HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES

El histórico “divorcio” entre la Iglesia ortodoxa ucraniana y Moscú, explicado por un investigador del CONICET

Pablo Ubierna, especialista en historia bizantina, advierte los ecos religiosos y políticos de la noticia internacional que no trascendió en los medios argentinos.


Pablo Ubierna. Foto: CONICET Fotografía/ Verónica Tello

En el mes de septiembre de 2018 se intensificó el conflicto entre el Patriarcado Ecuménico en Constantinopla (que ostenta un honorífico lugar de preminencia entre las sedes de la Ortodoxia pero escaso control territorial) y el Patriarcado de Moscú en relación con la Iglesia ortodoxa en Ucrania. El Patriarcado Ecuménico hizo lugar a un pedido del Presidente y del Parlamento ucraniano (pero no de la Iglesia) y comenzó a preparar los documentos que permitirían la autocefalía de la Iglesia ortodoxa en Ucrania nombrando a dos obispos como Exarcas. Esto generó la esperable reacción de la Iglesia ortodoxa rusa que interrumpió la comunión con los miembros de la iglesia ucraniana que eran ya vistos como cismáticos. El 11 de octubre, finalmente, el Patriarcado Ecuménico concedió efectiva autocefalía y reconoció al Autoproclamado Patriarca Filareto Denysenko y a los obispos que habían comenzado el cisma junto con él. Moscú anunció, entonces, medidas de ruptura que se consumaron en enero 2019.

Esta desvinculación anunciada el pasado enero entre Ucrania y Rusia constituye un cisma entre las dos Iglesias ortodoxas, el más trascendente de los últimos cuatro siglos. Es un tema complejo, ya que se vinculan aspectos políticos, ideológicos y religiosos. El investigador del CONICET, Pablo Ubierna, da una explicación sobre las causas y los efectos de esta decisión.

¿Cómo se puede entender esta última división entre estas dos Iglesias?

La división de la iglesia cristiana se fue dando por etapas y conviene repasarla, aunque más no sea someramente. Lograda cierta uniformidad dogmática por primera vez en el siglo IV (lo que determinó la condena y expulsión de los arrianos) la iglesia tuvo ya dos grandes rupturas en el siglo V en los concilios de Efeso y Calcedonia. Estos concilios dieron origen a diversas iglesias como la Iglesia de Oriente (que se desarrollaría mayormente en el imperio sasánida y desde allí llegaría hasta China e India), la Iglesia siro-ortodoxa (también presente en territorio persa pero con una expansión semejante en territorio romano, en Siria y el Kurdistan), la Iglesia armenia (en el Caucaso) y la Iglesia copta (en Egipto). Todas ellas ya separadas de lo que podemos llamar “Gran Iglesia”. Esa “Gran Iglesia” se romperá definitivamente en el siglo XI con la separación de la Iglesia bizantina (que ya llamamos ortodoxa y que estuvo en el origen de la evangelización de los pueblos eslavos) y la iglesia latina (desarrollada en occidente). Esa Iglesia latina sufrirá una famosa crisis en el siglo XVI dando origen, entonces, a la iglesia católica tal como la conocemos hoy y a las diversas iglesias protestantes. La separación entre la iglesia ortodoxa y la romana tiene, naturalmente, causas de larga data y una explicación compleja pero uno de los factores capitales fue la posición del Papa y de la sede romana en el concierto de las iglesias cristianas, lo que no deja de ser un problema interesante de cara a una situación de la iglesia latina en un occidente europeo en el que la figura central del Papa fue, sin duda, un desiderátum romano más que algo efectivo. El control del Papa sobre el nombramiento de la jerarquía episcopal, pongamos por caso, es algo que se le escapó por siglos a la sede petrina. En sus territorios los diversos reyes católicos operaban en relación con el nombramiento de obispos (que, recordémoslo, son la cabeza de la presencia eclesiástica en un territorio determinado) de manera análoga a lo que hacían los reyes protestantes. El regalismo borbónico en América es un ejemplo de eso y algo que podemos recordar todos

¿Es decir que el Papa como lo conocemos hoy tiene una historia breve?

