29.06.06
La
muestra del año
La
muestra “Entre los realismos y el surrealismo. España,
México, Argentina 1930-1945”, resultado del trabajo
de la Investigadora del Conicet, Diana Wechsler, reúne
a los grandes maestros de España, México y la Argentina
entre 1930 y 1945, buscando desentrañar la complejidad de ese
tejido social y artístico. Dicha muestra puede ser visitada de
martes a viernes de 14 a 21 y sábados, domingos y feriados de
10 a 21 hasta el próximo 16 de julio en el Centro
Cultural Recoleta, Sala Cronopios. Entre otros grandes nombres de
los tres países, cruza obras de Berni, Spilimbergo y Castagnino
con las de Siqueiros, Orozco y Rivera, y también Miró,
Dalí y Picasso.
Notas relacionadas:
Fuente: Revista Ñ. 143
PINTURA, GRAFICA Y FOTOGRAFIA
La muestra del año
Con el trasfondo de la Guerra Civil Española y el exilio, "Territorios
de diálogo", la extraordinaria muestra en el Centro Cultural
Recoleta, reúne a los grandes maestros de España, México
y la Argentina entre 1930 y 1945, un período en que la historia
se ha entrometido y ha calado en la plástica casi como un vendaval
transformador de sentidos.
ALBERTO GIUDICI.

Como la inminencia de una noche espesa cargada de funestos augurios,
el avance del fascismo y del nazismo a partir de los años 30,
del falangismo franquista poco más tarde, de los golpes de Estado
cuando la hora de la espada y de la cruz era bendecida hasta por algunas
voces ilustres, fueron indicios claros del Apocalipsis en ciernes. Lo
que vino, la Segunda Guerra Mundial, los genocidios, Auschwitz, superó
sin embargo la imaginación más tenebrosa y las pesadillas
más terroríficas. Como un prefacio trágico, la
Guerra Civil Española marcó a fuego la historia de la
primera mitad del siglo veinte, movilizó las inteligencias más
lúcidas, los espíritus más combatientes de cualquier
rincón del planeta. Mientras resistió, España fue
un territorio de encuentros y de diálogos que cimentó
en esta parte del mundo, una internacional de la cultura como nunca
antes se había visto. Un Hemingway, un Malraux, un Capa, un Ehrenburg,
un Neruda, un Tuñón, un Vallejo La lista podría
llenar la extensión de esta nota. Y cuando la República
finalmente colapsó, llegó la hora del exilio, el doloroso
extrañamiento de miles y miles de españoles, incluida
la flor y nata de su intelectualidad. Escritores, poetas, artistas plásticos
se desparramaron como y donde pudieron, fundamentalmente en México,
la Argentina y, en menor grado, Cuba y Uruguay. Continente de mixturas,
sincretismos y mestizajes, la América tantas veces conquistada
se convirtió entonces en territorio de diálogo, generando
nuevos cruces y una compleja red de intercambios que constituye precisamente
el nudo conceptual de la propuesta que Diana Wechsler, historiadora
del arte, despliega ahora en la Sala Cronopios del C. C. Recoleta.
Investigadora del Conicet, Wechsler desarrolló en los años
1999-2000 un proyecto de investigación como resultado de una
beca posdoctoral del Getty Grant Program, buscando desentrañar
la complejidad de ese tejido social y artístico. Luego, juntamente
con Jaime Brihuega, de España, y Rita Eder, de México,
fue seleccionando y reuniendo obras realizadas entre 1930-1945 en el
campo de la pintura, de las artes gráficas y de la fotografía.
