cajita” chiquita, entran pocos conceptos. Cuando las incorporamos esa cajita se libera. Y otras cuestiones que evaluamos se relacionan con otros tipos de funciones cognitivas, como la atención, la flexibilidad cognitiva, la planificación, la categorización, el control inhibitorio, el control cognitivo.

Lo que descubrimos es que nuestros juegos mejoran las capacidades mentales más que otros juegos. Medir eso fue justamente lo que se me ocurrió en la ducha: usar las notas como medida de impacto en la “vida real”. Ver cómo, eso que se aprendió a través del juego, se utiliza en otros ámbitos.

Antes de trabajar en el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella, me dedicaba a hacer experimentos en neurociencias con ratas, pero eso no me llenaba. Entonces, se me dio la oportunidad de explorar aspectos de memoria pero en este proyecto educativo. En el área de “neurociencia educacional”. Me pareció genial: se juntaron mis dos pasiones, la enseñanza –porque también formo parte del proyecto educativo Expedición Ciencia, que integra, entre otros colegas, el científico Diego Golombek- y las neurociencias.

El paper con mi descubrimiento tuvo muchas críticas, tuvimos notas de todas partes del mundo. Cada vez que presento los resultados en algún congreso, la gente que labura en el área dice: “Tenés razón, no puedo creer nunca lo pensé”. Algo muy tonto pero que no se hacía. Una de las mayores satisfacciones que me dejó ese descubrimiento, es que ahora está lleno de gente mirando notas. Ahora tengo otros proyectos, pero “Mate Marote” es como mi gran amor, el proyecto que más satisfacción me dio: ver que las capacidades de los alumnos mejoran, aunque sea en décimas de segundos, es genial. Yo quiero que lo que hago se vea, sirva. Y es emocionante ver que tu investigación repercute en la vida cotidiana. Todo por una ducha.

 

Por Cintia Kemelmajer