Claro, el Papa, el lugar que el Papa ocupa en la Iglesia católica es una construcción histórica, claro, pero sobre todo un producto del Concilio Vaticano I (1869-1870) que, además de ser la reunión que consolidó la oposición romana a toda forma de negociación con la modernidad hasta bien entrado el siglo XX, fue también, en un punto, una reafirmación política del romanismo (algo que no todos los católicos del siglo XIX estuvieron dispuestos a aceptar), de la centralidad del Papa y una suerte de “compensación moral y teológica” por la pérdida de los Estados Pontificios en ese mismo momento.

¿Y cómo sigue la historia hasta la separación actual de la Iglesia ucraniana?

Como vimos en 1054 se da la separación entre Constantinopla y Roma. Ahí comienza la historia que nos permite entender el caso ucraniano hoy. La tradición ortodoxa se reafirma (frente al verticalismo de la tradición romana) como portadora de una impronta horizontal y consensual que no siempre pudo llevar a cabo. Este es un punto fuerte de la eclesiología ortodoxa (la horizontalidad) pero en la práctica no se ve que vaya consiguiendo consensos importantes (el reciente sínodo pan-ortodoxo realizado en Creta en 2016, con notables ausencias, es ejemplo de ello). Un caso interesante en esa eclesiología es el de la autonomía de una Iglesia local frente a otra: ¿cuándo una iglesia se independiza del resto de las iglesias ortodoxas y empieza a jugar con paridad? Esos mecanismos son complejos pero se pueden sintetizar en que: o bien la autocefalía la otorga la Iglesia madre o la otorga Constantinopla. En Ucrania hay varias en juego ahora, además de lo religioso. Lo más evidente es la lucha política de las elites políticas ucranianas frente a Moscú. Entonces, decir que la Iglesia ucraniana reclama su autocefalía no es tan real: más bien los que reclamaron la autocefalía fueron el presidente y el parlamento de Ucrania. Entonces ahí entramos a ver la cosa real.

Es decir que la decisión de separarse es más política que religiosa…

Claro, aunque ya aclararemos algo más este punto. Ucrania es un territorio evangelizado de Constantinopla en el siglo IX, y en Ucrania aparece un obispo, un metropolita –que es como se llana los obispos en la tradición ortodoxa- en Kiev, en un emplazamiento que era, entonces, una pequeña aldea. Y aparece en la historia en ese momento, algo difícil de definir: la “Rus de Kiev” y sobre cuyo origen y características se ha escrito, naturalmente, muchísimo. Es un conglomerado de unidades políticas sin demasiada unidad. Eso es la Rus de Kiev, entre el 900 y el 1200. Hacia el 1200 el poder político se va hacia el norte, hacia Moscú. En términos religiosos, el poder religioso se muda también a Moscú. El asunto es que el Metropolita de Moscú sigue conservando el título de Metropolita de Kiev. Kiev, territorio ucraniano hoy, sigue siendo la referencia de la primera evangelización de esas tierras. Esto hasta el siglo XV, cuando se da uno de los concilios medievales, en la que dentro de los temas que se discute la unión entre las iglesias ortodoxa y latina. Ahí es donde, a mediados del siglo XV, Moscú –en oposición abierta a esos procesos de unión- deja el título de patriarca de Kiev para tomar el nombre de Moscú. La iglesia pasa a ser moscovita también en su denominación. Una segunda etapa de complicación se da en el siglo XVI, cuando aparece el gran Ducado de Lituania-Polonia (1569) en el que la religión del estado es el catolicismo romano, con un territorio inmenso que llega hasta los Balcanes. Unas décadas después, a fines del XVI, la jerarquía ortodoxa de Ucrania (territorio que se encuentra dentro de ese Gran Ducado) se hace católica. Acá aparece otro momento histórico del problema: aparece la primera de las Iglesias “uniatas”: unidas a Roma.

¿Qué significa la Iglesia uniata?

