02-05-06
| Diario Hoy, La Plata| Opinión
¿FUIMOS ALGUNA VEZ UNA POTENCIA
ECONÓMICA MUNDIAL?: EL “MITO” DE LA ARGENTINA AGROEXPORTADORA
Mario Rapoport*
Aún hoy persiste el “mito” del carácter "excepcional"
del crecimiento económico de nuestro país desde las últimas
décadas del siglo XIX hasta los años ’30. En esa
época, según se afirma comúnmente, la Argentina
pasó de ser un país atrasado y marginal a figurar entre
los primeros del mundo y tuvo destino de gran potencia.
Esa expansión estaba basada en una peculiar dotación de
factores propios y ajenos: grandes recursos agrícolas (sobre
todo en la pampa húmeda), capitales externos y amplias masas
de población inmigrante. Desde el punto de vista de la inserción
en el mundo la Argentina se había transformado en un gran exportador
de productos agrícolas e importador de manufacturas y bienes
de capital, favorecida por una división internacional del trabajo
cuyo eje principal era Gran Bretaña, la gran potencia hegemónica
de la época.
Sin embargo, a diferencia de naciones como Canadá y Australia,
que se vieron favorecidas por similares estructuras agroexportadoras
en un momento que el mundo de la época las necesitaba, las elites
argentinas no desarrollaron políticas de protección de
sus industrias manufactureras, como Canadá, o de distribución
de ingresos, como Australia. Más aún, tuvieron una gran
resistencia a adoptar conductas productivas y políticas sociales
acordes con los cambios que se estaban produciendo en el mundo cuando,
a fines de los años 20, el modelo agroexportador y el esquema
internacional que lo sostenía, mostraban ya señales de
agotamiento.
Por otra parte, la cuestión del crecimiento en sí merece
ser nuevamente revisada; no para negarlo sino para poder establecer
sus verdaderos alcances. La mayoría de los especialistas en el
tema toman como válidas, para analizar el crecimiento económico
local y comparar el desempeño favorable del modelo agroexportador
argentino respecto a otros países en la misma época y
al propio período de industrialización posterior, las
cifras de Angus Maddison. Este autor publicó un libro (La economía
mundial 1820-1992), sobre el crecimiento económico histórico-comparado
de más de 50 países, por encargo de la Organización
para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) Así,
según sus datos, la Argentina estuvo, por ejemplo, en 1870, en
el 18° lugar por su renta per cápita entre los países
del mundo, duplicando esa cifra en 1900, cuando se ubicó en el
13° lugar, y volviéndola a aumentar significativamente en
1929, al pasar al puesto 11°, para caer luego, en forma abrupta,
en 1950, al 17°. Según otros cálculos, realizados
por el Banco Mundial posteriores la Argentina estaría en el 2004,
en el lugar 91°. Estas estimaciones, que llevaron a afirmar a algunos
que la Argentina fue alguna vez, durante el auge agroexportador, una
potencia económica mundial, deben ser, sin embargo, evaluadas
críticamente por diversas razones.
En primer término, el PBI sin otros indicadores, como los de
distribución de ingresos, no refleja la verdadera situación
de cada país sino, en especial para el mundo periférico,
la de sus sectores más pudientes. Por ejemplo, en 1950, las cifras
de Maddison ubican a Qatar, un pequeño Estado petrolero, y con
sólo un puñado de familias beneficiándose de sus
riquezas, en el primer lugar en su renta per cápita, lo que indica
la escasa eficacia explicativa de ese indicador.
En segunda instancia, las series de Maddison no son confiables metodológicamente.
No puede olvidarse que el PBI de la Argentina, como el de muchos países
periféricos, se empezó a calcular en la década
de 1940, aunque existían trabajos pioneros de Alejandro Bunge
desde 1917 (Riqueza y Renta de la República Argentina). En 1939
la Revista de Economía Argentina publicó series de datos
no oficiales, pero recién a fines de 1944 el Ministerio de Hacienda
de la Nación dio a conocer una estimación del año
1941. Sin embargo, la primera publicación conteniendo datos oficiales,
y que incorpora una explicación de la metodología utilizada,
es, en 1955, la del Ministerio de Asuntos Económicos del Poder
Ejecutivo Nacional: Producto e Ingreso de la República Argentina
en el período 1935-54. A su vez, la única referencia que
utiliza Maddison para los períodos más antiguos son los
datos que publicó la CEPAL en 1959 para toda América Latina,
y que comienzan a partir de 1900 en forma de promedios quinquenales.
Pero, como aclara el propio Maddison, las cifras para la Argentina correspondientes
al período 1900-1913 son estimaciones no publicadas, sin duda
restrospectivas y sobre la base de datos oficiales posteriores de las
décadas del 30 y del 40, con las reservas que merecen este tipo
de cálculos.
En tercer lugar, el autor reconoce que el crecimiento per cápita
entre 1870 y 1900, se “supuso igual al de 1900-1913”, es
decir que se proyectaron hacia atrás aquellas estimaciones, ya
de por si aproximativas, sin basarse en datos reales. Hemos señalado
anteriormente que el período 1900-1913 se pareció muy
poco al que transcurre entre 1870 y 1900. En este último se produjeron
tres profundas crisis, en 1873, 1885 y 1890, y en la última década
del siglo hubo una interrupción del flujo de inversiones externas
y de las inmigraciones. Por lo tanto, las estimaciones para 1870-1900
están sobreestimadas por Maddison y no pueden tomarse seriamente.
La década del 80 significó sin duda un punto de inflexión
y el crecimiento se aceleró en esos años en comparación
con los veinte años anteriores pero las décadas de 1870
y 1890 atravesaron serías crisis.
Algunos autores de cuño keynesiano, como Anthony Thirlwall, sostienen
que la diferencia en las tasas de crecimiento del producto de largo
plazo de muchos países se encuentra estrechamente relacionada
con el nivel de equilibrio de sus balanzas comerciales. Esta restricción
puede ser burlada en forma temporaria tomando deuda o por el ingreso
de capitales del exterior, pero cuando este movimiento cesa, el crecimiento
disminuye. Peor aún, el endeudamiento y las inversiones extranjeras
dejan una carga de servicios y utilidades que obliga a lograr un superávit
comercial, para lo cual es necesario reducir las importaciones, lo que
contrae todavía más la economía.
Eso es precisamente lo que le ocurre a la Argentina de aquella época:
dos períodos de excepción para endeudarse y atraer inversiones,
como 1880-1890 y 1903-1912 permiten elevar en forma inusual la tasa
de crecimiento interna, pero a costa de generar condiciones para el
estallido de crisis y una situación delicada en etapas posteriores.
De cualquier modo, con una economía escasamente diversificada,
sin un sector industrial importante ni un mercado interno basado en
una distribución más equitativa de ingresos, el modelo
agroexportador estaba ligado, sobre todo, a la suerte del esquema de
división internacional del trabajo existente, que iba a entrar
pronto, con la Primera Guerra Mundial, en una profunda declinación.
Aún cuando el país hubiese tenido un fuerte crecimiento,
cuya magnitud no puede hasta el momento demostrarse, se hacía
imposible afianzar luego un proceso de desarrollo económico verdaderamente
sostenido, como en otras naciones que comenzaron su proceso de inserción
en la economía mundial por la misma época. El “mito”
de la Argentina agroexportadora como potencia económica resulta
así otra “zoncera argentina”, que se suma a las muchas
que definió, tan agudamente, el recordado Arturo Jauretche.
*
Economista e historiador. Investigador Superior del Conicet.