17-01-06
| Argenpress | Economía
Coyuntura, modelo y distribución
Las tendencias de la economía
argentina (Parte I)
Por: Claudio Katz (CORRESPONDENCIA DE PRENSA)* (Fecha publicación:16/01/2006)
El colapso económico del 2001 superó en Argentina todos
los antecedentes de crisis recientes en los países periféricos.
Fue un descalabro que reprodujo todos los rasgos de la gran depresión:
expropiación de pequeños ahorristas, quiebras de fábricas,
cierres de comercios, desaparición de la moneda, empobrecimiento
masivo, desempleo generalizado, desesperación de la clase media
y emigración de profesionales. Un derrumbe de esta magnitud nunca
se había registrado en el pasado.
Un país forjado con la inmigración que mantuvo índices
históricos de desarrollo social más próximos a
Europa que a Latinoamérica se hundió en la miseria. La
desnutrición se generalizó en el quinto exportador mundial
de alimentos y las grandes urbes fueron invadidas por desamparados que
se alimentaban revolviendo la basura.
Esta crisis tocó fondo a mitad del 2002 y un rebote cíclico
inauguró la actual reactivación. Se ha estabilizado la
economía con altas tasas de crecimiento, récord de exportaciones
y elevadas ganancias, en un marco de menor pobreza, desempleo y degradación
salarial.
Los bancos funcionan, desapareció el trueque, se reestableció
la moneda y la actividad comercial ha recuperado su ritmo tradicional.
Las clases dominantes respiran con alivio, porque existe un gobierno
que ha reinstaurado la autoridad política y logró reducir
la explosividad (aunque no la continuidad) de la protesta social.
La última crisis y la reactivación actual han coincidido
con la preeminencia de dos ministros (Cavallo y Lavagna) y con el pasaje
de un contexto internacional negativo a otro más favorable. La
política económica varió sustancialmente. El tipo
de cambio alto reemplazó a la convertibilidad, el superávit
fiscal ocupó el lugar del déficit y una sustitución
inicial de importaciones revirtió la apertura comercial.
La diferencia entre las dos etapas es muy nítida, pero resulta
controvertido dilucidar si el modelo ha cambiado. Como existen numerosos
elementos continuidad y ruptura entre los dos períodos, todo
depende de la acepción que se le asigne a ese término.
Pero lo más importante es clarificar si la política oficial
tiende a modificar o a consolidar la regresión distributiva.
La agenda económica actual no se reduce a definir cuánto
producir o dónde invertir. Lo que nos interesa indagar son las
tendencias del ingreso popular luego de la devastación provocado
por la crisis.
Desde nuestra perspectiva la recomposición del salario, la creación
de empleo genuino y la erradicación de la pobreza son incompatibles
con el esquema económico prevaleciente. Entendemos que la miseria
no es una rémora de los 90, ni un mal pasajero que desaparecerá
con el derrame del crecimiento. Es un dato estructural de un modelo
basado en tres instrumentos regresivos (superávit fiscal, inequidad
impositiva, jubilación privada) y tres estrategias (canje y precancelación
de la deuda, renegociación de contratos de servicios públicos
y salvataje de bancos). Pero este rumbo enfrenta también desequilibrios
(inflación, vulnerabilidad exportadora, baja inversión)
que erosionan los proyectos estratégicos de las clases dominantes.
Partiendo de los conceptos elaborados en otros textos analizamos el
escenario actual de la coyuntura, el modelo y la distribución.
Salarios deprimidos
Al cabo de tres años de reactivación el PBI ya alcanzó
el nivel previo a la crisis, pero los salarios se mantienen un 10% por
debajo del promedio de 1998. Los funcionarios argumentan que este “inevitable
retraso” ha sido compensado con decretos que incrementaron los
sueldos. Pero en realidad ha sido la resistencia social lo que impuso
un piso a la degradación de los salarios, en un país que
presenta los mayores porcentajes de sindicalización de Latinoamérica.
Cierto repunte de los salarios se verificó en todas las reactivaciones
anteriores y lo llamativo es la escasa envergadura del ascenso actual.
La recuperación salarial solo alcanza por ejemplo un tercio del
nivel predominante en el ciclo de 1991-94.
La otra novedad es la fragmentación del mercado laboral en tres
sectores (asalariados privados formales, estatales e informales). En
el primer segmento (20 % de la fuerza laboral), el salario real ya supera
en un 7% el promedio previo a la crisis. Pero en esta franja se concentran
las empresas prósperas que demandan asalariados calificados.
