01/04/2015 | CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
Una historia social y política de Mafalda
Significaciones de una de las historietas argentinas más exitosas a nivel internacional. Por Isabella Cosse.
La investigadora Isabella Cosse. Foto: gentileza investigador.

Por Isabella Cosse*

El año pasado los cincuenta años de Mafalda fueron celebrados a escala global. Los festejos en Argentina comenzaron con la apertura de Quino de la Feria del Libro. Fui a escucharlo. Su presencia allí tenía especial importancia para mí. En ese momento estaba terminando una historia de Mafalda.

El proyecto había ido tomando cuerpo casi por sí solo. Me había ocupado de Mafalda en mi tesis de doctorado –sobre los mandatos familiares en los años ‘60 – pero sabía que me debía un estudio detenido. Decidí escribir un primer artículo sobre la clase media y la familia que, luego, derivó en otro texto. A medida que avanzaba –y me nutría de los muchos estudios anteriores – notaba que tenía entre manos una mirada nueva y el trabajo se convirtió en una investigación en sí misma. Mi preocupación apuntaba a trabajar la conexión de la historieta y lo social y colocarla en una reconstrucción netamente histórica.

Finalmente, la investigación cobró autonomía. Dos preguntas organizaron mi trabajo: ¿cómo explicar el éxito y perdurabilidad de Mafalda? ¿Cuáles fueron sus sentidos sociales, políticos y culturales a lo largo de esos 50 años? Para responderlas reconstruí la producción, la circulación y las significaciones y los usos de la historieta desde su surgimiento hasta la actualidad. Para hacerlo estudié las tiras en las publicaciones originales, el análisis de las críticas, los comentarios y las reseñas aparecidas en la prensa y la recuperación de opiniones y recuerdos de quienes la produjeron, la publicaron y la difundieron, la leyeron y la siguen leyendo.

En el estudio asumí –siguiendo a Mijail Bajtin y Peter Berger– que la risa es una práctica social que presupone sentidos compartidos que hacen inteligible al humor y que éste tiene motivos y efectos sociales y políticos. Con estas apuestas recorrí el último medio siglo, a partir de diferentes problemas concretos en cada momento histórico, siguiéndole la pista a Mafalda, el personaje que encarnó a las nuevas generaciones contestatarias y la historieta leída, discutida y usada como una representación emblemática de la clase media.

La investigación mostró la riqueza de estudiar el humor. No es posible reseñar aquí el conjunto de resultados. Pero quisiera mencionar algunos de los desafíos que enfrenté. Uno de ellos fue pensar a la clase media en los años sesenta a partir de su carácter heterogéneo y de las diferencias ideológicas y culturales que la atravesaban lo que contribuye a entender la complejidad de su posicionamiento. Igualmente significativo fue notar que el ascenso de la polarización y la violencia política abrió fuertísimas discusiones sobre Mafalda –acusada de subversiva pero también de pequeño burguesa – que permitieron comprender cómo en la sociedad argentina no había lugar para tramitar las diferencias por fuera de la violencia. . En forma sorprendente descubrí que, en 1973, los personajes se despidieron de los lectores en las mismas páginas en que se informaba de la “masacre de Ezeiza” que terminó en un baño de sangre.

El ascenso represivo y el golpe de Estado de 1976 me exigieron pensar el modo en que los represores intentaron apropiarse del humor no sólo para legitimarse sino, también, como instrumento mismo del terror. Los asesinos de los sacerdotes palotinos –el 4 de julio de 1976– colocaron un afiche de Mafalda –el que denunciaba al “palito de abollar ideologías”– sobre uno de los cuerpos. Esa horrorosa broma macabra mostraba el poder de la represión, no de abollar ideologías, sino de matar con impunidad. Sin embargo, este no fue el único significado de la historieta durante la dictadura. Para muchas personas leerla fue una forma de resistencia porque permitía recordar y reponer valores que la dictadura combatía. No casualmente, a la salida de la democracia, muchos imaginaron que, de existir, el destino de Mafalda y Libertad habrían tenido el destino de los miles de jóvenes desaparecidos que habían tensado al máximo el contraste entre los principios ideales y la realidad, al punto de arriesgar la vida.

El éxito internacional de Mafalda me exigió pensar la escala global del fenómeno. Lo hice a partir de tres países, Italia, España y México, en los que tuvo enorme popularidad. Las redefiniciones del fenómeno social de Mafalda –el personaje y la historieta – continuaron en las décadas siguientes enlazadas con las tramas de la memoria social de una generación en nuestro país y a nivel trasnacional y continúan cada día asumiendo nuevos sentidos. Esa perdurabilidad se explica por un entramado de fenómenos, decisiones, intervenciones y coyunturas concretas que la pusieron en circulación, la difundieron y se la apropiaron a lo largo de medio siglo. En esos cruces surgió un fenómeno inédito: una creación de papel y tinta con vida propia que se ha convertido en un mito global, que para muchos sujetos confiere sentido a la existencia colectiva.

* Isabella Cosse es investigadora independiente del CONICET en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Es doctora en Historia y se dedica al campo de la historia de las familias y las infancias. .
Es autora, entre otros libros, de Mafalda: historia social y política, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2014; Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2010; Estigmas de nacimiento. Peronismo y orden familiar (1946-1955), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.