INVESTIGADORES
LAWLER Diego
libros
Título:
La respuesta a la pregunta: técnica, metafísica y valores
Autor/es:
LAWLER, DIEGO Y VEGA, JESÚS (EDS.)
Editorial:
Editorial Biblos
Referencias:
Lugar: Buenos Aires; Año: 2009 p. 303
ISSN:
978-950-786-767-5
Resumen:
1. “La respuesta a la pregunta”. No es un título irónico, a pesar de una referencia a La pregunta por la técnica que no pretende estar velada. No debe olvidarse que el preguntar filosófico está sometido a una inquisición de sus propias condiciones. ¿Hay pregunta sin respuesta? Podría ser el caso de que una pregunta filosófica no tuviera respuesta definitiva. Sin embargo, eso no hace que la respuesta que se ofrece no sea condición misma del preguntar. Heidegger traza el camino del pensar a través del preguntar, pero al mismo tiempo reconfigura las condiciones del responder. Insiste en la actitud de ahondar la interrogación, pues en el preguntar se manifiesta y se experimenta lo esencial de la cosa por la que se pregunta. La respuesta no está en un enunciado o afirmación que podamos recoger y ligar con otros enunciados. No puede decirse sin más: la técnica es fundamentalmente una relación instrumental del hombre en la que se gesta un cierto tipo de productos culturales. Las respuestas de esta clase se hallan nuevamente sometidas a la interrogación. En este sentido no damos respuesta a la pregunta; por el contrario, el pensar sólo se cumple a través de nuestra disposición, nuestra espera, nuestro estar al acecho, como en ocasiones dice Heidegger. Visto de este modo, una respuesta no sólo dice algo que pretendemos tomar como definitivo sino que, al mismo tiempo, oculta algo, oculta eso mismo que hay que volver objeto del pensamiento.   En el hacer humano, hay algo que se retira y nos da la espalda. Se retira aquello que es medida de todo hacer y dejar de hacer (Heidegger, 1993). Heidegger nos invita a transformar la actividad del pensar en un meditar, en un camino donde las respuestas que se dan al preguntar son recogidas como interpelaciones de la esencia de aquello por lo que se pregunta. Heidegger se pregunta por la esencia de la técnica e insiste en que ésta no es algo técnico. En este preguntar metafísico importa, entonces, menos la forma en que la técnica es transformadora de la naturaleza (o el sentido en que el hombre construye un mundo cultural a su medida) cuanto el hecho de que en la técnica se manifiesta un modo de ser o de darse de lo real. De allí que Heidegger nos proponga un enfoque ontológico sobre la técnica, donde lo que debe ocuparnos no son las determinaciones concretas de los objetos técnicos que pueblan la cultura sino esencialmente el modo en que se presenta todo lo que es. Por consiguiente, la tarea del pensar no consistiría en la reflexión sobre las condiciones de nuestra cultura, donde la ciencia o la técnica representan actividades y fuerzas ordenadoras cruciales. Si ocurriera de esta manera, ello nos entregaría a una concepción puramente antropológica e instrumental de la técnica; lo cual constituiría una forma de olvido de lo esencial, y en definitiva la retirada de aquello por lo que se pregunta. Para decirlo nuevamente, carecería de sentido, en la pregunta ontológica por la esencia de la técnica, preguntarse por el impacto sobre la naturaleza de nuestras realizaciones técnicas, por la dimensión cultural y humana del fenómeno técnico o incluso por la idea misma de naturaleza que domina en la época de la técnica. En definitiva, no es el hacer mismo lo que importa, no es tampoco el hombre en cuanto que contribuye decisivamente al “acontecer” técnico; por el contrario, lo que importa es el sentido metafísico fundamental de la técnica, esto es, el reconocimiento, según Heidegger, de que su esencia no es humana.   Sin embargo, si este es su sentido metafísico fundamental, ¿en qué consiste ese espacio desde el cual se mide nuestro hacer y dejar de hacer? Y, sobre todo, ¿cómo desde este espacio puede surgir la trama valorativa y normativa en que se desenvuelve nuestra cultura? Si toda respuesta implica un olvido, nos atreveríamos a señalar que el olvido propiamente heideggeriano de su preguntar por la esencia de la técnica no es sino el olvido de la dimensión normativa del hacer humano. No puede uno contentarse metafísicamente con este olvido. De ahí el subtítulo de esta obra: “Técnica, metafísica y valores”.   El mundo antiguo percibió en lo real una trama normativa y teleológica que daba sentido a la vida humana en un cosmos ordenado. La modernidad hizo descansar en la autonomía humana la fuente de toda normatividad. Heidegger renuncia a ambas imágenes, pero al mismo tiempo deja sin tematizar explícitamente la dimensión normativa que debe regir nuestra relación libre con la técnica. Al señalar que la libertad no tiene nada que ver con la voluntad humana o nuestras capacidades de agencia causal en el mundo, Heidegger se priva por este mismo movimiento de pensar nuestra inserción normativa en la realidad. Puede que nuestro sometimiento a valores y normas no sea más que una ilusión metafísica; puede que en la entrega al destino, a la que nos conduce finalmente el pensar heideggeriano, se disuelva finalmente esa ilusión sin merma de una libertad que estamos lejos de entender o de conceptualizar. Sin embargo, esta misma entrega ciertamente nos aleja de la trama de la realidad o de los mundos en los que vivimos. Y ¿cuán lejos puede estar el filósofo de estos mundos? El cuestionamiento filosófico mismo siempre está en cuestión. No hay cuestionamiento filosófico genuino sin atender a las exigencias racionales que dan forma a los mundos en los que vivimos. Por consiguiente, un enfoque ontológico sobre la técnica no puede desatender la dimensión normativa; no puede estar en conflicto con un enfoque antropológico en el que tengan cabida las razones.   