En comparación a las ganancias (que superan los picos de la convertibilidad),
al ascenso de la productividad (que acumula en tres años un incremento
del 14,6%) y a la caída del costo laboral (que se ubica un 17%
por debajo del promedio previo a la crisis), la mejora salarial es muy
reducida. Quiénes presentan a los asalariados formales como un
segmento privilegiado contrastan su situación con las franjas
populares más empobrecidas y no con la opulencia de los empresarios.
En el sector estatal el deterioro de los sueldos promedia 28%. Como
este segmento depende directamente de las decisiones oficiales, aquí
se verifica la verdadera política salarial del gobierno. El discurso
menemista -que presentaba al empleado público como un parásito
eximido de la flexibilización laboral- ha decaído, pero
el ajuste continúa en silencio.
El sector informal -que aglutina a 47,5% del total de asalariados- sufre
un desplome salarial del 27%. Este segmento se ha convertido en un reservorio
de mano de obra barata que concentra el empobrecimiento estructural.
Solo un tercio de los precarizados retoma en algún momento el
empleo estable. La mayoría soporta trabajos mal remunerados,
carentes de protección sindical y cobertura social.
Desempleo y empobrecimiento
Si se computa a los afectados por la desocupación abierta (14,1%)
y el subempleo (13%), el problema del empleo afecta a un cuarto de la
población. El primer índice ha decaído desde el
pico de la crisis (21,4% a mitad del 2002), pero esta disminución
tiende a frenarse. En el debut de la reactivación (2002-2003)
cada punto de aumento del PBI se traducía en un porcentaje equivalente
de incremento del empleo, pero esta relación se redujo al 0,46%
(2004) y luego al 0,25% (2005). El ritmo de creación de puestos
laborales es semejante al prevaleciente durante la convertibilidad,
es decir el período de gestación de la desocupación
masiva.
Aunque la caída del costo laboral ha sido fulminante, la contratación
de mano de obra es baja como consecuencia de la mayor productividad.
En el estrecho mercado que ofrece Argentina, la fuerza de trabajo no
se abarató lo suficiente para inducir una ampliación significativa
de las líneas de producción.
La altísima desocupación coexiste con un extendido sobre
empleo. Por eso las jornadas de trabajo (2100 horas anuales) superan
en promedio las medias de los países desarrollados (Alemania-1460,
Suecia-1580, Francia-1550) y de muchos países latinoamericanos
(México y Chile 1900, Brasil-1800). Esta degradación explica
porqué la tasa de accidentes laborales se ha incrementado junto
a la reactivación (aumento del 19,4% durante el 2004 y 20% durante
el 2003).
La pobreza y la indigencia decayeron del 54 % y 27,7% en el primer semestre
del 2002, al 38,5% y 13,6% actual, respectivamente. Pero mientras que
el PBI ya alcanzó los niveles previos a la crisis, el porcentaje
de empobrecidos supera al predominante en ese momento. También
aquí cabe una comparación con lo ocurrido después
de la hiperinflación. Mientras que en 1991-93 la recuperación
económica redujo a la mitad la pobreza creada por ese estallido,
en la reactivación del 2003-05 esta disminución solo alcanza
la cuarta parte.
Los datos de la miseria son más escalofriantes en la niñez,
el conurbano bonaerense y las provincias del noroeste. La pauperización
actual es perdurable porque no se limita a los desocupados, sino que
afecta también a los trabajadores precarizados. Por eso el problema
no se resuelve únicamente creando empleo, ya que la mitad de
los asalariados trabajan con sueldos inferiores al umbral de la pobreza
(809 pesos).
Los pauperizados sufren, además, el recorte del programa asistencial
introducido durante la catástrofe social. El monto de esa cobertura
(150 pesos) no se ha modificado a pesar de la creciente carestía.
Por eso equivale a un quinto de lo necesario para alcanzar el status
de pobre. Además, la reducción compulsiva de planes empuja
a los oprimidos a aceptar trabajos de extrema explotación. El
gobierno convalida este tormento al bloquear la generalización
del subsidio y promover su fragmentación en programas focalizados.
La baja recuperación del salario, la persistencia del desempleo
y la magnitud del empobrecimiento son consecuencia de un modelo estructuralmente
adverso a la redistribución. La brecha entre el 10% más
rico y más pobre de la población se sitúa en 26-28
veces, es decir varias veces el promedio de las últimas décadas.
