INVESTIGADORES
RATTO silvia Mabel
congresos y reuniones científicas
Título:
Entre las tolderías y las estancias. Contactos interétnicos en la campaña bonaerense en tiempos de la Confederación
Autor/es:
SILVIA RATTO
Lugar:
Huerta Grande, Cordoba
Reunión:
Jornada; IX Jornadas argentinas de estudios de población; 2007
Institución organizadora:
AEPA
Resumen:
En el año 1854 se realizó el primer registro estadístico de la provincia de Buenos Aires. El mismo consignaba que solamente en el partido de Azul existía población indígena asignándole un número, claramente redondeado, de 6000 personas. Quince años después, en el primer censo nacional de 1869 el registro de la población nativa dentro del territorio provincial fue anotada de dos maneras diferentes. Por un lado, se repetía la imprecisión con respecto a los indios de Azul que habían descendido a ?unas setecientas lanzas o sea tres mil quinientos individuos?. Pero, por otro lado, en las cédulas censales de algunos partidos bonaerenses se pueden encontrar pobladores indígenas. Sin embargo, a la hora de registrarlos se hace evidente, la vaguedad con se nomina su nacionalidad y su lugar de origen y el claro blanqueamiento de aquellos indígenas que habían llegado a ser jefes de unidades censales importantes.[1] Esta imprecisión en la forma de registrar a la población nativa fue advertida por Hernán Otero quien planteaba que el indígena constituyó para el estado, un colectivo indiferenciado que solo importaba en relación con su capacidad militar y su condición de enemigo real o potencial.[2] De manera similar, durante todo el siglo XIX los registros gráficos de las propiedades rurales de la campaña de Buenos Aires no hicieron alusión al territorio indígena. Así, el Estado utilizaba precisamente los censos de población y las mensuras de tierras como dos herramientas centrales para medir y controlar los recursos dentro de su soberanía en construcción, soslayando la presencia indígena. [3] Pero si se comparan estos datos estadísticos con otro tipo de documentación también oficial, pero más cercana a las zonas de población indígena como la correspondencia con las autoridades a los pueblos más fronterizos y algunos informes especiales, comprobamos la distancia existente entre los dos tipos de informaciones. Para dar sólo unos ejemplos, mientras los registros catastrales de 1855 y 1864, no presentan ninguna información sobre el territorio habitado por los aborígenes, en el informe realizado para el Ministerio de Gobierno por el sargento mayor Juan Cornell sobre las suertes de estancia del Azul en octubre de 1859, no sólo se menciona la ocupación de parte de esas suertes por toldos pertenecientes al cacique Catriel, sino que, en el plano que se adjunta, se establece claramente la ubicación de ésos en un área comprendida entre los arroyos Tapalqué y Nievas. Un año después, el general Ignacio Rivas, jefe de la frontera sur, realizaba un plano en donde dichas tolderías eran ubicadas ?a dos leguas escasas de este pueblo [Azul] al noroeste y se prolongan hasta Tapalquén?. [4] De igual manera, poco antes de la realización del censo provincial de 1854, en el que  recordemos que se registraba población indígena solamente en el partido de Azul, el sargento Miguel Clabel elevó al entonces gobernador Rosas un informe sobre los pobladores, puestos y haciendas existentes en el área de Bahía Blanca en el que señalaba la existencia de varias unidades productivas a cargo de indígenas[5]. Este tipo de documentación, analizada, a su vez, en el marco de nuevas elaboraciones conceptuales sobre los procesos de contacto interétnico[6] ha permitido, desde hace un par de décadas, que los espacios fronterizos hayan dejado de ser considerados lugares donde dos sociedades antagónicas, la indígena y la hispanocriolla, se vinculaban solamente a través de relaciones conflictivas y violentas. Concretamente en los estudios referidos a la frontera bonaerense, tanto desde las investigaciones centradas en el mundo indígena como aquellas que ponen el énfasis en el mundo rural, hay un consenso en reconocer, por un lado que se trata de universos ?el indígena y el hispanocriollo- muy heterogéneos y que, por otro lado, estos espacios muestran intensas relaciones intra e interétnicas, e incluso intersociales, en la medida en que la variable étnica parece desdibujarse en muchos aspectos y se presenta más como una preocupación de los historiadores que como una característica de la dinámica de los procesos históricos.[7] En esta presentación vamos a ampliar un poco más el espacio a analizar planteando que también existía una fluida relación entre la población criolla e indígena asentada en la campaña bonaerense y grupos nativos que vivían en el interior del territorio indígena registrándose un constante pase de personas y de bienes de uno a otro espacio. Nos referiremos para ello a un período acotado, 1852-1862, pero que presenta una particularidad que hace mucho más visible esta relación. Es, precisamente, el momento de confrontación entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación, durante el cual la búsqueda de alianzas con grupos indígenas tanto de la región pampeana como de aquellos asentados en territorio provincial, a los que se esperaba incorporar como fuerzas auxiliares o como factores de presión ?prácticas que no eran nuevas sino que se remontaban al período revolucionario- alcanzó su mayor intensidad. Pero, al lado de estos contactos básicamente diplomáticos, se mantuvo en ese período la práctica comercial, uno de los aspectos más característicos de las relaciones interétnicas.