Se trata de un hecho casi inédito en el que 147 obras de 78 autores
—incluidos nombres fundamentales como Diego Rivera, Frida Kahlo,
Antonio Berni, Pablo Picasso, Raquel Forner, Salvador Dalí, David
Alfaro Siqueiros, Lino Enea Spilimbergo, Juan Battle Planas, Joan Miró,
Rufino Tamayo, Josep Renau, Grete Stern entre muchos otros— se
articulan como el sustento visual de un proyecto teórico audaz
y novedoso. Igualmente destacable es la conformación de un equipo
de trabajo de tres países que durante varios años rastreó
y reunió obra de 26 museos y de una treintena de colecciones
de América y Europa. Auspiciada en el tramo argentino por la
Fundación Mundo Nuevo, ya se exhibió en México.
Luego será llevada al Museo Caraffa, de Córdoba, para
concluir su periplo en España.

Aunque tiene el trasfondo de la Guerra Civil Española y el exilio,
no es una muestra política. "Territorios de diálogo.
España, México y la Argentina entre los realismos y lo
surreal (1930-1945)", tal su título, procura, según
palabras de Wechsler descifrar las obras y las prácticas de numerosos
artistas surgidas en el contexto de una conflictiva historia político-cultural
y la trama de "intercambios, encuentros y desencuentros, convergencias,
tomas de posición y las selecciones y apropiaciones realizadas
por ellos". O sea, seguir el sinuoso derrotero de un nuevo imaginario
que fue parido en medio de la diversidad cultural, la confrontación
estética, el desarraigo.
¿Cómo es ese imaginario? Señala Wechsler: "Melancolía,
perplejidad, presagio son algunas de las dimensiones que pueden sintetizar
aspectos de la experiencia vital de una época como la del periodo
de entreguerras. Melancolía por lo perdido. Perplejidad ante
la contemporaneidad. Presagios de un futuro dudoso". Asimismo,
añade y de este modo cierra el corpus doctrinario y curatorial
de la muestra, "las formas de representación de estas tres
dimensiones aparecen en la tensión entre los realismos y lo surreal".
Los años 20 y 30 son clave de la modernidad. El revulsivo período
de las vanguardias históricas ha concluido el ciclo de rupturas
y de afirmación de la autonomía del arte, quizás
su mayor conquista. Lo que se conoce como el subsiguiente "llamado
al orden" no reniega de esa nueva gramática que deconstruye
las formas de representación pero las asimila a un nuevo concepto
de realismo, sintetizando los aportes del cubismo, la pintura metafísica
y el surrealismo. Las dos primeras salas de Cronopios son prueba fehaciente
de ello. Pero la perplejidad, el presagio y la melancolía a los
que alude Wechsler muestran que la Historia se ha colado y ha calado
en la plástica como un vendaval transformador de sentidos. La
magnífica secuencia de retratos con que arranca la muestra, con
obras de Horacio Ferrer Morgado, Berni, Spilimbergo, Roberto Montenegro,
Pedro de Valencia, Agustín Lazo, de un clasicismo que por momentos
casi podría irritar, tiene sin embargo una ensoñación
melancólica que hiela la sangre, una mirada sonámbula,
suspendida en el tiempo; algo que detrás de tanta quietud, inquieta:
indicios funestos de lo que vendrá.
Hasta el monumental "Chacareros", de Berni, es una galería
de expectantes retratos, presididos por una robusta madraza de mirada
apesadumbrada. Algo congelado en la espera de lo incierto. La espera
es presagio y el presagio es aciago, parece decirnos Raquel Forner con
su poderosa "Presagio", obra de 1931, donde la calma cede
lugar a una inquietud cargada de gestualidad, vaticinio de tormentas.
Como lo es el desasosiego que agita las figuras, el caballo encabritado,
la naturaleza de "Noche de luna en el bosque", 1930, de Spilimbergo.
Un melancólico "El cazador", 1932, del español
Pedro de Valencia, rodeado por un fondo de muros derruidos resulta sobrecogedoramente
premonitorio y parece realizado en suite con el lienzo de Forner. Tan
premonitorio como "La huella" (1929), de su compatriota Maruja
Mallo, a la que le bastan —le sobran diríamos— unas
hojas secas, blanquecinas, una colilla de cigarrillo y una oscura pisada
para dejar entrever futuros desarraigos. "El clima de incertidumbre
está pintado como ausencia", define certeramente Wechsler
a esta pintura exquisita, despojada al máximo y por ello cargada
de una conmovedora sugestión.