Cualquiera sea la reducción reciente de esta polarización,
la desigualdad se afirma como un rasgo estructural del modelo actual.
Superávit e impuestos
El esquema en curso requiere generar excedentes fiscales inéditos.
Este superávit se gesta elaborando presupuestos que subestiman
la recaudación. Pero solo una porción del sobrante proviene
del excedente impositivo. Lo más significativo es el recorte
de las erogaciones. La relación gasto público-PBI se encuentra
en un nivel insólitamente bajo, porque cayó del 35,6%
(2001) al 29,4% (2003).
Por primera vez en décadas un gobierno no puede justificar el
deterioro social en la ausencia de dinero. Las cajas del estado están
desbordadas de fondos, pero las leyes de emergencia se renuevan para
ampliar ese sobrante y los funcionarios presentan ese ahorro como un
sano ejercicio de “disciplina fiscal”.
El destino principal del excedente es el pago de la deuda, que absorbe
el grueso del adicional presupuestario y a partir del 2006 este atesoramiento
quedará oficializado a través del fondo anticíclico.
Una porción del superávit se utiliza también para
subsidiar a los capitalistas locales, mediante un manejo discrecional
que realiza el Ejecutivo aprovechando la delegación de atribuciones
que le transfirió el Parlamento.
Algunos oficialistas argumentan que el gobierno ha limitado el excedente
al 3% del PBI, como si esa cifra se alcanzara sin sacrificios populares.
La nueva Biblia del superávit es una doctrina que carece de precedentes
nacionales e internacionales.
El modelo presupuestario actual se asienta también en un significativo
incremento de la presión fiscal. Este indicador aumentó
del 16% del PBI (2002) al 19% (2003) y luego saltó al 22,5% (2004)
y al 26% (2005). El gobierno promueve la crítica mediática
a la evasión con la intención de reforzar la cobranza
de impuestos y recomponer la autoridad del estado. Particularmente los
acreedores favorecen esta disciplina impositiva y reclaman una legislación
que impida cualquier tipo de moratorias.
El repunte de la tributación es cíclico porque se apoya
en la intensidad de la recuperación. No incluye ninguna modificación
en la estructura regresiva de los gravámenes. Los impuestos al
consumo -que en Europa representan entre el 25 % y el 35% de la recaudación-
en Argentina superan el 45%. El esquema prevaleciente penaliza a los
pobres, otorga poderes discrecionales a los recaudadores e impone mayores
obligaciones a las provincias.
Todos los funcionarios hablan de cambiar un sistema regresivo, pero
ninguno lo modifica. Reconocen su carácter in equitativo, pero
argumentan que “no es el momento” para transformarlo. Este
inmovilismo ha caracterizado a todos los gobiernos. Cuándo hay
recesión alertan contra el efecto contractivo de la reforma y
cuando hay reactivación vislumbran que frenará el crecimiento.
Por eso al final, solo prevalecen las iniciativas que propician la desgravación
de las grandes empresas (ofertismo).
Siguiendo este criterio de inequidad, las intimaciones oficiales afectan
los pequeños contribuyentes incumplidores y perdonan a las compañías
poderosas. La evasión institucionalizada de los peces gordos
siempre es tolerada.
La bonanza tributaria actual es frágil, ya que depende de la
reactivación y de las exportaciones. Los grupos capitalistas
que exigen mayores exenciones son concientes de esta inconsistencia.
Particularmente el lobby agro exportador reclama reducir los gravámenes
“distorsivos” (retenciones), como si fuera un pecado redistribuir
la renta natural del campo. También los bancos presionan para
anular el impuesto al cheque que se introdujo durante la depresión.
Muchos economistas heterodoxos cuestionan la regresividad impositiva
predominante. Pero otros estiman que la política tributaria se
ha vuelto espontáneamente progresiva. Afirman que la carga fiscal
afecta a los poderosos por el peso alcanzado por las retenciones y el
impuesto al cheque. Pero la continuada centralidad de los gravámenes
indirectos (45% del total frente a 33 % en la Unión Europea)
refuta categóricamente esta impresión.
El punto de partida de cualquier programa económico popular es
una drástica reforma impositiva, que no se limite a corregir
los grandes abusos de la regresividad (exenciones a las operaciones
financieras o a la herencia). Lo importante es instaurar el predominio
de los impuestos directos y adoptar medidas contra la previsible resistencia
de las clases dominantes.
* Claudio Katz es economista, investigador del Conicet y profesor de
la UBA. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).