Nota - 3/8/2020
29/07/2020 - CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES

El análisis de cientos de fósiles revela una joya paleontológica de 230 millones de años

Queda en La Rioja, al límite con el Valle de la Luna. A pesar de ser cuna de valiosos hallazgos, incluido un dinosaurio, fue históricamente ignorada.

El viento Zonda cuyano de aquellos días los detuvo, pero solo temporariamente. Corría 2013 cuando, aprovechando una visita a la ciudad de La Rioja en ocasión de las XVII Jornadas Argentinas de Paleontología de Vertebrados, un grupo de investigadores dedicado al estudio de los arcosauriformes –reptiles que existieron hace 250 millones de años– improvisó una breve exploración a la localidad Hoyada del Cerro Las Lajas. Limitante con el Valle de la Luna en San Juan, donde se han encontrado importantísimos restos fósiles, el sitio tiene rocas de la misma antigüedad pero mucho menos estudiadas. Aunque encontraron pocos materiales, intuyeron que había más y organizaron tres campañas en 2016, 2017 y 2019 de las que participaron además expertos de otras parte de la Argentina, Brasil y Estados Unidos. De esos viajes volvieron con un gran número de huesos de distintos animales que vivieron en épocas remotas y, más importante aún, las respuestas a interrogantes de larga data. Todas las novedades se publican hoy en la revista Scientific Reports.

Con rocas de aproximadamente entre 231 y 221 millones de años de antigüedad, la Formación Ischigualasto es una unidad geológica perteneciente al Triásico Superior. “Durante décadas, la mayoría de los fósiles fueron encontrados en San Juan, y recién a comienzos de 1960 hubo hallazgos en el mismo terreno, pero del lado riojano”, cuenta Julia Desojo, investigadora del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP) y primera autora del trabajo científico. Se refiere a las expediciones del paleontólogo José Bonaparte, responsable del descubrimiento de innumerables restos de faunas extintas, que en una campaña del ’62 descubrió un arcosaurio –grupo de reptiles que dominaron el planeta durante ese período antiquísimo– inédito que fue bautizado posteriormente Venaticosuchus rusconii, y un ejemplar de dinosaurio herbívoro muy primitivo llamado Pisanosaurus mertii.

“A pesar de los descubrimientos, Bonaparte y sus colaboradores siguieron estudiando otras áreas y esta zona quedó relegada. Tanto, que hasta llegó a ser omitida en algunos trabajos científicos o catalogada como ´pobremente fosilífera´”, expresa Desojo, a cargo de las perseverantes campañas paleontológicas que apostaban por el Cerro Las Lajas como un sitio mucho más rico de lo que parecía. En efecto, esos viajes posteriores resultaron fructíferos y el equipo consiguió exhumar más de cien nuevos fósiles de vertebrados que fueron ingresados a la colección del Centro Regional de Investigaciones Científicas y Transferencia Tecnológica de La Rioja (CRILAR, CONICET-UNCA-UNLAR-SEGEMAR-Gobierno de La Rioja). Los más abundantes pertenecen a distintas especies de arcosauromorfos –grupo muy primitivo que incluye al linaje de los cocodrilos y los dinosaurios–, entre los que aparecen ejemplares hasta ahora desconocidos.

“Los hallazgos son múltiples y variados. Pudimos reconocer por primera vez en la zona la presencia del género Teyumbaita, un arcosauromorfo con un cráneo robusto y picudo que medía hasta 2 metros y que solo se conocía previamente en rocas de la misma antigüedad pero en Río Grande del Sur, en Brasil”, relata Desojo. Entre los descubrimientos, se destacan además restos del cráneo y esqueleto axial, es decir los huesos que se ubican a lo largo del eje central del cuerpo, de otros tres animales emparentados con los cocodrilos actuales no solo por su apariencia sino también –en algunos casos– por tener hábitos semiacuáticos: Proterochampsa, Aetosaurorides (a su vez también parecido a una mulita), y un paracocodrilomorfo que no se pudo determinar con exactitud. Asimismo, aparecieron restos de cinodontes, formas relacionadas a los mamíferos, más específicamente correspondientes al género Exaeretodon, un herbívoro cuadrúpedo del tamaño de un tapir. Si bien se trata de una fauna de la que hay registros para esa época a nivel mundial, no había hasta el momento evidencias de su existencia en ese territorio.