No obstante, hay en Ser y Tiempo una intuición que permite recuperar el pensamiento ontológico heideggeriano según una línea de interpretación algo diferente a la que finalmente se profundiza en La pregunta por la técnica. Pensar sobre la técnica es básicamente pensar sobre el modo en que el hombre trata con las cosas. En el tratar con y en el ocuparnos de las cosas se manifiesta un modo de ser de los entes, pero al mismo tiempo se nos ofrece cierta comprensión práctica de la realidad y de nuestro modo de estar en ella. Se trata de una relación de sentido con un mundo que se manifiesta claramente en nuestra vinculación con los objetos culturales, y cuya presentación fenomenológica fundamental se inscribe en el hecho de que estos objetos están dotados de valor. Los objetos técnicos, que en Ser y Tiempo se presentan como útiles, pertenecen claramente a las cosas dotadas de valor. Sin embargo, Heidegger renuncia a seguir este camino, pues considera que hay una dificultad fenomenológica esencial en el acceso a la estructura de valor. Heidegger parece afirmar que el hecho de que las cosas estén dotadas de valor no es esencial para el modo en que se nos dan en nuestro trato con ellas. Por el contrario, lo esencial, para él, son sus modos de ser qua útiles. Esta limitación marca el resto de sus consideraciones ontológicas. No obstante, hay un sentido en que la trama de los útiles, en tanto que se remiten unos a otros e interpelan al mismo hombre como punto de anclaje de la comprensión e interpretación de tales objetos, ya exhiben fenoménicamente la estructura constitutiva de valor de ese mundo. El valor esencialmente forma parte del modo de ser de los objetos culturales. Es más, la estructura de valor de los útiles nos es fenomenológicamente accesible en el trato mismo con ellos, en nuestra comprensión práctica de ese mundo con el cual nos relacionamos.   Sabrá disculpar el lector lo que tal vez estime como una excesiva atención al pensamiento heideggeriano sobre la técnica, sobre todo cuando éste habrá de ocupar escaso lugar en las páginas que componen este libro. El modo de enfocar y pensar la técnica de buena parte de quienes contribuyen a este volumen está alejado de las pretensiones metafísicas heideggerianas; incluso muchos de ellos manifiestan una cierta hostilidad por esa modalidad de enfocar los problemas. Sin embargo, la reflexión heideggeriana demuestra una profundidad filosófica que, de nuevo, pretende caminar hacia lo esencial mediante el reconocimimiento de lo que queda oculto. El pensamiento metafísico sobre la técnica debe necesariamente encontrar su lugar.   La propuesta, que trazaremos brevemente en la introducción a este volumen, partirá de conceptos que contrastarán en lo fundamental con la perspectiva heideggeriana. No obstante, parte de su interés reside precisamente en ello, i.e., en que intentan trazar un recorrido desde el cual la respuesta a la pregunta por la técnica no esté circunscripta por una mirada escéptica sobre nuestras posibilidades como agentes y pensadores, es decir, por una mirada que, en definitiva, engendra un aire cargado de pesimismo por estimar que estamos en una cultura que nos conduce hacia la catástrofe o la autodestrucción. En nuestro modo de buscar una respuesta posible al pesimismo heideggeriano, dos categorías contrastan decididamente con él: la noción de agencia y la de valor. Nuestra voluntad no se manifiesta únicamente como voluntad de poder, puesto que aquello a lo que posiblemente podemos acceder a través del ejercicio de nuestras capacidades aparecerá constreñido por valores que constitutivamente ordenan nuestras intervenciones técnicas en el mundo. Hay límites constitutivos, hay aspectos que exceden nuestra voluntad y nuestra agencia. Sin embargo, a diferencia de lo que Heidegger imaginó, son límites intrínsecos a nuestro esfuerzo por pensar nuestra incompletud.     2. La agencia técnica. Nuestro sentido común nos señala que si ocurre en el mundo la realización de una acción, esta realización supone la presencia de un sujeto de la acción. Sin embargo, hay cosas que hacemos sin percatarnos de que intencionalmente las hacemos, por ejemplo, hablamos por teléfono con un amigo para combinar un encuentro, y mientras hablamos, sin percatarnos naturalmente de que lo hacemos, garabateamos trazos en un papel. Nuestra reflexión ordinaria nos dice que hay un sentido en que garabatear trazos en un papel es una acción que nos implica a nosotros como sujetos de esa acción, i.e. en tanto somos sus efectores causales; sin embargo, al mismo tiempo nos sugiere que no estaríamos dispuestos a decir que nos implica a nosotros como el agente de esa acción, puesto que es algo que realizamos sin habérnoslo propuesto y sin percatarnos concientemente de que lo hacemos. Parecería seguirse, entonces, que ordinariamente sólo estamos dispuestos a reconocer la presencia de la agencia allí donde ocurre la realización de un evento que efectivamente sea una acción intencional. No obstante, que atribuyamos agencia solamente a la realización de una acción intencional todavía no nos dice nada acerca de qué convierte al sujeto de una acción intencional en agente de la realización de esa acción. Por consiguiente, una parte importante de la reflexión sobre la agencia consiste en enfrentar y responder el siguiente interrogante: ¿Qué relaciones mantiene el sujeto de una acción intencional con la acción misma para que pueda ser considerado agente de esa acción intencional? Detrás de la formulación de esta pregunta se encuentra agazapada una intuición que sugiere que la comprensión de la agencia no es independiente de la estructura que caracteriza a las acciones intencionales. Si esta intuición fuese una buena pista, entonces la exploración de la estructura misma de la acción intencional tendría que esclarecernos con respecto a las condiciones que hacen que atribuyamos a esa acción no meramente un sujeto sino un agente.   