Lituanos y polacos son, como hemos dicho, mayormente católicos romanos, entonces y ahora, y la jerarquía ortodoxa en Ucrania se “une” religiosamente a lo católico (de allí el nombre de “Iglesia uniata”, unida) pero conserva su liturgia (esto es no incorpora la liturgia romana sino que conserva la bizantina). Pero políticamente acepta al Papa. Esto se mantiene hasta hoy. Se dio en 1596. Antes reportaban a Moscú. Eran ortodoxos que reportaban a Moscú, pero Moscú pierde el territorio en manos del Gran Ducado de Lituania-Polonia. Ahí la Iglesia pasó a ser católica-griega-ucraniana (llamándose “Greco-católica”, “greco” por la liturgia bizantina). ¿Qué sucede con la Ortodoxia en ese territorio? Por afuera de Moscú, el Patriarcado ecuménico de Constantinopla (conserva ese nombre hasta hoy pero se encuentra en la capital otomana de Estambul) manda, reinstala unos años después, en 1620, un obispo ortodoxo. La jerarquía ortodoxa en Ucrania se reorganiza no desde Moscú, sino desde Constantinopla. Ahí tenemos una reorganización de la Ortodoxia en Ucrania, que ya no depende de Moscú sino de Constantinopla. En paralelo tenemos la gran Iglesia Uniata. A fines del siglo XVII desaparece Lituania-Polonia porque a Rusia conquista estos territorios y empieza a ser parte del imperio ruso. Los uniatas se hacen fuertes en Ucrania occidental porque basculan con el imperio austrohúngaro, que es católico. Tenemos un universo religioso que tiene una parte ortodoxa reorganizada desde Moscú, desde el XVII para acá, pero que la puede reclamar Constantinopla (porque era desde donde provino la reinstalación de una jerarquía ortodoxa cuando la mayoría se unió a Roma), y otra gran parte católica. Aquí el asunto se vuelve un poco técnico: con la conquista rusa del territorio ucraniano, el patriarca de Kiev era nombrado en Moscú pero se recordaba esa reinstalación de la jerarquía ortodoxa gracias a Constantinopla (en 1620) con la “conmemoración” del Patriarca Ecuménico. Parece una nimiedad pero es la sustancia legal de la discusión hoy. Moscú nombra en Kiev pero se sigue “reconociendo” (eso es lo que significa la “conmemoración” en una liturgia) el lugar de Constantinopla (por más que los patriarcas ucranianos prontamente dejaran de hacer esto). Esa es la base histórica del problema actual. Digamos también que el de la Iglesia Uniata no es sólo un problema ucraniano; es algo que se dio en muchos lugares, sobre todo en territorio otomano en que ciertos grupos de cristianos ortodoxos u orientales (aquellos separados ya en el siglo V) buscaron acercarse a Roma para conseguir el apoyo político y social de las potencias católicas (el Imperio austro-húngaro en los Balcanes y Francia en el Cercano Oriente). La “unión” con Roma es algo que nadie busca ya, en tiempos de creciente ecumenismo, pero la naturaleza de esas iglesias uniatas sigue siendo un problema de las relaciones entre Roma y la Ortodoxia. Pero volvamos al caso ucraniano

¿Por qué? ¿Qué sucede a partir de entonces?

En 2016 se concreta el gran encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca Kirill, de Moscú. El acercamiento entre Roma y la ortodoxia empieza en épocas de Pablo VI, que se encuentra con el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, de Estambul, en el año 1964. Es un encuentro importante que se repite en 1973. Fue un gran reconocimiento por parte de Pablo VI al Patriarca Ecuménico–en tiempos de la Guerra Fría, lo que dificultaba o impedía directamente el trato con las sedes ortodoxas del bloque soviético-. El Patriarcado Ecuménico, a principios de los años 1970 había visto disminuido no sólo el territorio sobre el que tenía efectivo control (reducido como ahora a Turquía, parte de la diáspora, Creta) sino también su lugar en la formación de nuevas élites ortodoxas con el cierre del seminario pan-ortodoxo de Halki en 1971,  en una isla frente a Estambul, por considerarlo el gobierno turco una universidad extranjera; situación en la que permanece hasta el día de hoy. En este contexto de mediana duración de reconocimiento de un Patriarcado Ecuménico en territorio turco debemos situar lo hecho por los papas Paulo VI entonces y Francisco ahora. En 2014 Francisco se vuelve a encontrar con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé, en Jerusalén. Retoma lo que había logrado Pablo VI pero intensifica los contactos con la ortodoxia y y va más allá de lo hecho por Paulo VI, sube la apuesta ecuménica y empieza a negociar un encuentro con los rusos (extremadamente reactivos a cualquier encuentro con Roma). Y para allanar el camino, no pone condiciones y se pone a disposición del patriarca Kirill. Este encuentro finalmente se realizó en el aeropuerto de La Habana durante dos horas, el 12 de febrero de 2016. Automáticamente, menos de una semana después, el director de la oficina de Asuntos Exteriores del Patriarcado de Moscú, encabezado por el Metropolita Hilarión Alfeyev, salió a criticar fuertemente el encuentro de su propio patriarca con Roma. Ahí ya hay una interna política entre los rusos sobre qué va a pasar de las relaciones con Roma, los cristianos del cercano oriente (en donde Rusia tiene, como sabemos, efectiva presencia militar en el conflicto sirio) y el caso Ucrania. Ahí empieza un aspecto no siempre tenido en cuenta de la ruptura en Ucrania.