Hay una historia conocida que viene al caso. En 1938, André Breton,
el gran gurú del surrealismo, viaja a México para conocer
a su venerado León Trotsky, el revolucionario ruso perseguido
por Stalin, ahora protegido por Diego Rivera y su esposa Frida Kahlo
en la célebre Casa Amarilla que poseen en la capital de México.
Primero, Breton recala en Cuba y ahí "descubre" a Wilfredo
Lam y con él la síntesis del cubismo picassiano con la
cultura afro-cubana, el trópico enmarañado, el misterio
de los ritos vudú: un surrealismo distinto al que estaba acostumbrado
en París. Segundo descubrimiento, en el Distrito Federal de México,
cuando queda deslumbrado frente a esa mujer postrada, herida por todos
los dolores, aficionada a la pintura pero casi desconocida para él,
excepto por ser la compañera de Rivera. Pero el Breton en misión
política, nuevamente como con Lam, cede su sitial al esteta y
dos años más tarde lleva a París un conjunto de
telas de esa desconocida, herida de todas las heridas, a la que exhibe
como un sorprendente exponente del surrealismo latinoamericano. Frida,
que postrada por todos los dolores, no acompañó la muestra,
desde su silla de ruedas protesta: "Mi pintura es absolutamente
realista". Porque su castigado cuerpo es bien real, aun cuando
en sus ensoñamientos menos placenteros pueda verse a sí
misma rodeada por mundos imaginados, casi irreales: sueños de
algo que le está vedado. El dislate de Breton no es casual y
responde a una tendencia frecuente en la metrópoli que es la
de considerar la modernidad de Latinoamérica como una prolongación
de las vanguardias europeas con el agregado de algún condimento
pintoresco o folclórico.
En este terreno de los diálogos surgidos por la diáspora
española, los cruces son más complejos. El surrealismo
latinoamericano es tan enmarañado como la propia naturaleza que
lo nutre. Tiene su raíz en los mitos y el misterio originarios,
funde, como en el caso de Berni, la pintura metafísica con la
lectura política, resignificando todo lo que toca al calor de
la Historia y de la exuberancia del entorno. En "La alegoría
del bien y del mal", el español Luis Fernández, recién
exiliado, pasa por un mismo tamiz la escritura picassiana con el bestiario
americano y la intención política. "Las tentaciones
de San Antonio", pintura de Rivera de 1947, es irónica,
juguetona, fuertemente erótica porque hace de la naturaleza una
lujuriosa tentación tendiendo sus redes a la ingenua mirada del
santo, que verá en unos tubérculos humanizados la provocativa
presencia de mujeres diabólicamente desnudas.
Por ahí, en esos equívocos ensueños, puede andar
el secreto del surrealismo americano. En el magnífico estudio
incluido en el catálogo de la muestra, la ensayista mexicana
Rita Eder aborda polémicamente el arte de México en el
contexto del exilio español. Significativamente subtitulado Memoria,
melancolía y surrealismo entre 1930 y 1945, escribe
Eder: "La historia del surrealismo en México, sobre todo
desde el punto de vista de la pintura está atravesada por la
convicción de que el medio ambiente y el arte popular, la prevalencia
de las emociones y una relación mitificada con la muerte en realidad
eran naturalmente surrealistasÃ. Esto, recuerda, fue planteado
con absoluta precisión en el texto-carta que Luis Cardoza y Aragón
le dirigió a Breton en 1938 donde le advertía: "Estamos
en la tierra de belleza convulsiva, en la patria de los delirios comestibles.
Nuestra poesía moderna, nuestras artes, sólo son todavía
un testimonio hermoso de la superioridad del medio. La supremacía
de nuestra naturaleza, de nuestro tiempo, de nuestra realidad indígena
es tan avasalladora y orgullosamente inclemente que nos ofrece hasta
una muerte distinta de otras muertes".