Considérese el siguiente ejemplo: Sara poda el limonero de su jardín. La cuestión es la siguiente: ¿Qué convierte a Sara en agente de la acción de podar el limonero de su jardín? Nuestra apreciación inmediata nos dice que Sara es el agente de esa acción puesto que, al podar el limonero de su jardín, Sara hace efectivamente lo que se ha propuesto y quería hacer. Esta apreciación parece indicarnos que atribuimos a Sara la condición de ser el agente de la acción de podar el limonero de su jardín cuando la realización del evento de podar el limonero del jardín es correctamente percibido como un logro de la propia Sara. Si esta sugerencia es correcta, lo que convierte a un sujeto de una acción en agente de esa acción no es independiente de las siguientes dos cuestiones: por una parte, del hecho de que el sujeto ha actuado de acuerdo con una intención o propósito que se ha dado deliberadamente; y por otra parte, del hecho de que esa intención o propósito ha producido eficazmente un cambio en la realidad controlado por el contenido de esa intención o propósito. Si darse deliberadamente un propósito y realizarlo es expresión de un cierto grado de libertad, entonces la comprensión de la agencia de la acción intencional encuentra su clave en el entendimiento del modo en que la libertad produce eventos de esa clase, donde la actividad productora de la libertad se refiere directamente al ejercicio de las capacidades humanas de exploración de posibilidades de acción (i.e. como ejercicio deliberativo sobre propósitos o fines) así como de realización práctica de la posibilidad finalmente escogida (i.e. de realización es esa posibilidad con cierto grado de eficacia y control). Para resumirlo en una frase: nuestra reflexión ordinaria nos dice que se es un agente de una acción, por oposición a ser meramente un sujeto, cuando esa acción es en un sentido fuerte producto de nuestra capacidad de pensar deliberadamente lo que queremos, hacer y lograr efectivamente eso que queremos (Broncano, 2006). Esta fuerte corazonada nos da el esqueleto que ahora deberíamos trasladar al caso de las acciones técnicas con el propósito de comprender los rasgos que asume la agencia en el contexto de esas acciones.   La acción técnica es una acción intencional; considérese, por ejemplo, la acción de componer las piezas del carburador de un auto. Sin embargo, como resulta evidente no todas las acciones intencionales son acciones técnicas, esto es, no diríamos que enviar intencionalmente una pelota de tenis hacia el ángulo derecho de la pista para que nuestro rival se quede sin ninguna oportunidad de devolución y ganar así el partido es una acción técnica. Por consiguiente, ¿cómo podrían ser caracterizadas las acciones técnicas? En términos generales, las acciones técnicas son acciones intencionales guiadas por planes de acción (i.e. diseños) y conocimientos aprendidos, que se ejecutan empleando productos de acciones técnicas anteriores (i.e. artefactos) para transformar y controlar la realidad material con el objetivo de adecuarla a la dialéctica de las necesidades y los deseos humanos. Existe un aspecto de la estructura de esta clase de acciones que ocupa un lugar destacado: en la realización de las acciones técnicas el agente no sólo se representa las acciones que realiza, sus posibles resultados y los objetivos que persigue, sino que, al mismo tiempo, se deja guiar por ese sistema de representaciones. Esta situación, junto al hecho de que estas representaciones pueden adecuarse o no a las acciones efectivas y sus resultados concretos, plantean gran parte de las cuestiones relevantes relacionadas con la caracterización de la estructura básica de la acción técnica. Se trata de cuestiones en su mayoría condensadas en la modalidad instrumental del contenido de la intención de la acción técnica intencional, esto es, la idea de hacer algo para realizar otra cosa. Ahora bien, ¿cómo podría trasladarse la intuición sobre la agencia que nos brinda la reflexión ordinaria al caso de las acciones que manifiestan esta estructura que hemos descrito? O para decirlo de modo más directo: ¿qué implica en el contexto de nuestra práctica técnica ejercer esa libertad que nos convierte en agentes de lo que hacemos? ¿Qué supone en el caso de la acción técnica pensar, hacer y lograr lo que se quiere? Teniendo en mente la caracterización básica que acabamos de dar de la acción técnica, pasaremos a explorar en los párrafos siguientes cuáles son los aspectos básicos de la agencia en los contextos propios de realización de esta clase de acciones intencionales.   