DÍA DE LA INDEPENDENCIA

El 9 de Julio, entre el mito de los dos orígenes y los estudios de la historia profesional

Un investigador del CONICET reflexiona sobre el rol de esta efeméride en relación con la gran complejidad del proceso que desembocó en la Declaración de la Independencia.


De acuerdo con Facundo Nanni, especialista en historia argentina del siglo XIX e investigador del CONICET en el Instituto de Investigaciones Territoriales y Tecnológicas para la Producción del Hábitat (INTEPH, CONICET-UNT), aunque existe una coincidencia generalizada en que tanto el 25 de Mayo como el 9 de Julio señalan el origen de la Nación argentina, mirado desde un punto de vista científico, no es posible pensar que un país pueda crearse en veinticuatro o cuarenta y ocho horas.

En relación a la importancia que, de todas formas, adquiere este doble aniversario para la sociedad argentina, el investigador advierte que los discursos sobre el pasado colectivo son muchos y variados, y la historiografía es sólo uno de ellos. “La construcción de héroes/heroínas, de panteones, de visiones clásicas o revisadas, no proviene solo de profesionales formados en carreras de grado y posgrado, sino del conjunto de la sociedad civil, que se apropia de su legado. Ese conjunto de miradas sobre temas históricos, en este caso el 9 de Julio, genera a veces cortocircuitos, sobre todo en cuestiones que movilizan emociones y creencias arraigadas”, señala Nanni, que también es integrante del Instituto de Investigaciones Históricas Leoni Pinto, con sede en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.

En este sentido, y en el marco de un nuevo Día de la Independencia, el investigador reflexiona sobre el rol de los historiadores profesionales en la búsqueda de un equilibrio entre la ritualización del pasado y la investigación académica de los procesos históricos.

¿Cuál es la importancia de las efemérides?

Estas fechas no sirven sólo a la ciencia; marcan también rituales cívicos. Y esa doble faz implica desafíos investigativos, pedagógicos e incluso comunicativos. Quienes historiamos el siglo XIX de manera profesional debemos intentar que las distintas dimensiones no queden desequilibradas. Dicho de otra forma, que la información que circule en aulas, podcast, salitas del nivel inicial o primario, se articule de alguna manera con la dimensión investigativa, aun sabiendo que cada espacio tiene su propia lógica. Sólo por dar ejemplos, los detalles de los congresales, así como el trazo grueso de la explicación del período deben encontrar ciertos consensos. Esos consensos se refieren a muchísimas preguntas: ¿de qué color era en realidad la casa de Francisca Bazán de Laguna hacia 1816? ¿Quién era esa mujer y por qué un Tucumán tan distante del puerto fue anfitrión de un Congreso tan relevante? ¿Cómo eran los territorios del norte rioplatense, y por qué no podemos pensarlo como idéntico a las provincias actuales? ¿Cuáles fueron los objetivos del Congreso, y cuáles sus principales obstáculos? ¿Cómo se vincula la declaración de la independencia con todo el proceso revolucionario? ¿Qué pueblos, qué sectores se encontraban representados, y qué lazos coloniales se estaban rompiendo? Y se pueden plantear cientos de preguntas más.

¿Se puede lograr un equilibrio entre ritualizar el pasado e investigarlo?

En ello trabajamos. Un primer punto de partida para entender el proceso es arrancar más de la desarticulación del imperio español que de la existencia de países sudamericanos, que en las décadas de 1810 y 1820 apenas podían esbozarse. Esos hechos deben enmarcarse en un continente americano en transformación; deben, además, entroncarse adecuadamente con los sucesos de 1810 y con episodios anteriores, que tienen una escala atlántica. Y, para agregar más dificultad al trabajo, historiadores e historiadoras tenemos que entender que los rituales -en cualquier país- son necesarios, pero diferentes del discurso historiográfico y metodológico, y tenemos que dar a conocer los resultados de nuestras investigaciones, y trabajar por eso de una manera conjunta.