¿Y cómo continúa?

En Ucrania había, hasta fines de 2016, tres formas de organización de la iglesia ortodoxa y una católica que son importantes en el Occidente de Ucrania, unidos a Roma. No es un detalle menor que el patriarca de esta última iglesia sea Sviatoslav Shevchuk quien fue obispo de los ucranio-católicos en Buenos Aires (de 2009 a 2011) y es un viejo conocido de Bergoglio. Acá, en Argentina, de hecho, son muchos los ucranio-católicos. Las tres formas de organización de la ortodoxia son: la Iglesia ucraniana del Patriarcado de Kiev, que se reclama de esa tradición instalada en Contantinopla en 1620, la Iglesia Ortodoxa ucraniana del patriarcado de Moscú (fundada y administrada desde Moscú) y la Iglesia ortodoxa ucraniana autocéfala. Los que tienen más gente, más del 40 por ciento de la población, son los ortodoxos de Kiev. Segundos vienen los ortodoxos de Moscú. Tercero, los greco-católicos uniatas, y sólo después los ortodoxos autocéfalos. Estos últimos se juntaron con los de Kiev. Teóricamente todos dependen de Moscú, pero en realidad solo los de Kiev son significativos ya que tienen el doble de instituciones: tienen poca gente pero mucha visibilidad, parroquias, hospitales. Eso en términos religiosos. Cuando se da la invasión rusa a Ucrania, los rusos avanzan sobre el este de Ucrania. Es en esta situación político-militar que el presidente de Ucrania y el parlamento piden la autocefalía al Patriarcado Ecuménico, no la Iglesia Ortodoxa de Kiev. El Patriarca greco-católico Shevchuk emite opiniones a favor de esa autocefalía diciendo que, ahora, el diálogo con los ortodoxos de Ucrania está abierto (y en Rusia eso se entendió como una retórica abiertamente agresiva). Esta fue una jugada riesgosa, y no podría decir si consensuada con Roma o no ya que Shevchuk había sido apenas receptivo frente al encuentro de La Habana, que empantanó el diálogo de Roma con los rusos mucho más de lo que ya estaba después de la reacción al interior del Patriarcado de Moscú al encuentro entre Francisco y Kirill. Los rusos comienzan a decir que esa autocefalía es parte de un plan para que los ortodoxos de Ucrania dejen de serlo y se avance hacia una (tan temida como repudiada) unión con Roma. El lugar de Shevchuk en esto no suele ser destacado y es más importante, creo, de lo que aparece ya que es la cabeza de una iglesia mayoritaria en un territorio, el oeste de Ucrania, que es no sólo la cuna histórica del nacionalismo ucraniano sino que es también vital para la supervivencia de una Ucrania independiente frente a un poder Ruso que ya ocupa el este de su territorio.

¿Entonces toda la cuestión se reduce a algo político?