En el contexto de realización de las acciones técnicas, ejercer la libertad de pensar lo que se quiere supone explorar propósitos de transformación de la realidad material que manifiestan una cualidad particular. A diferencia de nuestros propósitos habituales, por ejemplo, podar el limonero de nuestro jardín o ir al cine, los propósitos de la acción técnica tienen la peculiaridad de corporizarse en planes de acción complejos que habitualmente denominamos ‘diseños’. Pero ¿qué entraña visualizar y explorar nuestras posibilidades de transformación de la realidad material de acuerdo con los diseños que imaginamos? En términos generales, cuando exploramos e identificamos soluciones a los problemas técnicos generamos representaciones conceptuales no contradictorias, físicamente posibles y técnicamente factibles de artefactos o procesos como solución a esos problemas planteados. En particular, esto quiere decir que producimos estructuras informativas complejas, componibles y flexibles acerca del conjunto de operaciones que es necesario efectuar para alcanzar los objetivos buscados. Desde este punto de vista, el ejercicio de la libertad, entendido como la actividad de pensar lo que se quiere al interior de una práctica técnica, podría entonces recogerse del siguiente modo: el sujeto intencionalmente determina las soluciones técnicas, esto es, concibe y proyecta diseños que constituirán los contenidos de las intenciones que habrán de estructurar y guiar sus realizaciones de las acciones técnicas.   Sin embargo, no basta con pensar lo que se quiere, esto es, con fijar los planes de acción que dan contenido a nuestras intenciones, sino que, además, necesitamos hacer eficaz y eficientemente lo que hemos diseñado. Esta segunda cuestión introduce el elemento clave restante para comprender la agencia y su ejercicio al interior de las prácticas técnicas. Se trata de la noción de control. Si no controlamos la realización de eso que nos hemos propuesto hacer, entonces no hay ningún sentido en que la acción dependa significativamente de mí. El control en la efectuación de la acción técnica constituye la contracara de la determinación intencional del diseño. Por consiguiente, para que un sujeto devenga agente de una acción de transformación productiva de la realidad material se requiere que al ejercicio de su libertad en la constitución del plan de acción agregue la ejecución controlada de ese plan. Pero, ¿qué se recoge específicamente bajo la noción de control? Esta noción entraña una intuición que puede ser descrita del siguiente modo: se es agente de una acción técnica en la medida en que se ejerce el control de esa acción, esto es, en la medida en que la efectuación o realización de la acción depende (a) del conjunto de los conocimientos disponibles por el sujeto de la acción y, sobre todo, (b) del ejercicio competente de sus capacidades o habilidades prácticas. Naturalmente, esta intuición requeriría ser precisada en un número importante de aspectos, por ejemplo, qué clase de conocimientos son los conocimientos que soportan la efectuación eficaz y eficiente de una acción técnica, a qué llamamos capacidades prácticas del agente de la acción, qué clase de normatividad está en juego en la valoración del ejercicio de estas capacidades como competente o incompetente, etcétera. Sin embargo, no es nuestro propósito analizar estos asuntos en esta introducción. Por el contrario, forma parte de nuestro interés resaltar el hecho de que la atribución de la agencia depende de la presencia de un grado de control relevante sobre las condiciones objetivas de realización de la acción técnica diseñada. Sin la presencia de esta clase de control no hay agencia. Ciertamente, el control nunca es absoluto, entre otras razones porque la acción técnica se efectúa en tiempo real y tiene lugar al interior de una realidad que contiene infinidad de obstáculos prácticos contingentes, no previstos por el agente de la acción intencional.   Pensar lo que se desea (i.e. lo posible) y hacerlo en los términos en los que se lo ha diseñado (i.e. efectuarlo controladamente) constituyen las dos condiciones primordiales que dan cuenta de la presencia de la agencia en la acción. Si estas dos condiciones no fuesen satisfechas, entonces no se estaría en condiciones de comprender la acción diseñada y efectuada como un logro del propio sujeto. En ningún sentido relevante la acción, su ejecución y sus resultados dependerían de él. Por consiguiente, el hecho de que la concepción de la acción intencional, su realización y producción de ciertos resultados sean un logro del sujeto supone que estos eventos son productos del ejercicio del sujeto en tanto que agente. Y esto a su vez implica, por una parte, que el sujeto ha intencionalmente diseñado la acción, y por otra, que ha controlado su realización eficaz y eficiente en base a la puesta en juego de un conjunto de conocimientos relevantes para dicha acción, así como ejercitado la panoplia de sus competencias prácticas pertinentes. El ejercicio de la libertad en tanto que ejercicio de la agencia constituye el hilo que da cuerpo a la urdimbre de nuestro acogimiento normativo de la técnica. A continuación reflexionaremos sobre la dimensión normativa de la técnica.     3. La esfera de los valores. No sólo la técnica se articula en torno a una trama de valores, sino que además inaugura un espacio normativo complejo sin el cual no es posible insertar los artefactos técnicos y la configuración de los entornos técnicos en el terreno de la agencia y de los logros humanos. Analizar la dimensión normativa de la esfera técnica entraña en parte profundizar en esta cuestión.   