Además de la búsqueda y extracción de fósiles, el equipo de especialistas aprovechó las campañas para confeccionar una columna estratigráfica de la localidad con mil metros de espesor, esto es, un gráfico que representa detalladamente la secuencia de rocas sedimentarias, mostrando las más antiguas en la parte inferior –dado que comúnmente son las primeras en depositarse–, y las más recientes cerca de la superficie. Con ese esquema, buscaron capas de cenizas volcánicas y en ellas unos cristales muy pequeños generados por el magma llamados zircones que sirven para obtener dataciones absolutas de los materiales que se acumularon con el paso del tiempo. Gracias a este estudio, los científicos lograron conocer las edades precisas de varios niveles. “La verdad es que este análisis geocronológico junto a los nuevos hallazgos nos permitieron sacar una foto instantánea de este lugar olvidado, y hoy lo consideramos una ventana a la Formación Ischigualasto pero en La Rioja”, apunta la especialista.

La columna estratigráfica también permitió ajustar la antigüedad de los ejemplares hallados por Bonaparte. “En el caso de Pisanosaurus lo que hicimos fue tomar un fragmento del sedimento adherido al fósil original y analizarlo a la luz del modelo de datación que obtuvimos: en base a la composición y otros cálculos pudimos determinar de qué nivel proviene, y por ende, conocer su edad: 229 millones de años”, describe Lucas Fiorelli, investigador del CONICET que también coordinó las campañas. De acuerdo a esta evidencia, queda ubicado dentro de un grupo de dinosaurios llamados ornitisquios, hecho que le otorga una relevancia especial teniendo en cuenta que sería el registro más antiguo del mundo. Para Venaticosuchus, los investigadores buscaron fotos originales de la campaña de 1962 junto a datos de su libreta de campo y lograron reconocer en el relieve actual el lugar exacto donde fueron encontrados sus restos. Nuevamente utilizando la información de la edad de las rocas, realizaron correlaciones con otras especies que, al haber aparecido en la misma capa, puede inferirse que coexistieron entre sí.

El período Triásico Superior o Tardío es la última de las tres divisiones del Triásico, y abarca desde hace 237 millones de años hasta hace 196 millones de años. Fue, junto con los períodos siguientes Jurásico y Cretácico, el apogeo de los reptiles en todo el planeta. El clima era cálido y seco, con veranos intensos pero también inviernos muy fríos. Por las formas de vida que se desarrollaron, se trata de una época que siempre resulta atractiva tanto para científicos como para el público no especializado. “El estudio multidisciplinario realizado en esta clásica localidad del oeste riojano aumenta el conocimiento geológico y paleontológico regional y aporta información crucial para el desarrollo de un nuevo geositio aplicado al geoturismo que tan importante es para la provincia”, expresa Fiorelli.

 

Por Mercedes Benialgo
Referencia bibliográfica: Julia B. Desojo, Lucas E. Fiorelli, Martín D. Ezcurra, Agustín G. Martinelli, Jahandar Ramezani, Átila. A. S. Da Rosa, M. Belén von Baczko, M. Jimena Trotteyn, Felipe C. Montefeltro, Miguel Ezpeleta, Max C. Langer. 2020. The Late Triassic Ischigualasto Formation at cerro Las Lajas (La Rioja, Argentina): fossil tetrapods, highresolution chronostratigraphy, and faunal correlations. Scientific Report. DOI: https://doi.org/10.1038/s41598-020-67854-1 Sobre investigación: Julia B. Desojo. Investigadora independiente. FCNyM, UNLP. Lucas E. Fiorelli. Investigador adjunto. CRILAR. Martín D. Ezcurra. Investigador independiente. MARCNBR. Agustín G. Martinelli. Investigador adjunto. MARCNBR. Jahandar Ramezani. Instituto de Tecnología de Massachusetts, USA. Átila. A. S. Da Rosa. Universidad Federal de Santa María, Brasil.
  1. Belén von Baczko. Investigadora asistente. MARCNBR.
  2. Jimena Trotteyn. Investigadora adjunta. CIGEOBIO.
Felipe C. Montefeltro. Universidad Estatal Paulista, Brasil. Miguel Ezpeleta. Investigador asistente. CICTERRA. Max C. Langer. Universidad de San Pablo, Brasil.