15/05/2017 | PROGRAMA VOCAR
Ciencia y género en la Feria del Libro
Diana Maffía, Juana Gervasoni y Valeria Román hablaron de las dificultades que deben enfrentar las mujeres dentro del sistema científico tecnológico y su rol histórico, que fue fuertemente invisibilizado.
Laura Noto, coordinadora del Programa VocAr, junto a Juana Gervasoni, Diana Maffía y Valeria Román. Foto: CONICET.
Laura Noto, Diana Maffía, Juana Gervasoni y Valeria Román. Foto: CONICET.

Hipatia de Alejandría fue, según algunas fuentes, la primera mujer científica de la que se tenga registro. Murió en el 415. Desde ese entonces hasta ahora la historia de cuenta de miles de casos de mujeres que, por ser mujeres, fueron marginadas, excluidas o invisibilizadas dentro del ámbito científico académico de la sociedad occidental.

En la 43º Feria Internacional del Libro, el CONICET organizó una charla debate sobre ciencia y género, del cual participaron Juana Gervasoni, investigadora independiente del CONICET en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y docente del Instituto Balseiro, Diana Maffía, Directora del Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires y una de las cinco ganadoras del diploma al mérito del Premio Konex 2016: Estudios de Género, y Valeria Román, licenciada en Ciencias de la Comunicación y una de las ganadoras del diploma al mérito del Premio Konex 2017 en la categoría Periodismo Científico.

La primera exposición estuvo a cargo de Valeria Román, quien habló sobre Género, Ciencia y Periodismo. “Descubrí en gran parte gracias a Diana Maffía y a la Red de Argentina de Género, Ciencia y Tecnología (RAGCYT) la situación de las mujeres en la ciencia”, comentó. Habló de la situación de las mujeres en la ciencia en general y de algunos casos emblemáticos, como el de Rosalind Franklin, la química y cristalógrafa inglesa cuyas investigaciones usaron James Watson y Francis Crick para publicar la investigación sobre la forma del ADN humano y que les valió el Premio Nobel en Fisiología o Medicina de 1962. “Todos hablamos del ADN pero muy pocos reconocen el papel que jugó Rosalind Franklin”, dijo.

Otro caso que mencionó fue el de Elena Larroque, esposa de Ángel Roffo, y quien participó en muchas de sus investigaciones en cáncer. “Un instituto hoy lleva el nombre de él, pero la participación de ella es muy poco conocida, que incluso fue la fundadora del LALCEC (Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer)”, agregó.

También contó al auditorio que, a lo largo de la historia, gran parte de la contribución de las mujeres en la ciencia fue invisibilizada, con prácticas que fueron desde negarles la participación en los trabajos científicos y no incluir su firma, hasta evitar o limitar su ingreso a diferentes universidades y centros. Y añadió que si bien los últimos años las mujeres han ganado visibilidad “aún hay cuestiones muy sutiles para tener en cuenta”.

“Como periodista, a veces he notado que el director varón de una investigación tendía a querer salir sólo en la foto o en el artículo periodístico. Me llevó a pensar que desde el periodismo debemos tener en cuenta la diversidad de género en las fuentes que consultamos y citamos en nuestras producciones”, concluyó.

La segunda exposición estuvo a cargo de Juana Gervasoni, quien hizo una recorrida por la opinión que filósofos y científicos expresaron sobre las mujeres, a veces en nombre de la ciencia, señalándolas como sujetos incapaces, a mitad de camino de la evolución, sin condiciones morales ni racionalidad. No obstante esas opiniones, señaló la presencia de muchas mujeres destacadas en la ciencia en diversas disciplinas a lo largo de la historia, sobre todo a partir del siglo XX, destacando por su importancia las dedicadas a ciencias exactas y naturales. También habló de aquellas que habían recibido el Premio Nobel en ciencias, una minoría frente a varones que también lo obtuvieron. Para consolidar la permanencia de mujeres en ciencia, señaló la importancia de incluir un enfoque de género en la educación y en las instituciones de la ciencia.

“Es demoledor cuando una se entera que un premio Nobel dijo en relación a las mujeres en el laboratorio: ‘puedes enamorarte de ellas, ellas se enamoran de uno y, cuando las criticas, se ponen a llorar’”. (Por el inglés Tim Hunt)

Y habló de la situación de la Argentina en ciencia y tecnología: “Ocurre el efecto tijera”, dijo, “en los escalafones más bajos hay igualdad o en casos las mujeres están en una proporción un poco mayor, pero en algún punto eso se quiebra y en los planos más altos la mayoría son hombres”.

Diana Maffía, en su charla, retomó este punto. “El momento en que se produce el efecto tijera esta marcado por la edad”, comentó, y agregó que ese ‘quiebre’ ocurre entre los 30 y3 5 años y es el momento en que muchas mujeres, a la vez que consolidan su carrera, tienen hijos.

Desde la RAGCYT estudiaron como las mujeres sortean esta confluencia entre la consolidación en su carrera y el periodo reproductivo. En los testimonios recogidos en una investigación cualitativa reciente se observa que, en una gran proporción de casos, la mujer debe balancear su trabajo y estudio con las tareas del hogar y el cuidado de los hijos mientras que el hombre, tradicionalmente, se vuelca más al trabajo y colabora poco en esas tareas. Otro factor que contribuye es el hecho de que no todas las instituciones cuentan con guarderías para los niños y que entonces las mujeres se ven obligadas a dejarlos al cuidado de otra persona o reducir su carga laboral y sus compromisos institucionales.

“En el CONICET el efecto tijera se da en la categoría de investigador independiente porque frente a exigencias mayores e igualdad de antecedentes los que obtienen los cargos son los hombres. Y no solo por una cuestión sexista sino porque tenés que demostrar que dirigís equipos, recibís subsidios y eso siempre está en manos de hombres, no así el cuidado de los hijos”, aseguró.

Para concluir, comentó que en el escalafón superior de la carrera del investigador científico del CONICET (investigador superior) sólo el 25 por ciento son mujeres. Cuando la RAGCyT comenzó a hacer estos estudios, hace 20 años, sólo el 8 por ciento de las investigadoras alcanzaba el nivel superior, y de ellas el 75 por ciento eran solteras.

“Llegaron al nivel superior dedicando su vida a la ciencia. El ideal de maternidad es una madre de tiempo completo, y el ideal de ciencia es una profesión de tiempo completo. Históricamente ese modelo masculino de profesión venía equipado con una mujer que cuidaba hijos, pero nosotras no lo tenemos salvo que lo derivemos”, finalizó.

Por Ana Belluscio.