La esfera técnica qua esfera cultural exhibe una complejidad valorativa rápidamente apreciable. Las formas de valoración que aplicamos a artefactos y procesos técnicos son múltiples y las diferentes dimensiones en la valoración de estos artefactos y procesos se entrecruzan y se anudan de modo tal que no es fácil desmadejarlas. Considérese un artefacto cualquiera, por ejemplo, un automóvil. Nuestros juicios de valor relativos al automóvil son en extremo variados. Podemos decir de él que es un buen automóvil porque es seguro, rápido, barato, vistoso en su apariencia, cómodo, manejable, de escaso consumo energético, “limpio” ecológicamente, elegante, quizá “noble”, etcétera. Cotejamos fácilmente que los distintos aspectos de valor -i.e. aspectos que podrían hacer preferible para algunos de nosotros o para todos la compra del automóvil- se refieren a diferentes dimensiones valorativas: bastantes son de tipo “técnico”; otras son de carácter estético; muchas, de base económica; y algunas, de tipo social. Los objetos técnicos no pueden sustraerse, en su “vida” pública, a este trenzado multidimensional de valoraciones. ¿Por qué habríamos de pensar que entre ellos hay algunos más fundamentales dentro de la configuración de la esfera técnica? Y ¿en qué consiste el que sean constitutivos de esta esfera? En los párrafos siguientes sugeriremos brevemente una respuesta, y dejaremos para los artículos recogidos en este volumen la apertura de la multidimensionalidad valorativa del fenómeno técnico.   Constitutivos son aquellos valores que, cuando son aplicados al interior de una esfera cultural, contribuyen a que cada cosa sea lo que es dentro de esa esfera. Muchas precisiones se vuelven necesarias en este punto. En primer lugar, esto profundiza sobre la conexión entre las cuestiones metafísicas y las cuestiones relativas a la normatividad con las que habíamos comenzado nuestra reflexión. La aplicación de ciertos valores en la esfera técnica tiene que ver con lo que son los objetos técnicos. Son estos los valores que denominaremos constitutivos. En segundo lugar, no se escapará a nadie que en esta formulación está agazapada cierta ambigüedad. Volvamos sobre el caso del automóvil. La naturaleza del automóvil es la de ser un objeto que sirve para ciertos propósitos y fines que alguien puede adoptar. Si es la referencia a tales propósitos y fines lo que marca su naturaleza (esta tesis es en sí misma controvertida, pero no es una cuestión en la que ahora podamos entrar), es claro que su ser un automóvil no tendría nada que ver con el hecho de ser un libro, pues difieren radicalmente en cuanto al tipo de actividades teleológicas en las que se pueden ver insertos cada uno de estos artefactos. Por consiguiente, la pregunta que nos hacemos no se refiere obviamente a la pertenencia de los artefactos a una clase particular, sino a la cuestión de la categoría misma de los objetos técnicos.[1] En tercer lugar, para cualquier objeto técnico, podría incluso determinarse una pertenencia a categorías de otro tipo que lo identificaran con otros valores también constitutivos. Sin embargo, para decirlo nuevamente, lo que aquí nos interesa es aquello que lo hace ser lo que es en tanto que objeto técnico.   Una idea, en sí misma controvertida, pero que adoptaremos en lo que sigue, es pensar que cualquier objeto técnico pertenece a una categoría porque su naturaleza se identifica a partir de una función que le es propia. Los mundos artificiales son mundos funcionales de un cierto tipo. Esta imagen haría que los valores constitutivos de lo técnico dependieran de la caracterización última del éxito funcional. Pero, por supuesto, no de cualquier éxito funcional, como el que podrían exhibir órganos biológicos o, incluso, según la teoría que uno adopte sobre el límite de los artefactos culturales, ciertos objetos producidos por la conducta animal. Lo fundamental en la esfera técnica, como hemos visto anteriormente, es el hecho de que la agencia dibuja un paisaje de posibilidades realizables en el que se insertan diseños como intenciones determinadas por los agentes. Por tanto, el éxito funcional que nos ocupa tiene que ver con el hecho de ser un resultado de la agencia humana y, por tanto, constituir un logro de la misma. Por consiguiente, los valores constitutivos de la esfera técnica son aquellos valores cuyo ámbito de aplicación reconoce su extensión en los resultados exitosos de la agencia humana, esto es, en sus logros.   Una función no es un propósito; no obstante, no hay funciones técnicas sin redes, más o menos complejas, de actividades propositivas humanas. Un propósito crece al interior de un proceso de identificación de una posibilidad y de un mecanismo de control de la realidad. Por eso, el éxito funcional en cuanto logro humano está lejos de reducirse meramente a la provisión de mecanismos de control de la realidad. La dimensión constitutivamente normativa de lo técnico se expande al universo de posibilidades que es necesario explorar y explotar activa y racionalmente. Así, un artefacto técnico es un logro humano básicamente porque da sentido y realidad a una posibilidad reconocible. Por tanto, los valores que sirven para identificar tales artefactos en cuanto logros tienen que ver esencialmente, y entre otras cosas, con la gestión de las posibilidades explotadas en su origen. Por consiguiente, en la esfera técnica es constitutiva aquella valoración que se refiere al éxito funcional y a la gestión y aumento de las posibilidades de acción intencional humana.   