Este fragmento, acota Eder, "pareciera indicar que la naturaleza
y la tradición, los rituales y modos de vida pueden enseñarle
mucho al surrealismo europeo, desde la tradición cultural de
América latina y quizás en especial México como
el lugar de lo real maravilloso de Carpentier". Lo real maravilloso
o el realismo mágico, término acuñado por Franz
Roh, parecerían expresar mejor la idea de lo surreal en el contexto
americano. Y en ese contexto tan nuevo, la producción del exilio
circula "entre imágenes de emergencia y percepciones imaginariasÃ,
como definen los curadores de la muestra este apasionante apartado.
Nuevamente la melancolía y los presagios atraviesan "La
carta", del mexicano Alfonso Michel, realizado en ese año
clave de 1936.
Sea como fuere, ambas poéticas —las de los realismos y
la de lo surreal— habitaron un mismo territorio, el de la lucha
antifascista. "La violencia desatada por la Guerra Civil española
y el nazi-fascismo, escribe Rita Eder, influyeron en la producción
de imágenes en el México de los años 30 y la primera
mitad de la década del 40. Hogueras y ruinas, naufragios y caballos
heridos, eclipses y cuerpos descuartizados; arquitecturas desvertebradas,
árboles sin vida enclavados en horizontes inestables, son algunas
construcciones simbólicas que median entre los horrores de la
guerra y la creación artística".
Con matices, lo mismo puede decirse de la producción rioplatense.
"La conferencia", de Raquel Forner, obra de 1947, con fuertes
reminiscencias dalinianas, tiene un marcado acento político.
Son imágenes de un "aciago presagio cumplido" para
citar al otro curador de la muestra, Jaime Brihuega, remitiendo a esa
primera pintura de Forner, "Presagio", que irá hilando
el crescendo dramático de la producción de nuestra compatriota
y que parecería marcar la rítmica pulsación de
la muestra hasta alcanzar su cenit con el desgarrador "¿Para
qué?", de 1939. "¿Para qué?" no
cierra la muestra.
A la vez, el espacio dedicado a la fotografía desmiente el carácter
puramente mecánico y objetivo que se le atribuye. La invención
de otras realidades en los trabajos de Carlos Orozco Romero, Manuel
Alvarez Bravo, Claire Lloyd, Joseph María Llado, Emili Codes,
Nikolas de Lecuona, entre otros, dan sentido al acápite elegido
por Wechsler para abordar la riqueza creativa de estos artistas a partir
de una cita de Horacio Coppola y Grete Stern: "Las imágenes
que de cosas y seres permite realizar la fotografía significan
una posibilidad fundamentalmente nueva de conocimientos y de expresión,
dada la capacidad específica de detallar e ''insistir'' en la
realidad de esos seres y cosas".
También en esos detalles, en esas insistencias, en la profusa
imaginería que surge de un encuadre, de un recorte del espacio
o del barroquismo de los fotomontajes, se adivinan tiempos de melancolía
y perplejidad. Nuevamente, el tiempo histórico y la impronta
de la modernidad tejen, con finos hilos, imágenes de sorprendente
belleza.
El carácter inédito de este proyecto curatorial se aquilata
en la medida en que descorre muchos velos y ocultamientos nada inocentes.
El catálogo, con estudios y ensayos de un valor inestimable,
contribuye a una nueva lectura del arte latinoamericano en ese cruce
de exilios, hecatombes, heroísmos y culturas. "Un inmigrante
no vive en su tierra: la lleva con él". Conmovedora, la
cita de Luis Seoane —entrañable artista argentino-gallego,
que dejó una huella profunda en nuestro arte— sintetiza
como ninguna el significado de estos territorios de diálogo que
se dieron cuando junto a miles de exiliados, la España libertaria
adquirió carta de ciudadanía en suelo americano. Ya no
fuimos los mismos.