Ya hace un tiempo la Casa Histórica de la Independencia dejó de tener las ventanas verdes con las que la representaba Billiken hace 50 años. ¿Qué pasó?

Hace ya algunas décadas un historiador nacido en Santiago del Estero, Ramón Leoni Pinto, desarticuló algunas nociones sobre aquella reunión de pueblos ocurrida en 1816. Encontró los documentos originales que muestran que la casa de Francisca Bazán de Laguna había sido alquilada, no cedida “patrióticamente”. La cuestión no quitaba honorabilidad a las familias locales, pero tensaba la frágil cuerda que ata la memoria con la historia. Sus trabajos de archivo, y también la labor posterior de arquitectos y arqueólogos en la Casa Histórica, encontraron también -efectivamente- que no estaba pintada de verde y amarillo avejentado, sino que tenía blancas las paredes, y azul de prusia las puertas y las ventanas. Estos hallazgos generaron resistencia, y hasta la actualidad no han circulado completamente por el país estos cambios de interpretación, y por eso continúa habiendo desfases entre la investigación y los contenidos educativos.

Igualmente, la investigación, el análisis y el revisionismo de las primeras “historias de manual” no tratan sólo sobre este tipo de detalles, ¿no es así?

Claramente, estas nuevas pistas se entroncan con algo más significativo que diferenciar el amarillo del banco. Historiadores del CONICET como Gabriel Di Meglio, Alejandro Rabinovich y, principalmente, Alejandro Morea han mostrado el peso del Ejército Auxiliar del Perú y su relación con aquel grupo de diputados. Es decir, la guerra es un elemento ineludible en el Tucumán de ese tiempo, en Salta, en Mendoza, en Buenos Aires. Permite entender la impronta que tuvieron, en aquel grupo de congresales, Manuel Belgrano y su preocupación por el uso de determinados colores y símbolos; también para ubicar que la casa había sido usada (mucho antes de 1816) por soldados y oficiales. Y previamente, es menester conocer qué relación tuvo con la Declaración de la Independencia ese ejército creado en 1810, y qué articulaciones tuvo con los congresales, y con los pueblos allí representados.

¿Cómo trabaja la historiografía actual estos procesos históricos tan relevantes para la idea de patria?

Divulgación, investigación, docencia media o universitaria son elementos de un cuerpo que deberían nuclearse más, pero a menudo se descabezan, o se desarticulan como partes inconexas; de allí el carácter central de la investigación científica y del CONICET. Por eso, en el Instituto Ramón Leoni Pinto trabajamos el 9 de julio desde agendas renovadas. Primero que nada, entendemos que los tratamientos de estos procesos no son de índole local (tucumana) sino americanos y atlánticos. Ubicamos a San Miguel de Tucumán como una ciudad transformada por la guerra, que había accedido en 1814 al estatus de provincia, separándose de la Intendencia Salta. Hemos estudiado el contexto que rodea el decreto de Gervasio Posadas que mencionaba las contribuciones del pueblo tucumano en batallas como la del 24 de septiembre de 1812. Eran además tiempos de nubarrones a ambos lados del océano, con nuevos miedos por el retorno de Fernando VII. Había que ubicar cronológicamente esos meses de retornos monárquicos, y pensar que la humilde y pequeña Tucumán sólo podía ser sede de un congreso teniendo en cuenta el clima de cuestionamientos a Buenos Aires tras Fontezuelas -la rebelión del Ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 3 de abril de 1815, contra el gobierno del director supremo Carlos María de Alvear-. San Miguel de Tucumán sólo podía recibir circunstancialmente el ejército de más 2 mil hombres que se asentó en su suelo y, además, albergar un Congreso desde marzo de 1816. Se trataba de una difícil centralidad, ya que era un poblado apenas removido de su lógica comercial y cultural de Antiguo Régimen, pero para nada pasivo frente a los cambios devenidos de la guerra y de la política. Buenos Aires, como núcleo de la revolución, llegaría con sus siete diputados. Es cierto que las reuniones fueron cerca de la montaña, pero también es cierto que el puerto se hacía sentir en aquella cantidad un poco sobre-representada de diputados, y también en la enorme influencia que despertaba ese ejército al que Buenos Aires nutría con sus principales oficiales; sin dudas también soplaban vientos “desde el río” en la presencia de Manuel Belgrano, que se radicó en suelo norteño entre 1816 y 1819.