Este último aspecto permite, igualmente, repensar una de las cuestiones más debatidas dentro de la filosofía de la técnica. Generalmente, por influencia de toda una tradición en filosofía de la ciencia, hay una tendencia a considerar como definitiva la distinción entre valores internos y externos para cada una de las actividades. Se podría sentir la tentación de creer que nuestra idea de valores constitutivos (de carácter fundamental) recoge lo esencial de lo que se llamaban valores internos y que, en el caso de la técnica, son ante todo los de eficacia y eficiencia. Por supuesto, el resto de valoraciones de la técnica no le pertenecen por derecho propio; las valoraciones de tipo ético, estético, religioso o económico son externas a lo técnico; de hecho, si bien los criterios de evaluación de esta clase podrían modificarse, racionalmente (i.e. en lo que importa para la racionalidad técnica) estarían constreñidos finalmente por el modo en que contribuyen a la eficacia y a la eficiencia. Para estos últimos valores, la variabilidad se encontraría asegurada; y sería, en algún sentido, arbitraria, siempre y cuando no afectase a los valores internos técnicos. No obstante, esta tentación debe ser vencida. La idea de logro humano, que involucra la agencia y, por tanto, la constricción normativa de apertura de posibilidades, hace que la técnica ya incorpore en su mismo núcleo constitutivo consideraciones de valor que exceden lo que tradicionalmente se ha denominado “los medios de control de la realidad”. Como afirma una eminente filósofa kantiana de nuestros días (Korsgaard, 1996), hay que pensar a la humanidad como dadora de valor, puesto que los valores surgen a partir de materiales psicológicos muy variados que están ya racionalmente constreñidos por las posibilidades abiertas e identificables. Curiosamente, esta idea excede las intenciones kantianas. No basta ya con identificar el valor de lo técnico como valor instrumental derivado de la obligatoriedad de los imperativos hipotéticos. Menos aún se requiere un contraste entre los impulsos naturales en cuanto material psicológico que debe después someterse al tribunal de la razón pura autónoma. El espacio de lo técnico, en cuanto espacio en sí mismo normativo y racionalmente constreñido, se juega en la imbricación entre las posibilidades que abre y hace visibles y la necesidad que deriva del control efectivo de la realidad. Entre esas posibilidades se cuelan valores que están determinados por la ligazón que se establece entre el éxito funcional de un objeto artificial y los propósitos y actividades teleológicas en que se inserta. Y esta ligazón no es exclusivamente el enlace de medios y fines que propone la deliberación instrumental, por el contrario ella se asienta sobre ciertas consideraciones entre lo que se descubre que está bien y es ajustado.   De esto se desprende que quizá los valores sociales, el conjunto de preferencias que son sancionadas dentro de un contexto social determinado, requieren a su vez de condiciones reales de sostenimiento. Algunas de estas condiciones son técnicas y materiales. Los valores, en la medida en que afectan efectivamente a las acciones humanes, no son meros ideales. Es más, su autoridad normativa (si es que efectivamente la poseen) sólo puede ser establecida si son efectivamente reconocidos por los agentes como siendo fuente originaria de sus preocupaciones fundamentales y al mismo tiempo provisores de razones. La fuente básica del valor es una intervención del hombre sobre el mundo que sólo puede hacerse en el contexto de las interacciones con otros hombres. Si hay posibilidades genuinas identificables, si hay una presión normativa por la apertura de posibilidades y por el aprovechamiento de las oportunidades, es porque hay un conjunto de condiciones intencionales compartidas por los agentes humanos que interactúan en un contexto social. La técnica es un logro humano compartido. Por eso mismo, la técnica puede convertirse, igualmente, en un signo visible para el reconocimiento colectivo de valores.   Por tanto, si los valores están ya realizados en complejos de artefactos, en entornos humanos materializados, y en ellos se deposita una cierta autoridad legítima para guiar la conducta, entonces un contraste excesivo entre valores internos y externos dejaría de tener sentido. Pero ¿nos conduce esto a pensar que son los valores propiedades inherentes a los objetos y dispositivos técnicos? (Winner, 1983). De nuevo, este sería un diagnóstico precipitado, y lo sería puesto que quien lo llevara a cabo no habría considerado seriamente la idea de éxito funcional como resultado de la agencia humana. Un valor no es sino un conjunto de razones que pueden ser esgrimidas para dar sentido a las acciones intencionales. Del mismo modo que no ha sido intención nuestra hipostasiar las propiedades de valor o proponer una fenomenología de los valores que les otorgaran una realidad sui generis, tampoco es admisible considerarlos como propiedades de objetos. La realidad de un valor está ligada al destino de las razones que podrían esgrimir quienes se sienten concernidos o convocados por el mismo. Por supuesto, aún puede decirse que los valores se inmiscuyen directamente en el diseño de los artefactos, pero lo hacen en la medida en que la configuración del espacio de posibilidades depende de la agencia humana y, por tanto, de las razones que tomarían como autorizadas quienes aceptasen el valor.   