05/05/2017 | JORNADAS DE PERIODISMO CIENTÍFICO
“La ciencia, más que noticias, tiene historias: encontrar espacio para contarlas es un desafío para el periodismo”
Lo dijo Golombek en el marco de la 43.ª Feria del Libro. Reflexionó sobre ciencia y literatura junto a Esteban Peicovich y Paula Bombara.

Las Jornadas Federales de Periodismo Científico –organizadas por la Dirección de Relaciones Institucionales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)– se realizaron en el marco de la 43.ª Feria Internacional del Libro, con un formato especial y alusivo al contexto, para reflexionar sobre diversas experiencias donde se cruzaran ciencia y literatura. Para ello, los invitados fueron tres escritores con vinculación con lo científico: Diego Golombek, Dr. en Ciencias Biológicas del CONICET y editor de la colección Ciencia que Ladra de Editorial Siglo XXI, Paula Bombara, bioquímica, escritora y directora de la colección de divulgación científica para niños ¿Querés Saber? de Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) y Esteban Peicovich, poeta, periodista, autodidacta y director de la revista “Ciencia Viva” que editaba el diario La Razón.

Para comenzar, los tres invitados resumieron sus inicios. Golombek dijo que siempre tuvo inclinaciones humanísticas y estudió biología sin saber bien por qué, pero que luego pudo integrar los dos mundos que le interesaban: el arte y la ciencia, a través de formatos de divulgación científica con mucho de ciencia y de literatura, teatro, poesía. Por su parte, Bombara, que estudió bioquímica y luego se volcó de lleno a la literatura, de sus años de científica conservó el modo de investigar: esa metodología le sirvió siempre para desarrollar las ideas para sus libros. Y su pasión científica, que la trasladó a la colección que dirige por Editorial EUDEBA. En el caso de Peicovich, en un principio aclaró que no tiene mucha relación a priori con la ciencia, pero luego trazó una genealogía de hitos de su vida vinculados con lo científico: desde sus conexiones con monos –puntualmente un encuentro real que tuvo con un mono del Instituto de Primatología, con quien se relacionó durante varios años- hasta sus inicios como trabajador de un frigorífico en Berisso.

Luego, Golombek recordó los inicios de la colección “Ciencia que ladra”, en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), con la propuesta de contar la ciencia para un público masivo a partir de sus protagonistas, los investigadores. “Encontrar el estilo y el tono de la colección fue un hermoso proceso. Al principio, en 2001, –dijo- costó muchísimo salir de la solemnidad y que lo que escribíamos fuera un objeto literario, que los lectores se compenetraran tanto que se pasaran de su parada de colectivo. Empezamos muy tímidamente con una serie de cinco libros y la recepción, para nuestra sorpresa, fue muy buena. Luego la colección creció tanto que nos asociamos con la Editorial Siglo XXI y dejamos de hacer persecución de autores –convenciendo a los científicos para que usaran parte de su tiempo en escribir estos libros-, para pasar a ser perseguidos”.

En cuanto a la colección “¿Querés saber?”, Bombara relató que la idea nació en 2002 por parte de EUDEBA (hoy lleva cuarenta libros publicados). Fue a través de una colección de divulgación científica para niños que se estaba generando en Estados Unidos. “Desde el comité asesor de EUDEBA me contactaron -porque sabían que además de ser bioquímica escribía-, para pedirme una devolución de lo artístico y del texto científico sobre ese material estadounidense. No pude evitar poner en el email que les envié en respuesta una post data, manifestándoles que me parecía que con la calidad científica del país tranquilamente podíamos hacer una colección similar acá. Al día siguiente, me pidieron que les presente el proyecto. En ese entonces yo todavía estaba en mi vida de bioquímica pero asistía a un taller literario, entonces le pedí a mi maestra que me ayudara a prepararlo y les gustó. Así surgió todo”. Además, comentó que una de las características de la colección es trabajar sin tiempos estrictos para elaborar el texto y las ilustraciones; que lo fundamental es armar buenos equipos de trabajo. “La base es el equilibrio entre ciencia y arte y la idea de fondo es ver qué hace un científico todos los días, que no se queden con la idea del científico aislado de la sociedad”.

“Estábamos en un momento bisagra de la historia del siglo XX y se nos ocurrió hacer un suplemento para los martes con el Diario La Razón”, recordó a su turno Peicovich sobre la revista de divulgación científica que dirigió a fines de los 60, duró cuatro años con más de trescientas ediciones y llegó a vender más de un millón de ejemplares. “Nos ocupamos de grandes noticias de los inventos de ciencia y tecnología, que ya empezaban a circular, pero parecían de ciencia ficción”.

 

El idioma de cada uno

En otro tramo del encuentro, Peicovich profundizó en la importancia de las palabras con las que se comunicaba y se comunica, y esbozó una teoría sobre las palabras propias, aludiendo a que cada persona tiene su propio idioma, y una de las finalidades de la vida debería ser encontrar esa clave propia. “Esa búsqueda de las propias palabras es de toda la vida –coincidió Bombara-. En cada novela que escribo, mi intención es salir del proceso transformada. Somos una acumulación de paisajes, cada escritura me permite conocer uno nuevo de los que me componen”.

“Lo periodístico –continuó Golombek- implica seguir una agenda, en cambio, en las columnas de divulgación que escribo para La Nación me siento más libre. Una columna es como un cuento, te permite un formato breve, y un libro es un trabajo de largo aliento. Uno de los problemas del periodismo científico es que está limitado por exigencias del cierre y espacio en un diario, que no permiten que ingrese la ciencia, porque no tiene novedades sino que tiene historias. Transformar una historia en una noticia a veces deja de lado todo lo científico”.

Por último, Peicovich mencionó algunos poemas científicos de la historia de la literatura. Y consultados por los asistentes por algún consejo para comunicar ciencia en los medios, Golombek subrayó la importancia de tener claro el mensaje que quiere darse pero también el soporte. “Muchas veces el rigor científico está pero se olvida, por ejemplo, que el objeto en el que se está inscribiendo es un libro, que también debe ser literatura para que la gente lea apasionadamente”. Y Bombara agregó: “Muchas veces por el propio lenguaje de la ciencia uno queda ajeno a la pasión que el científico tiene por lo que hace. Vehiculizarlo por algún canal artístico hace más visible el factor emocional o pasional, y eso logra que el espectador se reconozca en ellos. Mientras uno pueda mantener la pasión en un trabajo, siempre el trabajo va a ser mejor”.

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