La presión era notoria, entonces. ¿Qué canales encontró esa presión para fluir?

La larga estadía de Belgrano había generado entusiasmo, pero también desconfianza frente a proyectos independentistas todavía difusos, y frente a aquel ejército al que llamaban “porteño”. El miedo, que también es objeto de estudio, es la punta del iceberg para entender cómo los pueblos del norte hacían sentir el desgaste de la guerra; mostraba además cómo los sectores populares participaban aceptando directivas, pero también cuestionándolas. Las dudas y las angustias se plasmaban no sólo en actos de insubordinación o motines militares; también en rumores, canciones satíricas gritadas en secreto en los campamentos y otras expresiones que es importante estudiar. Si no analizamos estas participaciones populares, a veces anónimas, no podremos por ejemplo entender las versiones que circulaban en 1816, que aseguraban que el dominio español podía aliarse con la expansión portuguesa. Esa angustia circulaba de boca en boca y terminó generando nada menos que cambios en el Acta: al texto independentista se le agregó “de toda dominación extranjera”, referencia más amplia que la corona hispánica y con fuertes implicancias político-jurídicas.

¿Existe entonces una suerte de confrontación o guerra de cronologías?

Aportes muy valiosos de colegas de las Ciencias Sociales han generado fisuras en antiguos relatos que ponían todo su eje en las carretas, en el traslado de diputados y en la contribución de familias patricias. Es que urge lograr entre las narrativas escolares, la apropiación estatal del culto y las líneas investigativas una sinergia mayor a la que están teniendo; de allí el carácter fundamental de la transferencia y la federalización de la ciencia. Según Marcela Ternavasio, más que plantear una guerra de cronologías habría que hilvanar los puntos que unen al 25 de mayo y al 9 de julio, englobando de manera atlántica lo ocurrido tras el vacío de poder causado en España por el avance napoleónico. Y así volvemos a lo del doble cumpleaños: Ternavasio se refiere a esa doble efeméride, no sólo acudiendo a los sucesos dos veces centenarios, sino también, precisamente, a cómo las sociedades recuerdan sus eventos. Los rituales, los trajes de niños y niñas en la escuela, hasta la gastronomía desplegada parece por momentos aunar ambas fechas distantes seis años y más de mil kilómetros.

¿Cómo se vive en Argentina la celebración del 9 de Julio?

El 9 de Julio como momento clave del calendario argentino, y la evocación permanente de aquel Congreso que declaró la independencia respecto de la monarquía hispánica, toca las fibras más sensibles del relato nacional. Un espacio físico -Tucumán, y la casa donde ocurrieron los hechos-, y un tiempo que es ahora ritual, cada 9 de Julio. Han quedado estampados con firmeza en las emociones de la población. Cada vez que el calendario alcanza ese número, quien preside el país debe apersonarse en ese espacio ritual, específicamente estar en el Salón de la Jura. Esta hábil utilización desde la política de una narrativa simplificada sobre los orígenes de un pueblo sigue siendo en Argentina, como en otros países, una de las claves de un nacionalismo que muestra facetas folclóricas, identitarias, y en ocasiones belicosas. El hecho de que los festejos sigan ocurriendo lejos de la gran capital económica y cultural les otorga particularidad, o hasta cierta cuota extra de folclore, que los medios nacionales tienden a hilvanar mediante una cobertura de “Ushuaia a la Quiaca”, por así decirlo, evidenciando que las comunidades imaginadas pueden pensarse desde lugares remotos y que la Nación es también sus intersticios.