Sin embargo, ¿no existiría todavía un contraste genuino entre razones universales -de carácter técnico- y razones contextuales, que exceden a lo técnico y que derivan de meras cuestiones de preferencia, plurales y, en muchos casos, irreconciliables? ¿No son universales las normas que rigen el buen diseño técnico, una racionalidad técnica a imagen y semejanza de la racionalidad científica, mientras que las valoraciones de tipo ético, estético o religioso están sometidas a la variabilidad contextual de las épocas o las comunidades? La discusión de estas cuestiones nos llevaría demasiado lejos; aquí tendremos que dejarla sólo en ciernes. Considérese un ejemplo que emerge habitualmente en los seminarios y discusiones sobre estos asuntos. La píldora anticonceptiva es uno de los objetos técnicos de mayor impacto social y cultural de las últimas décadas. Hay condiciones de realización puramente técnica que son constitutivas de ser una píldora anticonceptiva. Y estas condiciones están establecidas por normas de racionalidad técnica, ligadas al cumplimiento exitoso de su función, a la eficacia del procedimiento, etcétera. ¿El resto de cuestiones valorativas ligadas a este artefacto técnico se reduce a una cuestión de preferencias personales o comunitarias, a un conflicto irresoluble de “valores” contingentes cuya validez no excede determinados círculos, más o menos extensos? Entrar en los detalles relativos a estas valoraciones puede ser arriesgado. Algunos colectivos identifican el artefacto con un cierto logro en la liberación de la mujer. Es más, una cierta idea de libertad adquiere parte de su realización material y efectiva a través de este artefacto, ya que abre un conjunto de posibilidades de acción que estaban vedadas -especialmente a ciertos colectivos sociales-. Por eso, en cuanto logro humano, no sólo se evalúa respecto de que el control de la realidad permite el cumplimiento exitoso de la función, sino también en cuanto que abre posibilidades de agencia intencional guiada por ciertos valores. Cada posibilidad abierta de este tipo es una determinación más de la naturaleza del valor. No se quiere decir con ello que el valor de la libertad sea constitutivo de ser una píldora anticonceptiva, ni siquiera que éste haya sido uno de los motivos (más o menos explícitos) que se han infiltrado en el diseño del artefacto (como pretenderían quizá algunos constructivistas sociales); lo que se afirma es que estos valores se reconfiguran dado el lugar que ocupan en el mundo técnico a partir de su conexión con lo que configura normativamente el espacio de la técnica, es decir, su pertenencia al dominio de ciertos logros humanos, aquellos en que el éxito funcional y la apertura de posibilidades y el aprovechamiento de oportunidades se convierten en valores fundamentales. La idea de que otro mundo es posible es constitutiva de la esfera de la técnica, y lo es básicamente porque en ella se enraíza la realizabilidad y el sentido de valores aún por descubrir. Como H. Putnam (2004), remedando a John Dewey, ha afirmado, los valores se descubren y se inventan. No podría ser de otro modo al depender de la agencia humana, también técnica, y de su universo de razones que se reconocen como autorizadas y vigentes.     4. El libro que presentamos, La respuesta a la pregunta. Metafísica, técnica y valores, recoge, entonces, el desafío heideggeriano de someter la esencia de la técnica al preguntar filosófico; sin embargo, se trata de un desafío que encuentra su punto de partida allí donde reside eso que percibimos como el olvido de la meditación heideggeriana, esto es, la dimensión normativa del hacer humano, donde se ancla la relación nuestra relación libre con la técnica. Sólo recobrando esta dimensión en nuestro cuestionamiento filosófico podremos elucidar las exigencias racionales que configuran los mundos artificiales que construimos y en lo que vivimos.   Los artículos que dan forma a este volumen retoman diferentes dimensiones de este desafío. Discuten básicamente cuestiones metafísicas y valorativas involucradas en nuestra relación con la técnica. Naturalmente, estos artículos no se inspiran en un conjunto compartido de tesis filosóficas; tampoco evidencian un mismo método en el tratamiento del fenómeno técnico. No obstante, respiran un mismo aire, esto es, un aire alejado de los diagnósticos fatalistas sobre la técnica. Esperamos que el lector encuentre en ellos suficientes razones para involucrarse en la discusión filosófica de la técnica.   El libro se abre con un artículo de Jesús Vega donde aboga por una filosofía de la técnica de raíz aristotélica. Este autor sugiere que un estudio minucioso del núcleo de la filosofía aristotélica de la técnica lleva a una especial comprensión de la dimensión cognitiva de la tecnh  como un saber en particular, como un saber de la oportunidad y como un saber diestro o habilidoso. En segundo lugar, Diego Lawler discute dos problemas relacionados con el modo en que se satisfaría el principio de realización múltiple (esto es, el principio que enuncia que las propiedades funcionales puedan instanciarse en estructuras materiales heterogéneas) en su aplicación al ámbito de los artefactos técnicos: el problema de la realización, i.e. cómo se agrupan artefactos técnicos dentro de una misma clase, y el problema de la multiplicidad, i.e. cuál(es) es (son) las diferencia(s) relevante(s) para considerar distintos a dos casos de artefactos técnicos pertenecientes a una misma clase. En tercer lugar, Fernando Broncano analiza distintos mitos desarrollados en torno a la técnica y la mecanización desde distintas corrientes filosóficas, y a partir de la lógica del desarrollo tecnológico y de su creciente complejidad, manteniendo