CONICET EN LOS MEDIOS

05-03-2009 | revista Mercado
Saber o aplicar, ¿una falsa opción?

¿Qué tipo de ciencia se hace en la Argentina? ¿Se prioriza la ciencia básica o la ciencia aplicada? ¿El científico tiene una función social o sólo persigue el conocimiento? Sobre estos interrogantes dos científicos reflexionan y toman posición.


El desarrollo y el crecimiento de las sociedades están directamente relacionados con la evolución de las ciencias y a esta altura es casi una obviedad decir que en las últimas décadas el conocimiento científico se transformó en uno de los principales motores del crecimiento de los países. Sin embargo no siempre se coincide sobre el rumbo y el sentido que se le tiene que dar a las ciencias.

No es nueva la discusión sobre si hay que priorizar la ciencia pura, aquella que sólo persigue el conocimiento, o la ciencia aplicada, que busca la utilidad concreta de los descubrimientos. Los académicos y el sector productivo durante años se cruzaron en este debate. Desde una posición se decía que el objetivo de la ciencia tiene que ser el conocimiento en sí y que la libertad intelectual no puede ser amenazada por funcionarios y empresarios pragmáticos que exigen del trabajo científico una inmediata aplicación técnica. Desde la vereda de enfrente la respuesta llegaba inmediatamente: El ejercicio de la ciencia tiene que terminar en una aplicación.

En la actualidad entre algunos funcionarios de distintas organizaciones científicas del Estado y ejecutivos de empresas con desarrollo científico propio, el debate intenta ser superado con un argumento sencillo y claro: sólo hay ciencia buena y ciencia mala, un modelo científico sólo es bueno si es irrefutable y una técnica es buena si proporciona los resultados deseados a un costo razonable.

Sin embargo, esta “tercera posición” no es tan imparcial como parece respecto de una u otra posición. Nadie piensa ni dice que los recursos destinados al desarrollo de las ciencias básicas es un esfuerzo innecesario, pero sí se cree imprescindible una comunión más directa y estrecha entre el sector académico y el sector productivo para obtener un mejor aprovechamiento de los desarrollos científicos. Una reflexión que parece darle por lo menos medio punto de ventaja a las ciencias aplicadas.
En instituciones como el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) con una marcada tradición en el desarrollo de las ciencias básicas, en los últimos cinco años crearon programas que se vinculan directamente con el sector productivo y hoy tienen becarios trabajando en desarrollos de productos comerciales en empresas de diversos sectores de la industria. Desde la Dirección de Vinculación Científico Tecnológica se extendieron becas posdoctorales en empresas con el objetivo de facilitar la transferencia de proyectos de investigación originados en el sector público y en etapas previas al desarrollo para fomentar la inserción laboral de investigadores en el sector privado.

Integración de ambos conceptos

“Esta relación con el sector productivo no hace mucho ni se pensaba como posibilidad –afirma Mario Lattuada, vicepresidente de Conicet–, antes era todo más purista y hubo que discutir mucho con la comunidad científica para poder cambiarlo. En las últimas décadas el conocimiento científico se transformó fundamentalmente en base de desarrollo de los países, pero sobre todo en un bien de mercado que es apropiado por las personas, por las naciones y que genera tanto riqueza a las personas como poder a las naciones. Estamos en un contexto donde la posibilidad de desarrollo, la tecnología y el conocimiento aplicado a las distintas actividades, son claves para el crecimiento. No sólo hay que generar conocimiento sino que hay que saber adaptarlo y ponerlo a disposición o incentivar que sea tomado por el sector productivo”.

Una de las empresas con mayor desarrollo científico y tecnológico en la Argentina es Bio Sidus. Esta compañía, especializada en biotecnología, tiene entre otros logros un programa de desarrollo de animales de granja transgénicos para la producción de proteínas humanas de uso terapéutico. En abril de este año obtuvieron insulina humana a partir de leche de vacunos clonados y transgénicos. Como uno de sus pilares sostienen la integración de ciencia e industria y lo llevan a cabo a través de convenios de investigación con instituciones oficiales y privadas de alcance nacional e internacional. La posición de la empresa es clara: toda la ciencia básica mañana debería terminar en una aplicación.

“Alguien dijo alguna vez que ningún país se puede dar el lujo de no tener ciencia básica y yo agregaría que ningún país se puede dar el lujo de tener sólo ciencia básica –dice Marcelo Criscuolo director ejecutivo de Bio Sidus–, lo que sucede tal vez es que los investigadores muchas veces tienen una orientación sólo a las ciencias básicas y no tienen ningún tipo de interés sobre la producción, porque sólo buscan el conocimiento por el conocimiento en sí mismo. Eso es una actitud por lo menos discutible. A los científicos les paga el Estado para mejorar la calidad de vida del pueblo. A partir de generar conocimiento ese saber tiene que transferirse y el elemento para hacerlo es la industria. No es verdad que van a cobrar un sueldo para perseguir sólo la búsqueda del conocimiento porque eso el único fin que tendría es estimular su ego, y no es lógico en una sociedad solidaria. El conocimiento científico tiene que estar dentro de un plan donde la Argentina decida en qué se va a investigar y cuáles son los problemas que hay que resolver, y dentro de ese plan al señor tal que está dentro de la universidad le tocará empezar con una parte y a los que estamos dentro de la industria nos tocará convertir eso en un producto que mejore la calidad de vida de la gente”.