Así es aunque “reducir” tal vez sea un verbo excesivo para definirlo. El componente político es, naturalmente, clave. El presidente de Ucrania quiere una iglesia ortodoxa autónoma de Moscú en el medio de una disputa militar y política con Rusia. “Que esta iglesia sea ucraniana, porque los ucranianos estamos en guerra con Rusia”, pareciera decir el presidente, y Constantinopla se lo concede. Las iglesias organizan a la población, cientos de miles de hombres y mujeres, hacia un fin (pre) establecido. Esa organización en un tiempo y un lugar es necesariamente algo político. Nos encontramos en una época en la que solemos negar esta evidencia, la existencia del fenómeno religioso como parte sustancial de la vida de millones de personas. Como intelectuales no podemos darnos el lujo de no ver aquello que es un importante fenómeno social.

¿Cuánto de esto nos influye como argentinos?

Hay dos planos, diría yo. Por un lado, en relación con lo que acabamos de decir, nos permite tratar de entender el lugar de la religión organizada (y no hablamos sólo del cristianismo, claro está) en la sociedad contemporánea. Y en otro plano, todo esto es parte necesaria de nuestro conocimiento del mundo ruso y eslavo oriental en general. Tenemos muy poca producción de conocimiento en nuestro sistema científico sobre estos pueblos, con los que nos relacionamos en materia de mercado e intercambio (lo mismo podemos decir sobre el mundo chino, el Islam, el Asía Central o sobre EE.UU. sin ir más lejos). La política religiosa rusa (también al interior del país, con la Iglesia como uno de los apoyos más fuertes del ejecutivo) sobre la autonomía de la iglesia ortodoxa ucraniana –así como toda la política rusa en relación con los cristianos de oriente- incide en nuestro medio porque tiene que ver con la política exterior rusa, que nos toca inevitablemente a nosotros. Negociar con Rusia, como lo hacemos, sin tener un número significativo de especialistas en diversos aspectos de la historia y sociedad rusas es un lujo que un país de las dimensiones de la Argentina, no se puede dar.

Perfil de un investigador bizantino

Pablo Ubierna creció en una Buenos Aires, una ciudad a la que siempre entendió como fuertemente cosmopolita, rodeado de amigos armenios, ucranianos, griegos y judíos. “Siempre digo que hay mucho de ese (hoy tristemente perdido) cosmopolitismo levantino en la vida porteña. Yo creo que por eso se me despertó la inquietud de estudiar Historia y especializarme en algo que proviniera de Oriente. Además de historia, estudié lenguas clásicas y me quería dedicar a algo que tuviera que ver, de alguna manera, con textos antiguos. Me gustaba el mundo romano en Oriente, desde el siglo I después de Cristo y hasta la Edad Media. Terminé estudiando historia medieval y especializándome en Bizancio”, cuenta el investigador del CONICET.

Hoy, Ubierna, miembro del Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas (IMHICIHU-CONICET), dicta clases en la cátedra de Historia Medieval de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), es Profesor Titular en el Departamento de Humanidades y Arte de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE) y centró sus estudios en el imperio bizantino. Investiga textos apocalípticos, que responden a un género literario característico de los siglos II y I antes de Cristo que se extendió hasta la Antigüedad Tardía y la Edad Media. Aquellos textos –algunos incluidos en la propia Biblia, como el Libro de Daniel o el Apocalipsis de Juan- fueron los que expresaron, mediante símbolos y metáforas complejas, cuestiones políticas de la época. “Los textos apocalípticos y toda la tradición bíblica son el formato de la discusión política básica hasta el siglo XVII, hasta que llegue (el filósofo Thomas) Hobbes quien plantea otra forma de entender la política”, explica. Para estudiarlos, el investigador tuvo que estudiar desde idiomas –griego, arameo, armenio, hebreo- hasta paleografías.

Con esa impronta, desde hace diez años, en el IMHICHU en el que trabaja han ofrecido en diversos momentos, la versión clásica de las lenguas antiguas: hebreo bíblico, siríaco, árabe clásico, persa medio, copto, demótico. La idea es que otros investigadores cuenten con herramientas para abordar investigaciones sobre los textos originales. “Enseñamos lenguas para los investigadores que se dedican a estos temas: todo lo que no sea latín y griego, que ya se dictan en la Universidad”. También, en 2018, las aplicaciones de su grupo de estudio se diversificaron y desde el instituto trabajaron en conjunto con el Ministerio de Justicia para asesorar y capacitar, por ejemplo, a miembros del programa de recepción de refugiados de Siria.