la atención sobre las relaciones entre técnica y democracia, propone una noción alternativa de agencia técnica. En cuarto lugar, Miguel Ángel Quintanilla explora algunas recetas para potenciar unas tecnologías que hagan realizable otro mundo global posible. Como parte de esta exploración argumenta por qué necesitamos alternativas al mundo globalizado actual en el plano tecnológico y expone algunos conceptos necesarios para pensar esas alternativas, por ejemplo, los conceptos de alternativa tecnológica, tecnología alternativa y usos alternativos de las tecnologías. En quinto lugar, Cirilo Flórez analiza la concepción de la técnica en Blumberg haciendo hincapié en dos componentes fundamentales de esta concepción: por una parte, en su concepción del hombre como animal deficiente, donde la técnica aparece como el proceso de creación del mundo de lo obvio, y por otra, en su interpretación estructural de la historia, donde las circunstancias son las que determinan el proceso histórico. En sexto lugar, Paul Durbin se refiere a las discusiones sobre la ética de las nuevas tecnologías. En particular, este autor arguye a favor de la tesis de que la demanda de una “nueva ética” para las nuevas tecnologías no sólo tiene escaso asidero real. Como corolario de esta discusión sostiene que puede seguirse alentando un pluralismo ético enraizado en la ética del pragmatismo norteamericano para tratar el caso de los recientes desarrollos tecnológicos. En séptimo lugar, Manuel Liz analiza a partir de un caso teórico la noción de privacidad ligada al desarrollo de las tecnologías de la información y a la legislación que evoluciona con las mismas. Como las distintas formas de privacidad pueden reducirse a dos, la de bienes -propiedad privada- y la de intenciones -fuertemente ligada con el conocimiento del mundo-, propone analizar el carácter privado de la intención desde el externismo moderado. A partir de las conclusiones que saca de su estudio explora dos fenómenos actualmente discutidos: la privatización de Internet y la privatización de la investigación científica y técnica. En octavo lugar, Ana Cuevas propone una explicación del desarrollo tecnológico que tiene en cuenta la función que desempeñan los conocimientos desarrollados en las ciencias ingenieriles. Así pretende superar los modelos deterministas, según los cuales la tecnología es el resultado de aplicar conocimientos surgidos en el seno de las ciencias básicas. Con este propósito analiza las propuestas realizadas para comprender las relaciones ciencia-tecnología, que subyacen a las explicaciones sobre el desarrollo tecnológico, y se propone otra forma de comprenderlas. Finalmente, María Dolores González plantea una revisión del pensamiento de varios humanistas de la primera mitad del siglo dieciséis, cuyas ideas contribuyeron a un cambio de mentalidad respecto a la consideración de la técnica en España. Su objetivo es rastrear algunos de los valores que afectan a la percepción de las artes mecánicas. Para ello propone un breve recorrido por algunos textos significativos del movimiento humanista con el propósito de indicar algunos de los aspectos filosóficos y culturales que tienen relevancia para el proceso de dignificación de las artes mecánicas y de la técnica.   El volumen se cierra con cuatro simposia sobre libros de filosofía de la técnica publicados en los últimos años en el ámbito iberoamericano. El espíritu de estos simposia es acercarles críticamente a los lectores la producción reciente en el área. Con este propósito, los autores presentan las principales tesis de sus libros y responden a las objeciones planteadas por colegas que realizan parte de su investigación en filosofía de la técnica.   No es una práctica habitual en el ámbito iberoamericano que los investigadores se encuentren por escrito en un ejercicio argumentativo de presentación de intuiciones, réplicas y defensas argumentativas de las intuiciones replicadas. La organización y publicación de estos simposia aspira a motivar la institucionalización de esta saludable costumbre en nuestra geografía común.   En el primero de los simposia Manuel Liz presenta las principales tesis de su libro Un metafísico en tecnolandia y responde a las objeciones planteadas por Jesús Vega y Diego Parente. En el segundo simposium, Fernando Broncano resume las principales ideas que organizan su libro Mundos Artificiales y responde a los comentarios de María Elina Estébanez y Diego Lawler. En el tercer simposium, Eduardo Aibar retrata las afirmaciones principales contenidas en el libro que ha coautorado con Miguel Ángel Quintanilla, Cultura tecnológica: estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad y responde a las objeciones de Marta González y Javier Ordoñez. En el último de los simposia, León Olivé resume las tesis defendidas en su libro El bien, el mal y la razón. Facetas de la ciencia y la tecnología, y responde a los comentarios de Alfonso Buch y Mario Albornoz. [1] Naturalmente los valores constitutivos no sólo generan objetos técnicos en el sentido de artefactos, sino que en realidad generan genuinos mundos artificiales, esto es, objetos, procesos, acontecimientos, entornos, etcétera. No obstante, a los fines de la ejemplificación nos hemos centrado en el caso de los artefactos u objetos con una identidad técnica determinada. Por otro lado, la cuestión de cuál es la ontología última de lo artificial es algo que permanece fuera de los límites de esta introducción.
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